Costa

diegocostaFIRMA DE SERGIO G. ARIAS | Aquel agricultor de Lagarto, una localidad al noreste de Brasil, fantaseaba con tener un hijo futbolista. Todos los fines de semana, José Jesús Costa, ‘Zeinha’, se reunía con amigos para jugar. Su obsesión era tal que era depositada como la simiente en el útero de su esposa con la misma esperanza y las mismas reservas del que trabaja la tierra consciente de que el alquiler o la comida del próximo mes dependen del imprevisible estado anímico del cielo.

Su pasión por el fútbol le llevó a nombrar a sus dos hijos varones como destacados futbolistas de aquella época en un desesperado intento de que una simple palabra marcara el sino de alguien. Al mayor le nombró Jair por ‘Jairzinho’, y al pequeño Diego, por un menudo ’10’ argentino que venía de disputar el Mundial del 86 con Argentina. Su familia era del São Paulo y el joven Diego del Palmeiras, porque ya desde entonces se preocupaba por atentar contra el orden establecido, como años más tarde lo haría contra las atormentadas defensas rivales.

Sus primeros entrenadores destacan que Diego siempre quería jugar contra los mayores. Por aquel entonces ya era el goleador indomable que es hoy. Espartaco contra el Imperio Romano. Allen Iverson contra los defensores más despiadados de la NBA en una eterna penetración suicida a canasta que acababa como toda buena película de Hollywood: con el balón besando la malla de la red y un fundido a negro que acompaña a esos amores atemporales que nos ha dado el cine. El pequeño Diego definió sus primeras experiencias futbolísticas en una sola frase: “Pensaba que había que matarse”. Desde entonces, Diego volvió de cada partido como los recios espartanos: con su escudo o sobre él.

Tras su llegada al Sporting de Braga luso, Diego Costa fichó en el año 2007 por el Atlético de Madrid con sólo seis meses de experiencia como futbolista profesional. El club rojiblanco cedió reiteradamente al temperamental ariete, que sería comparado por sus duros modales sobre el campo con el delantero egipcio Mido durante su estancia en el Celta de Vigo. En el Albacete pasó a ser ‘El demonio de Tasmania’ y Juan Ignacio Martínez, su entrenador por aquel entonces, recuerda que Costa es un futbolista modélico 89 minutos por encuentro… El restante es su perdición. De su estancia en el Valladolid, Costa se queda con José Luis Mendilibar, un técnico que, según el punta hispanobrasileño, “respetaba su talento mientras mantenía una estricta disciplina” que le llevó a mandar a Diego a trabajar en un viñedo como castigo. El círculo se cerraba y aquel delantero labraba el campo como su padre hiciera antes que él.

“Imagina un rey que librara sus propias batallas”. El 23 de diciembre del año 2011, Diego Pablo Simeone era designado nuevo entrenador del Atlético de Madrid en sustitución de Gregorio Manzano. Con el técnico argentino en la ribera del Manzanares y la marcha de Radamel Falcao al Mónaco en 2013, Diego Costa tenía un lustro después la oportunidad de demostrar su valía en el club que apostó por él. Y en aquel Atlético que todavía no aspiraba a alcanzar la burguesía estilística del fútbol ante la ausencia del talento de Antoine Griezmann que más tarde seduciría a Simeone a abandonar sus creencias en el arcén, Diego Costa era por fin libre. Aquel chaval conflictivo forjado entre codazos de los rivales varios años mayores que él en las duras calles de Brasil tenía por fin el respaldo de todo un equipo y una entidad detrás de él. Y Simeone era su Aquiles, ese belicoso comandante de los ejércitos que peleaba junto a sus tropas en la misma trinchera. Un monarca de manos callosas más acostumbradas a sostener la empuñadura de una espada que un delicado vaso de vino. Allí ganaría una Liga, una Copa, dos Supercopas de Europa y llegaría a la final de la Supercopa española y de la Champions League.

costa

El 1 de julio del 2014 el Chelsea abonaba los 32 millones de libras de la cláusula contractual para fichar a Diego Costa. Mourinho tenía a su delantero aguerrido. A ese que le dio una Capital One Cup y media Premier. La quinta del club londinense en su historia. La tercera del luso como técnico ‘blue’. Entonces vino la tormenta. La misma que el padre de Diego, ‘Zeinha’, temía para sus cultivos. El portugués abandonó la entidad que él mismo había ayudado a levantar y Guus Hiddink, ese gran misionero del fútbol, como favor a su amigo Roman Abramovich tomó las riendas del club en una etapa de apacible y reposada transición. Un ambiente completamente opuesto al de Diego Costa,  que no entiende de mansas sinfonías. Su fútbol nace del apurado rasgueo de las cuerdas de una guitarra y una áspera voz que despedaza el micrófono. Y entonces llegó él.

El 4 de abril de 2016 Antonio Conte firmaba su contrato por tres temporadas como nuevo técnico del Chelsea. Su dorado pasado como futbolista y su meteórico ascenso como entrenador culminaba con su primera aventura fuera de Italia. Su tarea principal fue convencer a Diego Costa, uno de los mejores delanteros del mundo, de que renunciara a jugar la Champions durante la primera temporada del técnico italiano, popular por su extrema disciplina, competitividad y una denodada agresividad que inocula a todos los futbolistas que tiene en nómina como si de un virus se tratara. Y Diego se quedó. Durante los primeros encuentros de Conte como técnico ‘blue’, Costa fue el jugador que en un encuentro de baloncesto que llega parejo a los minutos finales pide la bola aunque esté marcado. Puro ‘clutch’. Pero el juego no acompañó a los resultados en ese matrimonio de incierto futuro cuya unión todo entrenador busca bendecir desde el banquillo. Diego Costa le dio tiempo a Conte. El mismo que se le acabó cuando el equipo perdió ofreciendo de nuevo una pobre imagen ante el Arsenal. El partido en el que todo cambió y Conte alineó por vez primera su 3-4-3. Ese esquema que mejora a todos los futbolistas de su plantilla. El traje a medida que prometió confeccionar en sus primeras declaraciones como entrenador ‘blue’ influenciado, sin duda, por la ascendencia de la moda en Italia. El que reconvierte a César Azpilicueta en central, el que delega en David Luiz la salida de balón desde atrás, a Marcos Alonso y Victor Moses el despliegue, apoyo y profundidad en las bandas. A Nemanja Matić y N’Golo Kanté el trabajo en la sombra, de intenciones más oscuras que sus clandestinos monos de trabajo. El que acerca a Hazard y Willian Borges al carril central, la capital del juego donde todo ocurre. Y donde espera Diego Costa con su escudo.

31/12/2016

Sergio G. Arias es periodista de Expansión y colabora en La Media Inglesa.

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