Pies, ¿para qué os quiero?

rb_leipzigSERGIO MENÉNDEZ | Faltan únicamente un par de semanas para confirmar si, como indica la actual clasificación de la Bundesliga, el Leipzig constituye una amenaza real para el reinado que el Bayern de Múnich viene ejerciendo de forma incontestable en el fútbol germano desde que a principios de la década el Borussia Dortmund se atrevió a dejarles dos temporadas seguidas sin levantar un título que, a juicio de los bávaros, les pertenece por derecho propio. Dos semanas hasta que llegue un esperadísimo 21 de diciembre, fecha en que el Allianz Arena recibirá la visita de un equipo que no sólo les ha arrebatado el liderato provisional del torneo doméstico de Alemania, sino también el trono de equipo más odiado del país, por imposible que pareciera en un inicio.

Resulta un tanto sorprendente ver el recelo que ha generado esta irrupción del Leipzig en una buena parte de la afición alemana, a la que se le atribuye un marcado romanticismo en su forma de concebir el fútbol. En lugar de apreciarlo como un soplo de aire fresco que vendría a romper con la monótona racha triunfal muniquesa que se ha instalado de un tiempo a esta parte en la Bundesliga, la reacción general a este ascenso a las alturas por parte de Ralph Hassenhüttl y sus muchachos ha sido similar a la que suscitaría entre los miembros de mayor antigüedad de un tradicional club de caballeros el ingreso de un excéntrico nuevo rico, que es lo que único que representan en realidad para muchos seguidores.

Y es que el Leipzig no deja de ser, en esencia, un club levantado a golpe de talonario que nació como consecuencia de la adquisición en 2009 de la plaza del Markranstädt, equipo perteneciente a un pueblo a las afueras de la ciudad que militaba en la Oberliga, lo que equivaldría a la categoría regional de España. La operación fue ordenada por Dietrich Mateschizt, fundador de Red Bull y propietario tanto del Red Bull Salzburg como de los New York Red Bulls, que después de ver frustrados sus intentos de comprar el Sachsen Leipzig, el St. Pauli, el 1860 Múnich y el Fortuna Düsseldorf, decidió echar su red fuera de la jurisdicción de la federación nacional, cuya legislación sólo autoriza la creación de equipos donde los socios controlen, como mínimo, un 51% de su capital social, para realizar un desembolso cercano a los 350.000 euros y refundar la entidad bajo el nombre de Rasen Ballsport Leipzig. Una treta nominal que permitiría camuflar las iniciales de la marca de bebida energética en la nueva denominación del club, que pasaría a adoptar el rojo, el blanco, el azul y el amarillo como colores corporativos e incorporar a su escudo dos toros embistiéndose. Acababa de nacer el RB Leipzig.

Estas maniobras no han sido recibidas con indiferencia por los aficionados de otros equipos, algunos de los cuales han promovido la creación de campañas de descrédito hacia el club y sus jugadores en las que se les acusa de instrumentalizar el fútbol o de ser un juguete al servicio de intereses puramente mercantiles de una versión austriaca en carne y hueso del Tío Gilito. Entre los boicots se incluyen la organización por parte de los seguidores del Union Berlin de un funeral en honor del fútbol tradicional para el que se decretaron 15 minutos de silencio desde el pitido inicial del encuentro y se repartieron chubasqueros negros a toda la grada, el asalto de varios radicales del Karlsruher al hotel de concentración del Leipzig en el que se pudo escuchar alguna que otra amenaza de muerte hacia sus jugadores, el lanzamiento a cargo de los hinchas del Dynamo Dresden de una cabeza de vaca al terreno de juego o la negativa del Borussia Dortmund a que el club empleara su escudo para tejer las típicas bufandas de confraternización entre equipos.

Sea como sea, lo cierto es que el Leipzig ha protagonizado a lo largo del último lustro un carrera fulgurante hacia la cima en la que han realizado una inversión total de 103 millones de euros en incorporaciones, 50 de los cuales se han desembolsado en el pasado verano —  lo que les sitúa como el séptimo club de Alemania en presupuesto para fichajes, por delante incluso de Hoffenheim, Schalke 04 o Hertha Berlin — para hacerse con los servicios de Oliver BurkeTimo Werner o Naby Keita, que se han unido a una nómina en la que ya figuraban Emil Forsberg, Diego Demme, Yussuf Poulsen, Willi Orban, Marcel Sabitzer o Davie Selke, por el que el club pagó ocho millones de euros al Werder Bremen en 2015, convirtiéndose en el futbolista más caro de la historia de la segunda división alemana. Una carrera en la que el Leipzig podría recoger el testigo del Leicester como nuevo equipo revelación que culmina la temporada de su ascenso levantando el título de liga. El desenlace pasa, en primer lugar, por ganar al Bayern de Múnich el próximo 21 de diciembre. A partir de ahí, entonces sí, puestos a soñar, el Leipzig solamente tendría que permanecer fiel al eslogan de su marca de cabecera y aplicarse en esa carrera lo que Frida Kahlo, mujer de raíces germanas, dijo un día de: “Pies, ¿para qué os quiero, si tengo alas para volar?”.

05/12/2016

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