Una siesta, una fiesta y un aguafiestas

sin-titulo-2FIRMA DE RAFAEL AZNAR | Un derbi Barça-Madrid no suele defraudar. El de ayer iba camino de hacerlo, con una primera parte trabada y soporífera como ella sola. Baste con decir que en los 30 minutos iniciales casi lo mejor que se vio fue un control con el pecho de Luis Enrique en la banda, en dura pugna con los planos cenitales del Camp Nou que ofrecía el helicóptero de televisión. Había intensidad, sí, pero fútbol, el justo y necesario. Ni el Barça era el Barça ni el Madrid era el Madrid. Aquello era un choque de cornamentas con más ruido que nueces. Por suerte, dos virtuosos del balón como Modrić e Isco andaban por allí para evitar que los párpados del personal se rindieran a la inevitable siesta. El croata fue, con diferencia, el mejor del partido, tanto en ataque como en defensa. Con él al timón, el equipo blanco tuvo un par de arranques en la recta final de la primera mitad, saldados sin mucho peligro. Por suerte, Clos Gómez se apiadó de todo el mundo y mandó a los dos equipos al vestuario a reflexionar sobre quiénes son y a qué habían ido allí.

La segunda parte ya fue otra cosa. El Barça salió un poco más inspirado y, tras una falta absurda de Varane a un Neymar que no iba a ninguna parte, inauguró el marcador. El propio jugador brasileño puso la pelota muy templada en el corazón del área y el depredador Luis Suárez le comió también la tostada al defensa francés para cabecear a bocajarro, sin que Keylor Navas pudiera hacer nada. El 1-0 fue una catarsis para el equipo blaugrana, que se convirtió en dueño y señor del partido, devenido en una fiesta. Buena parte de la culpa la tuvo el mago Andrés Iniesta, que volvía de una lesión y que, con sus certeros pases al hueco y su clase, contribuyó sobremanera al goteo de ocasiones locales frente a un rival que hacía aguas, extrañamente, tras la salida de Casemiro al campo. Neymar y Messi tuvieron varias oportunidades para darle la puntilla al líder y certificar tanto el recorte de puntos como el fin de su racha de imbatibilidad, pero no acertaron con el marco rival.

Zidane se la jugó y metió arriba a dos jóvenes como Marco Asensio y Mariano, mientras James Rodríguez, o la sombra de lo que fue hace dos temporadas, se quedaba en el banco. Sin embargo, la solución no vino de ninguno de los dos, sino del jugador con más baraka de toda la plantilla, al menos cuando el minutero ya apremia al árbitro a ir llenando los pulmones para pitar. Como en tantas otras ocasiones, especialmente aquella en Lisboa, Sergio Ramos se elevó hasta los cielos para cabecear una falta botada por Modrić. Algún día se harán estudios sobre el don de la oportunidad del defensa sevillano, un aguafiestas de manual. El partido se saldó con dos míseros goles a balón parado, 1-1, pero, aun así, mereció la pena. Dicen que la ópera no acaba hasta que canta la gorda, y lo mismo pasa con los partidos del Madrid, que no terminan hasta que Ramos da el do de pecho.

04/12/2016

Rafael Aznar es periodista de Hobby Consolas y ex del diario MARCA.

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