El “hijo de…”

adrian_gonzalezSERGIO MENÉNDEZ | Adrián González es uno de tantos ejemplos sobre lo difícil que resulta ser hijo de un padre ilustre. Difícil e injusto. Es el precio a pagar cuando vas a parar a patriarcados tan notables como los Iglesias, los Rivera —en alusión a los clanes familiares instaurados por Julio y Francisco, alias ‘Paquirri’, respectivamente, no a ningún grupo parlamentario— o, pasando a términos estrictamente futbolísticos, los Cruyff o los Schmeichel. Y, por si no tenías suficiente presión, eliges dedicarte a lo mismo que hizo de tu progenitor una leyenda. Cantar baladas, hundir estoques o dar patadas a un balón, es igual. Te pasas los días sometido a una comparación permanente. Comparaciones odiosas, normalmente. Odiosas y prematuras. Odiosas porque el traspaso del apellido no necesariamente viene correspondido con un traspaso del talento y las aptitudes del padre, y prematuras porque son tantas las prisas y las ganas que hay a veces de encumbrarles o hundirles que se tiende a juzgarles precipitadamente, lo que conduce a desdibujarles por completo y a chamuscarles bajo la despiadada óptica de la lupa mediática.

En lo que se refiere a Adrián González, su pecado fue, sencillamente, ser concebido por el mejor interior derecho que jamás ha vestido la camiseta del Real Madrid. De todos los portadores de tan común apellido que habrán pasado por la disciplina blanca, a buen seguro que no ha existido ninguno como José Miguel González Martín del Campo. A diferencia de Vallecas, donde los han llegado a tener a pares, en Chamartín, de momento, no ha habido más que un Míchel. Un jugador excelso pero con imagen de altivo, capaz incluso de despertar entre sus prójimos toda suerte de odios, recelos, envidias y demás sentimientos fratricidas. Quizá por el recuerdo de la dupla que formó con José Ángel de la Casa en las cabinas de TVE y la cantidad de pifias mentales que acumuló en el archivo de Prado del Rey, quizá por el porte y las facciones apolíneas que siempre le han acompañado, la cuestión es que siempre ha resultado especialmente divertido imaginarse a Míchel ahogándose tratando de besar su propio reflejo. Bien dando crédito a los sonidos en torno a su inminente llegada a cualquier banquillo que se preste o proyectando esos bajos instintos sobre su descendencia.

La situación se enrarece más todavía si quien toma la decisión sobre alinearte o no es, precisamente, tu padre. Y si eres bueno, pero no lo suficientemente indiscutible como para despejar cualquier tipo de duda o sospecha en torno a un posible trato de favor que justifique tu titularidad. A esto y a los pitidos de su propia afición se tuvo que enfrentar Adrián en más de una ocasión durante el par de temporadas que militó en el Getafe, entre los veranos de 2008 y 2010, a las órdenes de Míchel, a quien ya había tenido de entrenador en el Castilla. Hubo dos partidos, frente a Deportivo de La Coruña y Real Madrid, que fueron particularmente duros para el madrileño, sometido al juicio sumarísimo del Coliseum siempre que el balón le rondaba, en el primero, y señalado como uno de los principales responsables de la derrota sufrida, en el segundo. A las críticas se sumaron no sólo aficionados de a pie, sino voces autorizadas en la entidad, como Bernd Schuster, antiguo preparador del equipo, que criticó a Míchel por dejar en el banquillo a Casquero y otros jugadores con más méritos que Adrián a la hora de partir de inicio, acusando a su colega de no estar siendo tan exigente con su chaval como con el resto de la plantilla. Tampoco fueron de gran ayuda las declaraciones que Ángel Torres, presidente de la entidad, realizó al hilo de la polémica, en las que no dejó pasar la oportunidad de recordar su condición de “hijo de…”, por si acaso a alguien se le había olvidado.

Desde entonces, a fin de protegerle, su cuota de participación se redujo notablemente, llegando incluso a quedar excluido de las convocatorias sin un motivo claro que explicara las ausencias. La solución en última instancia, evidentemente, fue abandonar el club con la carta de libertad. Huir del nido paterno y echar a volar a algún sitio lejano, donde la sombra de su familia no estuviera tan presente. Trasladarse a la periferia de España, recalando primeramente en el Racing de Santander, haciendo luego un alto de dos años en el Rayo Vallecano y otro más en Elche para terminar estableciéndose en Eibar. Allí, en Ipurua, ha encontrado la paz y el sosiego que necesitaba para reivindicarse y erigirse en un valor al alza en el Comunio. De momento lleva anotados seis goles en Liga, uno más, por establecer otra odiosa comparación, que Benzema. De ellos, la mitad los ha conseguido desde los once metros y firmando un doblete en su último encuentro ante el Málaga que ha contribuido a aupar al conjunto armero al séptimo puesto de la tabla, a un punto de las plazas europeas. Ambos, jugador y equipo, parafraseando a Míchel, definitivamente, se lo merecen.

28/02/2017

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