Sergio León

sergioleonSERGIO DE LA CRUZ | El estallido, a finales de agosto de 2015, se escuchó en todo Elche: asustó a la Dama, osciló las ramas del Palmeral y, de paso, hizo cantar a las 10.000 gargantas que poblaban el Martínez Valero. Una jugada a balón parado, un desmarque, un disparo dentro del área y un gol para el nacimiento de un delantero con dinamita en los pies. Un tal Sergio León, una de las revelaciones de nuestra Liga incluso en un contexto tan complicado como el de Osasuna.

Al cordobés el debut en la máxima competición a sus 27 años no le ha hecho ni pestañear. Su progresión, aunque tardía, ha sido fulgurante. En tres temporadas ha pasado de integrar el filial del Elche a medirse cara a cara con las mejores defensas y batir al portero del campeón de la Champions. Quién le iba a decir a Sergio León que, de patearse todos los campos del litoral mediterráneo en Segunda B, pasaría a perforar la red del mismísimo Real Madrid. Quizá ni él mismo.

Lo cierto es que el curso 2015/16 fue el que lo cambió todo para este delantero con un amplio abanico de recursos. De las manos de Rubén Baraja, se quitó la mochila del pasado —un sueño nunca cumplido en su querido Betis, una peregrinación por Reus, Murcia, Llagostera y un año en el Elche Ilicitano— y se convirtió en una pesadilla para todos los zagueros de la categoría de la plata. Los goles cayeron uno detrás de otro y cada vez se empezó a hablar más de ese Sergio León que lo mismo marcaba encontrando el hueco del delantero que a raíz de desmarques o jugadas individuales con un olfato de los que pocos tienen: esa concepción de la meta rival en la cabeza, ese GPS natural que, tirado a banda o desde el centro, informa en todo momento a ese puñado de delanteros privilegiados sobre dónde está el hueco para incrustar la pelota.

Eso era Sergio León en su año dorado en Elche —máximo goleador de la Liga 1, 2, 3 anotando 22 goles, el 55 por ciento de los de su equipo— y eso fue mucho antes. El germen se encontraba en su interior, camuflado en un bravo temperamento que a muchos hizo temer y que el propio jugador, reconoce, le habría pasado factura si no se hubiera rodeado de un excepcional entorno.

También hubo dudas en Osasuna cuando se propuso la compra del jugador por casi dos millones de euros. La entidad ‘rojilla’, que muy a su pesar ha de consultar con su cuenta bancaria hasta la adquisición más nimia, se quedaba sin tiempo porque Sporting, Las Palmas y alguno que otro más estaban al acecho. Finalmente, y casi con los ojos cerrados, desde Tajonar se dio el visto bueno. Cuando los abrieron, descubrieron que se habían hecho con un delanterazo, probablemente la única luz en una temporada tenebrosa, con un cambios de entrenador y un farolillo rojo que, a día de hoy, es una losa de plomo sobre un equipo con sus evidentes limitaciones. Todas las que no tiene su delantero, que salvo ocasiones muy contadas, con o sin Oriol Riera, es el ariete indiscutible de un grupo de cruzados que luchan contra la lógica.

El gol del andaluz ante el Real Madrid, su séptimo en LaLiga, despejó las incertidumbres y le puso en el disparadero para todos aquellos que desconocían su presencia. Sergio León ha llegado (¿o había llegado?) para quedarse. Y aunque muchos tienen su nombre apuntado en los deberes a hacer en verano, él solo tiene una cosa entre ceja y ceja: dejar a Osasuna en Primera.

17/02/2017

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