Kroos

kroosMARIO BECEDAS | El fin de la Historia de Francis Fukuyama era mentira porque existe Toni Kroos. En plena era global del bolo catarí y la multimillonaria camiseta sobreviven reminiscencias de la RDA en alguien que fue alumbrado cuando el Muro de Berlín era cascote reciente y el Telón de Acero una suerte de papel albal. La cultura de la Alemania Oriental que en tantas películas sirven para entender la cosmovisión que rodea al último hito tras Laika y el Sputnik.

Originado a una patada del Báltico en 1990, Kroos fue, ha sido y es hijo de un férreo entrenador del fútbol base y de una férrea referencia nacional del bádminton. Con tal combinación sólo podía darse una estricta educación en la que el éxito deportivo no eximía de tener que aprobarlo todo y en la que se pudo ver al ahora madridista jugando descalzo al fútbol en las clases de Educación Física para no romper el igualitarismo de los partidos.

Mucho antes de que Beckenbauer pidiera su seguimiento tras un torneo sub-17 o del que Bayern tallara su última mejor piedra —Müller viene esculpido de cuna—, Kroos se recorrió junto a su hermano Felix —qué dos nombres de novela de Thomas Mann— todo el barro del Hansa cuando sus padres se desplazaron a Rostock. Estudiante lejano al sobresaliente, el no buscar los laureles directos hizo al joven Toni enfocarse hacia una constante fabril y germana, toma pleonasmo: eficacia, eficiencia, efectividad.

Interiorizadas esas coordenadas en todo tablero de ajedrez que tiene un alemán por mente, Kroos se ha convertido en el vestigio de un mundo que ya no existe. Por eso es el sufrido agente de la Stasi que en “La vida de los otros” tiene que saber todo lo que pasa pero tiene que estar irremediablemente solo pensando en el arte como un prohibido. Por eso es la madre de “Good Bye Lenin” que quiere seguir una disciplina que bebiendo Coca-Cola ya no puede ser.

Con esta filmografía a cuestas, Kroos fue el individualista que permitió a Guardiola echar al fuego su odiado doble pivote, el teutón que tocó el violín mientras diseñaba un motor diésel para dejar el Maracanazo en una broma y la penúltima lágrima de un Ancelotti que debió flipar igual que Butragueño cuando a los seis días de vestir de blanco su nuevo fichaje ya controlaba por completo el teatro de operaciones y en la Supercopa de Europa ante el Sevilla recibió cada maldito pase que se dio: 71.

A lomos del Madrid, el de Greifswald, el de Pomerania, el rubio, el que mira con cara de póquer a los Cristianos y Marcelos que montan el circo en el entrenamiento, se ha convertido en humano y ha tenido momentos de cansancio y bajón que no le han quitado, en cualquier caso, de regresar siempre. ‘Toño’,  que nunca se entendió con Rummenigge —me cuenta Juli, nuestro Kroos particular— y que fue hijo de Heynckes en el Leverkusen —por esa aspirina hay que pasar si quieres ser algo en Alemania—, ya es ADN blanco.

Por algo cuenta la leyenda que enamoró a Florentino en aquel partido de 2012 en el que, con el dorsal ‘39’ a la espalda, vio cómo Ramos mandaba al firmamento castizo la gran Champions de Mourinho que hubiera cambiado, quizá para siempre, la historia del fútbol. Aquel día los neófitos nos quedamos con el partido de Luiz Gustavo sin saber que la verdadera luz estaba a su lado y que, por supuesto, iba a acabar siendo el verdadero faro de xenón del Madrid. Hasta 2022.

21/10/2016

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