Orgullo

gabiFIRMA DE IMANOL ECHEGARAY | Empiezo este escrito —y lo empiezo mal, porque periodísticamente queda feo titular y comenzar el texto con lo mismo— hablando del orgullo. Pero como no creo que haya mejor palabra que defina al Atlético de Madrid de Simeone que esa, pues así lo hago. Y es que, entre que comenzó la ida y terminó la vuelta de las semifinales de la Copa del Rey no pasaron ni siete días. Pero parece que fueron meses. Porque el Atlético que entró en esta eliminatoria y el Atlético que sale se parecen lo mismo que Kiko Rivera y Ryan Gosling. Aunque en redes sociales se empeñen en compararles. Y todo esto tiene un porqué.

Dominaba el Barça a su antojo. Ganaba 0-2 al Atlético en el Vicente Calderón y la sensación era que podían caer más. Los rojiblancos, sumergidos en una depresión que ya les estaba durando mucho, parecían un peluchito en manos de la MSN. La temporada se estaba yendo al garete, pero la campana del descanso sonó más fuerte que nunca. Allí, en los vestuarios, Simeone abogó por el sentimiento, por la lucha y la entrega. Pidió a sus hombres que murieran por todos esos que, un miércoles a las 9 de la noche, estaban allí por ese escudo. Y dos hombres, que cuando eran niños mamaron en aquellas gradas, se quedaron con la copla. Saltó Fernando Torres, aquel partido suplente, a comerse el terreno de juego y, a su lado, un Gabi que, de golpe y porrazo, se quitó seis años de encima. Lo corrieron todo, lo barrieron todo y pusieron el Calderón y a sus compañeros patas arriba. Sólo la falta de puntería tan latente este año en el Atlético impidió que la rebelión que iniciaron Fernando y Gabriel acabara con remontada exprés. Pero el camino ya estaba marcado para la vuelta.

Una vuelta que se jugaría sin Gabi, que vio una maldita amarilla. Y aquí me quiero detener. Porque no vamos a descubrir que el ’14’ del Atlético no es el futbolista de mayor calidad del equipo, ni tampoco el mejor centrocampista de Europa. Pero lo que ese señor hace por el Atlético en un terreno de juego va más allá del fútbol. Luce el brazalete de capitán con orgullo, como el niño que soñó con serlo y finalmente lo fue, pero como el hombre que sabe qué tiene entre sus manos y cómo tiene que defenderlo. Gabi es la ayuda constante, el pulmón de reserva y el ‘nunca dejes de creer’ dentro de ese vestuario. Todo lo que Gabi ha ganado —individual y colectivamente— se lo ha ganado con trabajo, sacrificio y entrega. Gabi es parte del escudo del Atlético y el Atlético es todo para Gabi. El ’14’ no sólo es un líder. Es el Atlético de Madrid en el verde. Es Simeone en el campo. Es el aficionado jugando. Gabi, junto a Torres, marcó el camino que debía tomar el club. Y ese camino se anduvo también en la vuelta. Sin él en el campo, pero con él en Barcelona. No se lo quiso perder.

Y aquí entra en acción, de nuevo, la palabra orgullo. Lo que ocurrió en la vuelta parece el guión de “Un monstruo viene a verme” —igual así sí hubiera ido al cine—. Todo lo que podía salir mal, le salió mal al Atlético. Y eso que la primera parte que se marcó en todo un Camp Nou, con un eliminatoria cuesta arriba, fue la constatación de la grandeza de un club. Fue la demostración de que ese ‘nunca dejes de creer’ que lleva gente como Gabi tatuada en la piel no es sólo una frase de cara a la galería. Los de Simeone secuestraron el balón, secuestraron la intensidad y secuestraron a Messi. Sólo dos pequeños detalles no hicieron que el Atleti, tras 45 minutos, le hubiera dado la vuelta a aquello. La puntería (o la falta de ella) y que el propio Messi se escapó del secuestro los cinco segundos necesarios para fabricar el 1-0. Aunque, bueno, he dicho dos detalles. Fueron tres. Un penalti que nunca se llegó a tirar porque nunca se llegó a pitar. Eso sí, visto lo bien que se le dan al Atlético, casi que mejor ahorrarse las vergüenzas.

torres

En la segunda parte salieron 22 jugadores, pero el árbitro decidió quedarse. Fue una verbena. Y me cabrea la gente moral que decide que no se puede hablar de arbitrajes, sólo de fútbol, como si esa gente perteneciera a un deporte distinto. Como si los juicios, valoraciones y acciones de los árbitros no pudieran cambiar el rumbo de un partido. Como si atizar a un futbolista porque no da una —me viene el nombre de Carrasco— esté bien, pero criticar a un colegiado por equivocarse de la manera que se equivocó Gil Manzano fuera de llorones. Claro, que los llorones, por lo que sea, siempre son los mismos. El Atlético lo intentó. Y pudo. La sensación que quedó es que pudo. Al gol que no quisieron dar a Griezmann se le unió el penalti fallado por Gameiro y una ocasión casi en la línea de gol que el francés mandó a saque de puerta. Tras la expulsión de Suárez con el tiempo añadido ya funcionando, nunca se recuperaron esos dos minutos de paripé que tan bien controlan por allí. Final del partido y una frase de Simeone que hay que aplaudir sin titubeos: “Ahora ya no tengo dudas de por qué tengo más opciones en Champions que en Liga o en Copa”.

Volvió el orgullo, lo recuperaron Gabi y Torres. Volvió el Atlético de Simeone y volvió el miedo a sus rivales. Sólo queda rezar para que no sea un espejismo. Y para que Diego Pablo Simeone sea eterno.

10/02/2017

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