Yeray

yeray-alvarezMARIO BECEDAS | Más de 1.200 tardes buscando un central que sacara bien el balón desde atrás y resulta que estábamos esperando lo que nos ha gustado siempre: el ‘rock and roll’ melenoso que lo cortaba todo en defensa, y cuando digo todo es todo. Cuando a cada chaval de seis años que juega de zaguero —o más o menos— los clubes le ponen a aprender a ser Beckenbauer, llega y aparece Yeray Álvarez, que no es que la saque mal, sino que hace que nos acordemos de Puyol, su ídolo. La leyenda hispánica del fútbol nos trae un prototipo de central de mata de pelo enjundiosa, más o menos expeditivo, que tiene la cualidad de ser un paso infranqueable, un Gandalf clavando el bastón en el puente de cuyo nombre no quiero acordarme. Si al principio Goyo Benito o ‘Tarzán’ Migueli fueron más toscos, otros como Puyol dejaron el lateral, pulieron el estilo y, sin bailar tango precisamente con el balón, aprendieron en qué momento éste pasaría por su bota, rodilla, cabeza, pecho, hígado o corazón, un radar sobrehumano.

Cuando en 2012 el ‘Tiburón’ se convirtió en una rodilla de cristal y otra de paja, la anticipación y el coraje dejaron de ser un mérito para acabar en retal del siglo XX, el techo de la era Piqué. Alguno recurrirá a Ramos y Pepe sin tener en cuenta que el primero es mejor delantero que defensa y que el segundo, pese al Tekken, es más jugón de lo que parece. Se entró en un agujero negro que un día, en un partido de Europa League ante el Sassuolo italiano, Ernesto Valverde tapó dando entrada al último rugido de Lezama. El equipo perdió 3-0, pero sacó una victoria que no se esperaba. Cachorro de la célebre camada vizcaína del 95, Yeray vino al mundo cuando alguno de nosotros ya íbamos al colegio y subrayábamos los libros ‘Carabás’ de Anaya. Valdano le devolvía la manita al Barça de Cruyff y en Barakaldo se alumbraba a una promesa que 21 años después dominaría la defensa de Athletic al nivel de un legendario capitán de 30 años o de la década de los 30. Ha secado a un Laporte flojo este año y ha dejado atrás en la autopista a Bóveda o Etxeita. En partidos como la reciente visita de los rojiblancos al Betis, Yeray ha sido de lo poco salvable y ha venido a explicar a los neófitos por qué a los jugadores de su club se les llama ‘leones’.

Pelos al viento, Yeray ha corrido, saltado y volado para no dejar que ningún balón llegara siquiera a la media luna de su equipo. Por alto, por bajo, por el medio y por los lados, en todo momento ha adivinado la vía por la que el rival quería meter el esférico. Un imán y una revelación que a los Monchi de Comunio nos colmó de alegrías durante cinco jornadas consecutivas a un precio evidentemente muy razonable. Lo que la consuetudinaria prensa deportiva española despacha habitualmente con el cliché de una progresión meteórica y que ahora se ve cercenada de raíz por la fatalidad. Una vez más, la fatalidad. La enfermedad, algo que tan sólo entendió bien Kafka, y quizá Abidal, se ha posado sobre Yeray a una edad en la que resulta insultante que la vida depare un tumor a alguien. Nos sobresaltaba hace unos días el comunicado del Athletic anunciando que el jugador sufría un tumor testicular del cual sería intervenido quirúrgicamente y que dejaba en el aire su regreso a los campos de fútbol. De desasosiego absoluto fue escuchar el “optimismo moderado” que soltó el galeno del club y que nos pinchó en el pecho como el recuerdo de la dolencia peor, la tantas veces incurable. Por fortuna, el Athletic, siempre parco en esto, emitió otra nota informando a los días de que la extirpación —orquiectomía, lo llaman— se produjo “sin incidencias” y ya sabemos que el jugador está en casa listo para lo que venga.

Arrasado cualquier balance futbolístico de 2016, porque esto es lo más importante, es la vida, maldita sea, me gustaría decir en estas horas que, siendo de Bilbao, los cojones de Yeray pueden con cualquier cosa que se ponga en su camino y más con algo que ya se puede denominar recuperación. Pero voy a decir que el fútbol y el no fútbol están con él, que Molina y Penev salieron de lo mismo. Que todos llevamos una camiseta de Abidal debajo de la nuestra y que a este mal o como se le quiera llamar le miramos ya todos muy de cerca hasta que acabemos con él, sea como sea. Sé que es una tontería, una memez y una estupidez, incluso me atrevería a decir que una frivolidad y una gilipollez a estas alturas, pero no le venderé: Yeray acaba la temporada conmigo y yo con él. No es que sea uno de los nuestros, es que nosotros somos unos de los suyos.

30/12/2016

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