Salah bumaye

Manchester City v Liverpool - UEFA Champions League Quarter Final Second Leg«Comuníquele a su hombre que más vale que se prepare para bailar»
Muhammad Ali a Doc Broadus, observador de George Foreman,
en los vestuarios del Stade du 20 Mai de Kinshasa.

JULIÁN CARPINTERO | A finales de octubre de 1974 Cassius Clay había dejado de ser Cassius Clay para convertirse por siempre en Muhammad Ali. Para entonces, su vida había corrido tan rápido que ya había tenido tiempo de colgarse el oro olímpico en Roma, de tumbar a Sonny Liston con su golpe de ancla y de enfrentarse a la anquilosada opinión pública norteamericana tras negarse a combatir en Vietnam. Aquellos días, sin embargo, se encontraba en el Zaire, en pleno corazón del continente  negro, preparándose para reconquistar el título de los pesos pesados, en manos ahora de un Foreman cuyos directos, decían, hacían estremecer al cuerpo por dentro. Ali era consciente que en un intercambio de golpes tenía muchas posibilidades de perder. Así que, llegado el momento, decidió bailar al ritmo del ‘Ali bumaye’, el cántico tribal con el que toda África le suplicaba que acabara con Foreman.

Su pelo negro ensortijado y su frondosa barba le confieren un aspecto similar al de Mr. Satán, aquel histriónico personaje de la saga Dragon Ball que no dudaba en huir cada vez que se veía en peligro. En cambio, por los poderes que exhibe cada vez que el balón llega a sus pies bien podría ser todo un Super Saiyan. Para entender la relevancia social de Mohamed Salah (Basyoun, 1992) basta con recordar que en las últimas elecciones celebradas en su país alrededor de un millón de personas escribieron su nombre y lo introdujeron en las urnas. Pero Salah, que con su agónico gol al Congo en Alejandría condujo a su selección a jugar su primer Mundial en casi tres décadas, no sólo es considerado un héroe en Egipto. Sin ir más lejos, el increíble año que ha firmado en la Premier League –superando registros de depredadores del gol como Cristiano Ronaldo o Luis Suárez– ha hecho que en los últimos días sus botas presidan la colección del British Museum dedicada al Antiguo Egipto. Por eso, igual que los zaireños deseaban con toda su alma que Ali noqueara a Foreman, toda Europa tiene depositadas en él las esperanzas de acabar con un tiránico Real Madrid dispuesto a reinar por tercera vez consecutiva.

Salah también flota como una mariposa y pica como una abeja. Desde que aterrizara en Anfield el pasado verano, Jürgen Klopp le situó en el ‘carril del 8’ de su ataque, a pierna cambiada, con la idea de explotar su espectacular cambio de ritmo y sus dotes de trilero. Nada por aquí, nada por allá. Y, como por arte de magia, ya ha dibujado una diagonal para dejar atrás a su marcador. A su asombrosa velocidad con espacios, su vertiginosa conducción y su depurada técnica, virtudes que ya se le conocían, Salah ha añadido en el último curso un instinto asesino extremadamente sutil pero impropio de un jugador de apariencia frágil como la suya. Una suerte de Hannibal Lecter, un descuartizador metódico y sofisticado que disfruta de cada bocado sin ensuciarse el esmoquin. La causa de que siempre encuentre el gol no es la fe en perseguirlo, sino la inteligencia para saber cómo llegar a él, ya sea a través de un zurdazo sin mirar que se acurruca en el ángulo o una delicada caricia después de que Allison decidiera hincar la rodilla. Durante los 90 minutos, Salah no deja de bailar, un juego de pies en el que los rivales generalmente apenas consiguen seguirle un par de pasos.

Para tumbar al campeón, Mo Salah deberá resistir en las jarcias igual que Ali aguantó las sacudidas de Foreman en los primeros seis asaltos antes de derribarlo en el octavo. No obstante, cuando los de Zidane le tengan contra las cuerdas y castiguen su hígado una y otra vez no se verá solo, pues la brujería de Firmino y la abnegada entrega de Mané son argumentos de peso para pensar que el descabellado plan de un Klopp tan chiflado como para deshacerse de Coutinho en enero pueda acabar con el Liverpool dando la vuelta de honor en Kiev. El murmullo del combate hace semanas que se escucha por toda Europa. Si lo consigue, ¿quién tendrá el valor de negarle el derecho a acunar el Balón de Oro? Casi medio siglo después de ‘The Rumble of the Jungle’, un continente entero vuelve a encomendarse a los pies de un solo hombre. El grito es unánime: ‘Salah bumaye‘.

19/05/2018

 

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