Una polca en Wembley

I Can't WatchJULIÁN CARPINTERO | Fue el pasado 15 de octubre cuando la selección de Inglaterra tenía que recibir a Polonia con Wembley como escenario de lo que, a priori, prometía ser un partido cómodo para los hombres de Roy Hodgson, a los que una victoria les aseguraba su presencia en el Mundial que se celebrará en Brasil el próximo verano. A pesar de estar eliminada desde hacía un par de fechas, la Federación polaca solicitó a sus homólogos británicos la nada desdeñable cifra de 18.000 entradas para presenciar un choque en el que se calculaba habría alrededor de 25.000 hinchas polacos en las gradas del mítico estadio, entre ellos el futbolista del Arsenal Lukas Podolski, de origen polaco. El hecho de que la comunidad polaca sea la tercera más numerosa en las calles de Londres —sólo superada por la irlandesa y la india— era una circunstancia a tener en cuenta; sin embargo, el partido en sí tenía una connotación especial para los centroeuropeos, pues fue precisamente en Wembley donde se presentó al mundo la generación más exitosa de su historia, la cual contribuyó de manera decisiva a colocar a Polonia en el mapa del mundo tras las penurias sufridas en la Segunda Guerra Mundial.

“Podéis jugar al fútbol 20 años y ser mil veces internacionales y quizá nadie os recuerde. Pero esta noche, en un único partido, tenéis la oportunidad de escribir vuestros nombres en la historia”. Esas fueron las palabras con las que el veterano seleccionador polaco Kazimierz Górski arengó a sus hombres antes de que saltaran al césped del viejo Wembley el 17 de octubre de 1973, en una noche en la que Shilton, Bell, Channon y compañía serían incapaces de hacer que Polonia doblara la rodilla para quedarse fuera del Mundial de 1974. La era de Sir Alf Ramsey, quien les había hecho campeones del mundo siete años antes, tocaba a su fin. No en vano, el gran protagonista de la debacle de los ‘Three Lions’ no fue ni el adusto seleccionador inglés ni el frío húmedo que siempre envuelve a la capital inglesa, sino un hombre al que el mordaz Brian Clough había definido días antes como un ‘payaso’. Jan Tomaszewski, el excéntrico guardameta polaco, se disfrazó de leyenda para realizar la actuación de su vida deteniendo todos los intentos de los delanteros ingleses por derribar su muro. Al final 1-1: Polonia iba al Mundial.

De esta forma, echaba a andar un grupo irrepetible que viviría una década dorada a la que el fútbol polaco ha sido incapaz de dar continuidad en el tiempo. Pero como en la vida pocas cosas suceden por una coincidencia de casualidades inexplicables, un año antes de la gesta ante Inglaterra la Selección de Polonia ya había avisado de sus intenciones de tirar la puerta a cabezazos en lugar de llamar al timbre cuando se proclamó campeona olímpica en los Juegos Olímpicos de Múnich ’72, el verdadero punto de partida de un equipo que enamoró por su juego preciosista y por la excelsa calidad de sus hombres de referencia y que no tardaría en convertirse en un habitual en los pódiums de las grandes competiciones. Sólo las restricciones impuestas por los gobiernos de los países al este del Telón de Acero impidieron que Europa occidental disfrutara de la magia de Lato, la fiabilidad de Gorgoń, la pegada de Gadocha y la elegancia del malogrado Deyna, alma y capitán del combinado.

Así las cosas, Polonia encadenaría tres participaciones consecutivas en Mundiales. En el de 1974 sólo un gol del ‘Torpedo’ Müller impidió que los de Górski jugaran la final contra la Holanda de Cruyff, aunque la victoria ante Brasil en el partido por el tercer puesto y el trofeo de máximo goleador que consiguió Lato fueron entendidos como un hito sin precedentes. Dos años después Polonia estaría muy cerca de renovar su corona olímpica en los Juegos de Montreal, aunque el tanto de Lato en la final de nada sirvió ante una ordenada RDA. Por su parte, en el Mundial de Argentina ’78 volvería a quedarse a las puertas de disputar la final, pero Brasil y, la a la postre campeona, Argentina fueron mucho para un bloque al que se había sumado la gran promesa del fútbol europeo y que sería pieza clave en la Juventus campeona de la década de los 80: Zbigniew Boniek.

El mes de octubre volvería a ser clave en la historia de Polonia. Apenas tres meses después de que los chicos de Górski hicieran que el país se sintiera orgulloso de ellos, Karol Wojtyła abandonaba su nombre para convertirse en Juan Pablo II y ubicar en Polonia el centro neurálgico de la fe católica. El país al que Hitler había sometido daría un paso más en la lucha por los derechos de sus trabajadores en 1980, cuando el sindicalista Lech Wałęsa encabezara un movimiento contestatario que, a la postre, le llevaría hasta la presidencia del país, un espíritu revolucionario que llevó a las ‘Águilas Blancas’ a olvidarse de los convencionalismos y ser tercera en el Mundial de España en 1982. El futuro no podía ser más esperanzador, pero la realidad volvió a sacudir a la ‘Cenicienta’ del viejo continente, que vio cómo su estrella dejaba de brillar.

Polonia sufre hoy, al igual que el resto de Europa, las consecuencias de la crisis. No tiene un líder político carismático, el Papa Francisco es argentino e hincha de San Lorenzo y su selección verá el Mundial desde casa. No obstante, si en algo es especialista este país es en reconstruirse, a todos los niveles, en cualquier contexto y las veces que haga falta. Y tienen a Lewandowski, a Kuba y a Piszczek que no son Deyna, Lato y Gorgoń pero saben de qué va esto.

Artículo escrito para Revista Minuto 116 el 07 de octubre de 2013.

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