Íñigo

inigomartinezSERGIO DE LA CRUZ | La pelota despegó de sus botas, tomó velocidad, ganó altura, planeó buscando su objetivo. Como si de un dron esférico se tratara, fue trazando el descenso perfecto, el que le llevó hasta las redes de la portería de Gorka Iraizoz. Íñigo Martínez marcaba desde más de 50 metros su primer gol en Primera y en su debut en un derbi vasco. Xabi Alonso, ya en el Real Madrid, lo calificaba como “el mejor gol de la historia de Anoeta. Desde entonces, el central ha ido de la mano de su querida Real Sociedad, con la que ha sufrido penas y ha bebido alegrías a pequeños sorbos hasta el día de hoy. Un recorrido lleno de altibajos, tan auténtico como la vida misma.

Decía el torero Juan Belmonte que el miedo le hacía crecer a uno la barba, y en el caso del chico de Ondarroa deberíamos hablar de una persona barbilampiña, que no ha conocido el temor desde que se convirtió en uno de los héroes de una hinchada recién salida del infierno de la Segunda. No han faltado los fallos, los errores casi obscenos, pero de todos ellos se ha levantado el defensa al que se llegó a comparar con el mismísimo Ronald Koeman cuando llegó a Zubieta hace ya una década. Carácter no le ha faltado nunca a un jugador en la permanente búsqueda de una regularidad que, sin duda, le habría llevado al escalafón de los centrales más poderosos de Europa. En ello anda todavía.

Con una zurda prodigiosa y unas aptitudes físicas envidiables, el vizcaíno ha tenido un problema: contagiarse de los nostálgicos bajones de su equipo. No extrañan, por eso, ni las dudas acerca de su rendimiento, ni el interés de los grandes de Europa que, en una realidad esquizofrénica, han convivido en torno a la figura del tatuado Íñigo. Porque, cuando ha estado a su verdadero nivel, ha sido un cacique: rápido, poderoso en el juego aéreo, habilidoso en la salida de balón y un arma a balón parado. Con este letal repertorio se ha encontrado Eusebio, que ha recuperado su mejor versión para, de la mano, gestar la mejor Real Sociedad desde su clasificación para la Champions en 2013. Como no podía ser de otra manera, Íñigo y la Real siempre trazan una línea en paralelo. Son vasos comunicantes.

Ahora, ambos discurren por el mismo sendero. La Real juega bien, vistoso, como ha querido y no ha logrado durante mucho tiempo. Zurutuza maneja el barco con Illarramendi, Yuri es un puñal por la izquierda, Willian José es el ariete que no se encontró en Finnbogason, Jonathas y Seferović… E Íñigo cierra las compuertas con la jerarquía que le pertenece. El engranaje por fin funciona.

Pasaron Montanier, el fracaso en la Champions, Arrasate y Moyes y su estancia en el María Cristina. Se marcharon Bravo, Griezmann e Illarramendi —con billete de vuelta—. Íñigo, en cambio, nunca se fue. El premio le llega ahora, en un tremendo estado de forma. El Lopetegui que le dejó fuera del Mundial sub-20 de 2011 le ha convocado para la absoluta y, a pesar de su mal partido ante Inglaterra, regresó a la Real para marcar un golazo de falta en El Molinón, el estadio que le vio debutar en Primera.

Con una estupenda parábola, otro dron en forma de balón que sorteó la barrera y entró por la escuadra izquierda de ‘Pichu’ Cuellar, Íñigo Martínez cierra el círculo. Nunca debió marcharse, pero ha vuelto. Y esta vez todos desean, todos deseamos, que sea para no irse jamás.

25/11/2016

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