Trigueros

manutriguerosSERGIO DE LA CRUZ | Mientras el mundo se devanaba los sesos tratando de descifrar sin éxito el jeroglífico Donald Trump, el Villarreal anunciaba la renovación de Manu Trigueros. Muy al estilo del ‘Submarino Amarillo’, se hacía pública una noticia excepcional para el futuro del club: en voz baja, sin acaparar portadas ni dar grandes titulares, los amarillos ataban hasta 2022 a un jugador por el que pasa el futuro de la entidad. Siendo muy, muy prudentes.

Porque el jugador de Talavera de la Reina ha conseguido lo que hasta ahora parecía imposible en El Madrigal: eclipsar a Bruno Soriano, una leyenda viva. 2016 ha sido el año de consagración de un jugador que ya no se esconde, que ya no puede pasar desapercibido. Se lo prohíbe su propio fútbol, que ha traspasado los diques, que le ha otorgado una nueva dimensión. Muchos dicen que la transformación del ’14’ le ha llevado a ser el jugador más determinante de estas primeras 11 jornadas de Liga —malditos parones de selecciones— y no les falta razón. Sólo así se entiende la resurrección de un equipo sumergido en la polémica, eliminado de la Champions League y sacudido por el dramático cambio de entrenador con la pretemporada recién terminada que ahora es tercero en LaLiga y una de las escuadras con menos goles encajados de toda Europa.

La transformación tuvo un reflejo claro en el gol que le marcó al Betis el fin de semana pasado. Un misil desde más de 25 metros que se coló por la escuadra de Adán. Resultó desconcertante ver tanta violencia emanada de unas piernas destinadas a crear arte, a mimar, a acariciar el esférico. Pero lo de Trigueros debe ser ya rutina: su registro ha cambiado, se ha ampliado hasta convertirle en uno de los futuribles para la Selección de Julen Lopetegui. Desde luego, la perspectiva de tenerle en ‘La Roja’ no parece fruto de la locura.

Juega más adelantado, liberado de la banda en la que partía de manera ocasional. Suma mucha más participación junto a Bruno, relegado ahora a labores de intendencia, y tiene más llegada. A eso ha añadido una pizca, la justa, de acierto goleador: ya son dos los tantos en Liga, igualando su mejor marca en el torneo y a uno de alcanzar su mejor temporada anotadora. Fran Escribá le ha vetado la Europa League —no ha jugado ni un solo minuto—, pero para una buena causa: ha disputado todos los partidos ligueros al completo salvo un par de sustituciones en el tiempo de descuento.

A Trigueros le cuadra por fin la jugada, después de salir del amparo de su padre, que fue a la vez entrenador y referente laboral —es profesor, carrera que el jugador se encuentra a punto de terminar— y estuvo en contra de dos de las decisiones de su hijo: irse a La Masía y no vestir la zamarra del Atlético de Madrid. El camino fue largo, y a veces, duro, como todas las inversiones de futuro. Tras el paso por la en ocasiones inmisericorde cantera culé, llegó Murcia y después Villarreal, haciendo carrera como meritorio en los dos filiales y viviendo el descenso del B por la caída al infierno del primer equipo. Demostrando a Julio Velázquez y después a Molina que valía para dar el salto definitivo, se empotró en lo más alto de la entidad en 2013. Para no salir nunca más.

Dicen que se parece a Iniesta en el terreno de juego y a Dani Pedrosa en el plano físico, pero lleva varios años labrando su estilo propio. Empeñados en las etiquetas, tardamos mucho tiempo en ver que Manu Trigueros era Manu Trigueros. Nunca dejó de estar ahí, pero hace poco que nos dimos cuenta de que era una realidad, de que no se trataba de un sucedáneo. Disfrutemos de él.

11/11/2016

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