Lucas Alcaraz

lucas-alcaraz-granadaMARIO BECEDAS | Mueca compungida y ladeo triste, uno siente que, después de 14 años viéndole pulular por banquillos de LaLiga, Lucas Alcaraz es parte de su memoria futbolística. Ceño permanente y sonrisa prohibida, Alcaraz es un patrimonio del balompié patrio que con 12 años fundó su propio club para poder dirigirlo y que no tantas primaveras después empezó a cursar como entrenador en su Granada de siempre y para siempre al ver que no se iba a ganar el sueldo como lateral izquierdo: “Era más fácil llegar donde yo quería como entrenador que como futbolista”. Por el camino llegaría también a diplomarse en Biblioteconomía y Documentación. Austeridad defensiva y adversidad continua, elevando la anécdota a categoría y la fatalidad a arte, Alcaraz es uno de esos entrenadores caballeros andantes que han sobrevivido a todas las tormentas, han entrenado a todos los 700 equipos andaluces que han coqueteado con la Primera y la Segunda y las han visto de todos los colores. Desde que en 2002 logró ascender al Recreativo de Huelva a la máxima categoría, vino para quedarse. Para el recuerdo colectivo quedará ese Decano que se estrelló todas las veces en la primera vuelta y que no consiguió salvarse pese a hacer la segunda parte de su vida. Por el camino quedaba una antológica final de Copa del Rey perdida con el Mallorca de Goyo Manzano.

Se descalabró entonces a un meritorio Alcaraz, que volvió a aparecer protagonizando la presentación de un entrenador más lúgubre de la historia con el Racing de Santander. Con la temporada ya en la cocorota y con una cara de funeral para los anales, el técnico se hacía la foto para una campaña en la que se reencontraría con su viejo conocido Nando Yosu, del que fue ayudante y que ahora sería el suyo. Si algún legado dejó ese periplo para el granadino, ése fue su inhabilitación por un mes tras protagonizar la pifia de aquel año —no podemos olvidarnos de Tristante Oliva ante el Valencia— e incurrir en alineación de cuatro extracomunitarios durante dos minutos de partido. Ojo a los nombres: Afek, Benayoun, Anderson y Regueiro. Con moflete Popeye, con semblante del tercero que siempre faltó en las películas de Laurel y Hardy, todo dicho sea sin acritud y con cariño, Alcaraz entró en el vertiginoso club de los entrenadores de zona baja, con paradas de montaña rusa como Xerez, Murcia, Recre otra vez, Córdoba y Almería. Sería a lomos del equipo pimentonero en 2008 donde Alcaraz dejaría otra anécdota para la posteridad cuando, tras perder goleado ante el Betis, el legendario Jesús Samper le ratificó en el cargo mientras metía a Clemente por la otra puerta. Nuestro hombre defendía ante la prensa que seguía al frente por la mañana y por la tarde eso ya era Barakaldo.

Tras quedar destituido por el Almería en 2012 y sustituido por el ‘Boquerón’ Esteban, Alcaraz probó fortuna en Grecia con el Aris de Salónica, equipo que dejó a las semanas alegando “motivos personales”. Había aprendido de lo de Clemente, porque al día siguiente de esos motivos se supo que volvía a su amado Granada tras admitir que fue al Camp Nou a ver a los nazaríes en la primera vuelta, antes de que los helenos le llamaran. En esta época tuvo al equipo 55 jornadas seguidas fuera del descenso y pasaron por sus manos nombres como El-Arabi o Nolito. Como privilegio documental perdurará aquel “¿Tú eras linier o qué?” con la mano en el bolsillo de la americana a un periodista en sala de prensa en Anoeta y aquel El día después en el que se le vio saltar, llorar y forzar la expulsión de sus futbolistas para perder tiempo ladeando la cabeza —de todo menos sonreír— en un dramático partido en Valladolid en el que se jugaban una permanencia que consiguieron. Todo lo que empieza acaba y, una mañana, Alcaraz se fue para reaparecer meses después en el Levante.

En el Ciutat de Valencia amarró una muy barata permanencia labrada a base de racanería defensiva, no nos podemos engañar, que le puso en el disparadero de la afición. Por compromiso moral pero sin mucho convencimiento el club lo mantuvo al año siguiente hasta que la caída fue imparable y Quico Catalán le hizo protagonizar otro momento estelar al tener que destituirle vía mail debido a que el bueno de Alcaraz no le cogía el teléfono al club. Cuando todo eso pasó, purgado el 2015, el entrenador reapareció este otoño como antítesis de Paco Jémez en el Granada. No había funcionado el ‘jemecismo’ de seis jornadas en Los Cármenes y Alcaraz volvía —ahí sigue— prometiendo sudor y sangre, al menos la que corre sus venas, 100 por cien nazarí y sólo nazarí, pese a que su abuelo, José Manuel González, llegó a jugar en el Real Madrid de los años 50. Será por eso que el club le ha renovado justo después de caer 5-0 precisamente ante los blancos. El libro del bibliotecario Alcaraz sigue abierto.

13/01/2017

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