Iborra

FBL-ESP-LIGA-DEPORTIVO-SEVILLASERGIO DE LA CRUZ | Ahora que el proyecto del Leicester ha ardido hasta los cimientos y se ha llevado por delante al queridísimo Claudio Ranieri, es preciso recordar que hace cinco temporadas en España hubo un conato de rebelión. Fue en el barrio de Orriols, donde el Levante llegó a estar dos jornadas en el liderato, 22 entre los puestos de acceso a Champions y finalmente entre los elegidos para jugar la Europa League, en su caso por primera vez en su historia. El capataz de este equipo de zapadores era Vicente Iborra, exponente ideal del sueño de cientos de miles de niños que aún usan las mochilas y los abrigos como postes.

El chico de Moncada que comenzó como delantero y ahora es capaz de ocupar toda la franja central. El grumete que ascendió a capitán en el puerto de Valencia y que ya porta el brazalete en Nervión por méritos propios. El líder que ejerce como tal sin proponérselo. El carácter, el despliegue físico, la entrega, el trabajo como ofrenda al colectivo. Eso y mucho más es un Vicente Iborra que ha llegado a su punto de madurez como futbolista y que aporta significado a un Sevilla que vuelve a ser una verdadera alternativa.

Iborra encontró en las franjas azules y granas de su Levante el recipiente en el que volcar todos sus deseos deportivos. Su paso fue el de un modelo perfecto de canterano: circulando por las categorías inferiores hasta alcanzar la cima, el primer equipo, el hueco que muchos soñaron y pocos llegaron a palpar. Eran momentos complicados para una entidad que se desangraba camino de Segunda, un convulso 2008 que le catapultó a la titularidad de manera inesperada. No desaprovechó el regalo, no la soltó nunca más.

El sentimiento de sentirse como en casa no fue una casualidad, defendiendo la medular con su amigo Xavi Torres y un maestro de categoría como Javier Farinós. Dos años después, el Levante volvía a Primera y conseguía la permanencia. Y entonces llegó la temporada 2011/12: lo jugó prácticamente todo, contribuyó a cimentar un centro del campo que se llevó una meritoria sexta plaza… y durante ese par de años llamó la atención. Mucho. Hasta el punto de tener a Joaquín Caparrós ojeando en su árbol genealógico, buscando familiares vascos para llevárselo a su Athletic.

Fue el Sevilla el que se llevó el gato al agua. Ocurrió en 2013, el año en el que, precisamente, su compañero Xavi Torres se mudaba a la misma ciudad pero en las filas del enemigo Betis. Sevilla, equipo marcado para siempre en el corazón del jugador, el primero al que se enfrentó tan solo unas horas después de la muerte de su hija recién nacida. Una relación que empezó teñida de tristeza y que ya está absolutamente invadida por el éxito. Más de 150 partidos y tres Europa League después, Iborra es una de las extensiones de Sampaoli en el terreno de juego. Tal y como lo fue con Emery. Quizá lo más correcto sea decir que el jugador es uno de los órganos indispensables de este Sevilla que le debe muchos puntos esta temporada.

Sus siete goles en Liga han supuesto tres victorias, y la última no es una cualquiera. En el derbi sevillano salió desde el banquillo para culminar la remontada en el Villamarín y llevar la depresión a Heliópolis. Fan de los toros y asiduo de La Maestranza, el capitán sacó el estoque y mató al toro verdiblanco. Nadie se acuerda ya de que este mismo verano estuvo muy cerca de marcharse a Inglaterra. Solo importa el presente. Y, en el Pizjuán, este presente lleno de esperanzas en un futuro aún mejor está vinculado irremediablemente al nombre de Iborra. Porque hablar de Iborra es hablar del Sevilla. Palabras mayores.

03/03/2017

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