Roque Mesa

roquemesaSERGIO DE LA CRUZ | De cuando en cuando, el Vicente Calderón practica un maquiavélico método de tortura con sus pobladores. Aliado con los elementos, irrumpe en su terreno de juego un viento cortante, frío, capaz de fruncir el ceño a decenas de miles de personas. Esta ventolera suele paralizar a los jugadores, hace circular más lenta a la pelota. El resultado suele ser a menudo un bodrio. Hasta que alguien rompe el guión en mil pedazos. En vez de triturarlo con las manos, a Roque Mesa le gusta hacerlo mediante un cambio de ritmo.

Todo transcurría en la mediocridad hasta que el ‘15’ de la Unión cogió la pelota en su campo, aceleró, rompió a Saúl con un caño y fue avanzando en el verde con una soltura insultante, envidiable. Antes de llegar a la frontal del área de Moyá, tuvo que ser derribado por los cosacos rojiblancos, pero el show acababa de comenzar. Las Palmas perdió por la potencia de fuego del Atlético, pero hizo temblar a más de uno en el Manzanares. El equipo al que ya empiezan a jugar como a un grande, tal y como dijo el ajedrecista Quique Setién al término del partido, estuvo a punto de clavar su pica cerca de la M30. Y su principio y su fin tienen el nombre de Roque Mesa.

Semana tras semana, el canario protagoniza uno de los tributos al fútbol de mayor continuidad que se recuerdan. No hace nada que no haya sido pensado previamente, y cualquier movimiento va encaminado a la consecución del siguiente, en una perfecta sinfonía. Sin que la pelota llegue a sus botas, en un abrir y cerrar de ojos, su cuerpo está preparado para el envite siguiente. Un giro de cadera, un vistazo periférico, una apertura a banda… Todo eso pasa por la mente del centrocampista antes de tener el esférico. Cuando se haya decantado por alguna de estas opciones, ya sabrá el siguiente movimiento a ejecutar. Un desmarque, una cobertura, quién sabe si la lista de la compra de enero.

Norman Mailer relata en “The fight” cómo el entrenador de Muhammad Ali, Drew Bundini, tenía miedo de aprender a leer y escribir porque temía perder su exuberante verborrea. El bueno de Bundini murió antes de que Roque naciera, pero tendría que haber asistido a la progresión de un jugador que, a fuerza de trabajo y compromiso, fue el futbolista con más recuperaciones de la pasada temporada sin hacer un sólo desprecio a la organización, a la distribución, al último pase. En la eterna pugna entre trabajo y talento, Roque hizo el imposible. Si Bundini le hubiera visto antes, quizá habría cumplido su sueño: ser el guionista de una película.

No parece osado decir que la estabilidad de la que disfruta el equipo insular es una de las mejores noticias para el fútbol español en mucho tiempo. Una plantilla que ha ido derribando suspicacias, que tras ganarse el respeto de todos consiguió librarse del miedo y hasta tuvo pócima para una utopía: hacer de Kevin-Prince Boateng un futbolista comprometido con la causa.

Al frente de todo esto se encuentra Roque. Por él se jugó los cuartos Las Palmas, que consiguió neutralizar el interés de Monchi y su Sevilla este pasado verano y asegurarse el futuro de su jugador emblema. Una de las mejores cabezas pensantes de nuestra Liga, otro más de esos locos bajitos que aspira a formar parte de una Selección con ganas de renovación. Hasta entonces, seguirá perfilándose ese bigote que tanto furor causa… Y seguirá sentando cátedra fuera y dentro del archipiélago.

23/12/2016

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