Danilo

danilo-lamentaMARIO BECEDAS | Se ha de confesar aquí que, hasta la redacción de este texto, el autor del mismo sólo conocía a otro Danilo. Se trataba de Danilo Hondo, mítico ciclista alemán de los 2000, invariablemente pintado de fucsia Telekom. Lo que no cabía esperar es que el apellido del pedaleador le viniera como un guante a la nueva diana del madridismo. Cuando el miércoles la alineación de los planetas jugó una pasada al homónimo lateral derecho brasileño del Real Madrid y un balón impactó en su empeine acabando en un gol contra su propia portería, la Historia volvía a ser circular. A lo largo de los tiempos, los clubes españoles han tenido la habilidad de contar por decenas sus estrepitosos fracasos al fichar defensas, especialidad en la que el Real Madrid —también el Barça, calma— ha sido un alumno aventajado. Spasić, Vítor, Secretario, Samuel, Woodgate o Diogo fueron nombres que dejaron tertulias de gloria pero tardes de sarpullidos en el Bernabéu. Sin embargo, había una diferencia con el ahora: no existían ni Twitter ni los GIFS ni el mundo al segundo. Si el auge de las redes sociales lo pagaron caro Coentrão y su cigarro, los meses de la posverdad han hundido en la más futbolística de las miserias al bueno de Danilo.

Ha querido la fatalidad que con apenas dos semanas de diferencia el jugador se haya marcado dos goles en propia coincidiendo con los primeros tropiezos del Madrid de Zidane en varios siglos. Eso y la vida en un ‘click’ han terminado de hundir a un hombre que ya llegó al ‘Templo’ con el estigma de ser joven, lateral, brasileño, fichado del Porto por más de 30 kilos y con la etiqueta de criatura de la factoría Jorge Mendes. O lo que es lo mismo, pufo asegurado. Contra eso tuvo que luchar un Danilo que veía cómo Carvajal crecía a cada minuto mientras su golazo ante el Celta mediada la primera vuelta de la 2015/16, la era Benítez, no le servía para afianzarse en el equipo, sino para ayudar a torcer el morro al respetable del Bernabéu. A tanto llegó esto que ni su legendario corte a Griezmann en la final de la Úndécima en Milán, cuando el francés se quedaba solo ante Keylor y a Simeone le desaparecían las viruelas, le evitó los pitos de la gran familia ‘pipera’ en el baño celebratorio que se dio el equipo en Chamartín una vez que se volvió a traer las orejas europeas bajo el brazo. Tampoco pareció calmar los ánimos el parón veraniego y la buena primera mitad de temporada de Zidane hasta este bajón de enero. El Bernabéu —ese Bernabéu particular, antropológico, consuetudinario, protocuñado y archipurístico— ha seguido silbando a Danilo hasta que lo han conseguido: le han convertido en una calamidad andante que juega mejor fuera de casa, donde esa libertad le permite hasta marcarse en su portería.

Sería fácil cebarse con Danilo —en las repeticiones de televisión un clon de Keylor Navas— sino fuera porque produce cierta empatía en su sufrimiento pese a ser millonario. Quizá sean los efectos de la crisis, del relativismo, del populismo o de Trump, si es que no son todos lo mismo, pero uno ve al brasileño riendo por no llorar tras batir a su compañero Kiko Casilla —la crueldad quiere que los autogoles sean siempre de bella factura y golpeo imposible— y no puede evitar, lo primero, volver por un instante a los añorados y horteras años 90 de nuestro fútbol; y, por otro, pensar que ése podría ser cualquiera un día en el curro, con la pareja, con la familia, con los amigos, gobernando España y el PP, liderando el PSOE con el ‘no es no’, haciendo de Podemos un algoritmo, fichando a André Gomes, presidiendo el Valencia o tropezando en la calle justo cuando más gente pasa. Que la teorizada dictadura de lo políticamente correcto no nos impida ver el bosque: Danilo tiene derecho a liarla, y nosotros también. La prueba de ello es esta infame eyaculación precoz textual, premeditadamente incontrolada, que se está vendiendo aquí como artículo futbolístico. Pero lo mejor es no preocuparse demasiado. Hasta un reloj parado acierta dos veces al día.

27/01/2017

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