Desmontar clichés

veronicaboqueteJULIÁN CARPINTERO | Tenía el cabello oscuro, la mirada triste y una sonrisa tan indescifrable que el mismísimo Leonardo la habría querido para su Gioconda. Sin embargo, la hija de aquel sacerdote a la que bautizaron con el nombre de Rosalía no vino al mundo en una villa cualquiera de la Toscana, sino que lo hizo en Santiago de Compostela, al cobijo y la protección del Apóstol. En ese momento nadie podría haber imaginado que aquella niña inquieta que dedicó su juventud a devorar libros desafiaría los cánones establecidos y se erigiría como una de las figuras más trascendentales de la literatura romántica española para que la firma de sus versos se colara entre la de los Zorrilla, Larra o Bécquer. Justo un siglo después de su muerte, la capital de Galicia era testigo del alumbramiento de otra pequeña a la que su esfuerzo y tesón han convertido en un icono dentro de un escenario que los más inmovilistas se resisten a compartir con las mujeres. La única diferencia es que ella, al contrario que Rosalía, escribe con las botas.

Cuando Verónica Boquete (Santiago de Compostela, 1987) acababa de cumplir cinco años, el célebre Dream Team levantó la primera Copa de Europa de la historia del Barça tras ganar a la Sampdoria en esa catedral futbolística conocida como Wembley. La partida de ajedrez que la escuadra italiana le había planteado a los hombres de Cruyff parecía abocada a terminar en tablas hasta que un impresionante latigazo de Koeman propició el jaque mate. Y, claro, cuando se es una niña, esas cosas marcan, de manera que Verónica creció idolatrando a aquel defensa holandés de pelo rubio y nariz respingona. Sea como fuere, la actual estrella del FFC Francfort no tardó en entender que aquella pasión que sentía por el continuo bote de la pelota se acabaría convirtiendo en su forma de vida, un camino escarpado y lleno de curvas que a mediados de los 90 parecía una utopía poder recorrer. Pero para una mujer, y más aún si es gallega, no hay imposibles.

Pese a todo, la precaria situación del fútbol femenino español la obligó a fajarse con chicos hasta que cumplió 14 años, cuando el Xuventú Aguiño coruñés llamó a las puertas de aquella delantera que había dejado atrás su época como defensa intentando emular al referente Koeman. Un cambio de posición, un paso adelante tan metafórico como palpable, que empezaría a consagrarla como una de las grandes figuras del balompié nacional, una fina estilista cuyas características de juego y su mentalidad ganadora la hacen coetánea, en la sombra mediática, de los reconocidos Iniesta, Silva o Xavi. Su debut en la máxima categoría española —la vetusta Superliga—llegaría con la mayoría de edad recién estrenada y defendiendo la camiseta del Prainsa Zaragoza, el trampolín definitivo para firmar por el poderoso Espanyol y, posteriormente, decidirse a cruzar el charco. Estados Unidos, nunca mejor dicho, sería la tierra de sus oportunidades.

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Porque la realidad es que en el país del soccer las mujeres gozan de la misma consideración de estrellas que los hombres, con estadios llenos y un tratamiento a la altura de su talento. Su carácter indómito y sus ganas de mejorar día a día la llevarían a iniciar un periplo que la ha conducido a Suecia, Rusia y Alemania, algo así como la Santísima Trinidad del ‘futfem’ europeo, un crisol de culturas que la han permitido instalarse en la elite que forman las Marta, Nadine Angerer o Abby Wambach. Sin ir más lejos, hace sólo unas semanas que Verónica fue elegida la octava mejor futbolista del planeta en la gala del Balón de Oro que consagró a la alemana Nadine Keßler.

Con el inconformismo por bandera, Boquete no sólo se ha decidido a ponerle las cartas boca arriba a la FIFA en su incomprensible decisión de que el Mundial que se celebrará en Canadá el próximo verano se juegue en césped artificial, sino que ha liderado a las chicas que entrena Ignacio Quereda en su clasificación para la citada Copa del Mundo, la cual será la primera que dispute España en toda su historia. Aquella chica que a duras penas alcanzaba los 160 centímetros cuando ganó el campeonato de Europa sub-19 en 2004 lucirá con orgullo el brazalete de capitana el próximo mes de junio, un hito más que añadir a su hoja de servicios en el momento en que decida quitarse la cinta que durante los partidos sujeta su pelo ensortijado.

“No nos sentimos valoradas. Pero como le ocurre a todo el deporte femenino, que no hace más que conseguir éxitos para España y limpiar un poco su nombre”. Así de vehemente se mostraba Verónica en una entrevista que concedió a El País en 2014. Y es que la chica que se tapaba los ojos cada vez que marcaba un gol haciendo referencia al pulpo de su tierra es, a día de hoy, un espejo en el que pueden mirarse las miles de niñas que optan por ajustarse las espinilleras y mancharse el pantalón con el verde del césped. Ellas ya no tienen que soñar con ser Koeman. Ellas quieren ser esa futbolista a la que el periodista David Menayo definió como “la princesa del deporte rey”. O, simplemente, Vero, una chica normal con el mismo don para el fútbol que el que Rosalía tuvo para las letras.

Artículo escrito para Selfie Magazine el 02 de febrero de 2015.

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