Aleix

aleixvidalSERGIO DE LA CRUZ | Debe ser difícil coexistir con Luis Enrique cuando te llamas Aleix Vidal. Incluso más que siendo periodista. Superada la barrera de los roces, la convivencia entre técnico y jugador ha pasado ya al nivel del matrimonio que se acerca a las bodas de oro o al de nuestro Congreso, el de la rutina del desencuentro. Un punto en el que no hay marcha atrás porque el duelo queda ya institucionalizado.

Si en los otros casos todo empieza con un ‘sí, quiero’ o unas elecciones, en el del defensa todo comenzó con una partida de parchís en un avión grabada en directo. Con Gerard Piqué como maestro de ceremonias en Periscope, la mejor pareja dramática jamás imaginada, Aleix Vidal y Jérémy Mathieu, apareció al otro lado de la cámara para que el primero ironizara sobre su suplencia, las satisfacciones que le brindaba el universal juego y la amistad con el segundo a raíz de su coincidencia en el banquillo. Una escena merecedora de una estrella en Hollywood que, sin embargo, solo tuvo una nominación: la del ex del Sevilla al ostracismo.

Dicen las malas lenguas que el ya mítico Periscope de Piqué sentenció a Aleix, pero lo cierto es que hay más motivos para explicar la involución del lateral. Tras seis meses de inactividad por la sanción FIFA, se estrenó con el objetivo de competir el puesto —y después sucederle— a Dani Alves, pero nada más lejos de la realidad. El jugador que había brillado con el Sevilla y se había alzado con una Europa League meses antes no era capaz de acostumbrarse al ritmo infernal que impone el Barcelona tanto en ataque como en defensa. Ese doble recorrido que sí consiguió con Unai Emery en el Pizjuán se le atragantó al catalán. La respuesta estaba en la cabeza.

Porque para jugar en el Barcelona hace falta una excelente forma física, sí, pero también asimilar los complejos mecanismos que maneja el equipo para jugar casi de memoria. Hasta un mago de lo espontáneo como Arda ha tenido que hacerlo. No ocurrió lo mismo con Aleix, que, si bien se pensó y mucho su llegada a la ciudad condal, una vez establecido pagó el precio de lo descarado que supone que una sola pieza falle en el engranaje culé. La sintonía del equipo, que requiere de una perfecta interpretación de la totalidad de sus miembros, desobedecía la partitura cuando actuaba Aleix, algo que no pasó desapercibido para Luis Enrique. Las suplencias se sucedieron y la respuesta del jugador no fue tampoco la esperada. Más allá del ‘parchisgate’, diversas filtraciones que hablaban de una actitud negativa, casi de dejadez, sepultaron del todo al lateral. Rendición, una palabra que con Luis Enrique a los mandos suena casi a pena de muerte.

Con el verano y el nuevo curso, fue necesaria una charla frente a frente, pero de poco sirvió. Si hubo reconciliación, fue breve. Aleix forzó su salida y hasta en eso fracasó: incluso asistió a la marcha del inefable Douglas y a la consolidación definitiva de un centrocampista como Sergi Roberto para birlarle la titularidad. Antes de que llegaran las primeras noches de octubre ya se podía considerar el suyo un caso perdido. La perspectiva de una venta en Navidad no es sólo factible, sino primordial.

No cuesta demasiado hacer un ejercicio de imaginación y dibujar en nuestra mente al bueno de Aleix, sentado en el sofá rodeado de cajas de pizza vacías, cambiando casi por inercia los canales del televisor y llamando de vez en cuando a su agente, interesándose por lo suyo. Los dos meses que le restan en Barcelona son, simplemente, un broche nefasto a una etapa no mucho mejor. Una condena que, hasta que no finalice, perjudicará a todas las partes implicadas. Mientras tanto, como si se tratara de uno de los ‘toiss’ de Neymar, a Aleix le toca seguir calentando grada.

28/10/2016

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