Lillo

lillo-sampaoliMARIO BECEDAS | Juanma Lillo no es Dios, pero está en todas partes. Cuando el olvido se ha cernido sobre él, siempre aparece en el banquillo más recóndito, en el país más inesperado. Se ha recorrido el mundo tres veces y ahora ha vuelto a España, pero gracias a su labor con Chile. La historia de Lillo es la de un entrenador casi adolescente que llevó al Helmántico a la eternidad y que casi 25 años después ejerce de ideólogo de Sampaoli en Sevilla. En medio, su vida ha sido un invariable reencuentro con Guardiola, esa espiga que se le acercó un día en el Tartiere. Con el bagaje de haber empezado a entrenar casi antes de haber jugado al fútbol, Lillo se plantó en Salamanca para llevar al equipo de la Segunda B a Primera con sólo 26 años de edad. Era el verano de 1992, lo que confirma que estábamos viviendo algo excepcional y España no ha vuelto a ser lo mismo. Espoleado por haber dejado al equipo en la orilla del ascenso, el joven preparador no se rindió y llevó a los charros a Segunda. En la categoría de plata, subido a hombros de un jovencísimo Ismael Urzaiz, se marcó la campaña de su vida y alcanzó la Liga de nuestra vida tras una ‘manita’ al mítico Albacete de Benito Floro en la promoción. Juanma ya estaba de moda.

Siempre defensor de que él todo lo aprendió de Cruyff, Lillo no pudo con la Primera división y acabó destituido para pasmo de afición local y jugadores. El buen crédito le llevó al Oviedo, donde la cosa no cuajó, pero donde, según las escrituras de un Tomás Guasch más serio de lo habitual, se le apareció Guardiola. Tras perder 2-4 con el Barça en el Carlos Tartiere en un día como cualquier otro de 1996, el ‘4’ culé se acercó al zaherido entrenador, que sería destituido esa campaña, y le dijo que los carbayones habían jugado bien, que seguía su trabajo y que quería su contacto. Comenzó a partir de entonces el ascensor hacia el infierno de Lillo. Si la cosa en Tenerife duró año y medio, en el Zaragoza posterior a Txetxu Rojo iba a quedarse en sólo tres meses hasta que la Directiva le mandó el motorista a casa. El tolosarra quedó muy tocado de aquello y tardaría nueve años en volver a Primera. En el intersticio apareció, milagro, por dos veces Pep. Lluís Bassat, su divinidad publicitaria y los elefantes azules aspiraban a la presidencia del Barça que en 2003 se llevó su antiguo pupilo Laporta. Baste decir que en la candidatura del ‘Mad Men’ con hechuras de Papá Noel iban Guardiola de Secretario Técnico y Lillo de entrenador.

Tiempo después diría Lillo que Guardiola materializó más tarde en el Barça lo que juntos iban a hacer en 2003, pero eso nunca lo sabremos. Sí sabemos que en 2005, tras barrenar en Ciudad de Murcia y Terrasa, Lillo probó suerte en México entrenando al Dorados de Sinaloa. Y sabemos también que Pep, sin imaginar que 11 años después daría el ‘sí, quiero’, rechazó por aquel entonces recalar en el Manchester City para irse con su amigo. Tras unos meses divertidos, cada uno se fue para su sitio hasta que se volvieron a topar con Guardiola ya en los altares de la historia. Lillo, que se quedó a unos centímetros de subir a Primera con la Real Sociedad, se encontraba al Barça del ‘sextete’ con la batuta de un humilde Almería heredado de Hugo Sánchez“Virgencita, virgencita, que nos quedemos como estamos”, dijo Lillo al aterrizar en los Juegos del Mediterráneo y hasta se quedó corto. Desde su llegada en diciembre de 2009 el equipo encontró resuello y acabó en el puesto número 13. Sin embargo, al poco de comenzar la campaña siguiente llegó a su cancha el todopoderoso Guardiola y Lillo se fundió con él en incontables abrazos que provocaron la ira local y la mofa del madridismo, máxime cuando el partido acabó con un 0-8 favorable a los blaugranas. Tras el encuentro, Lillo sería destituido.

Cobró entonces mayor fama de histriónico, de loco, de obsesivo del buen juego, de entrenador fracaso: ‘Juan Malillo’. Su mayor pecado era intentar hacerlo bonito, ser guardiolista desde antes que Guardiola. Pobre hombre. Cómo se atrevió a eso. ¡En España y mientras Mourinho! Tuvo casi que huir Lillo a Colombia, donde las cosas tampoco salieron demasiado bien. Hasta que se cruzó con otro enajenado de las pizarras y las combinaciones. Sampaoli le glorificó como asistente suyo en la mejor Chile que se recuerda y por eso ahora le ha acompañado, ya ensartado de canas en su habitual greña, al Pizjuán. El otro día, presentando su último libro, Martí Perarnau —me informa Juli—, dijo que Lillo era “el verdadero teórico del juego de posición en España”. Quizá habría que remontarse a 1994, cuando un resabiado Menotti, extensión de su cigarro, viajó a Madrid para ver al Real de Valdano y Cappa en el Bernabéu y en una larga sobremesa que también relata Guasch puso al pequeño Lillo encima de la gran mesa de argentos pensadores de fútbol: “He conocido a un tipo que está más loco que nosotros. Le gusta el fútbol y habla del juego y de jugar bien”.

04/11/2016

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