Neuervolución

JULIÁN CARPINTERO | El “Misal de Constanza”, una recopilación de salmos que empezó a ser distribuido en torno a 1459, es considerado por los historiadores el primer libro impreso con tipos móviles en toda Europa. El responsable de aquel hito que cambiaría el mundo para siempre fue el maguntino Johannes Gutenberg, un genio adelantado a su era al que la historia ha bautizado como uno de los grandes pioneros de todos los tiempos. Un emprendedor de la Edad Media, al fin y al cabo. Más de cinco siglos después, en Baviera ha tenido lugar otra revolución protagonizada por un espigado y rubio muchacho alemán que promete romper los moldes del fútbol del mismo modo en que la imprenta de Gutenberg acabó con los manuscritos.

El pasado 8 de noviembre el Bayern de Múnich puso un ladrillo más en su particular escalera para alzarse con una nueva Bundesliga tras aplastar a domicilio al histórico Eintracht de Fránkfurt. El partido dejó la imagen de un abatido Thomas Schaaf —técnico de ‘die adler’—, quien, cruzado de brazos, bajaba la mirada y resoplaba ante la acción que acababa de protagonizar una de las estrellas del cuadro muniqués. Lo llamativo de la escena no fue el gesto de resignación de Schaaf, sino el protagonista del escorzo que le hizo claudicar por completo, pues ni el hat-trick de Müller ni las carreras de Ribéry ni el hecho de que los de Pep fagocitaran el 67 por ciento de la posesión consiguieron una reacción parecida a la que provocó Manuel Neuer al devolver con la espuela de su bota derecha y al primer toque un balón a media altura con el que la filarmónica bávara se sacó de encima la presión y pudo armar un nuevo ataque. Poesía.

Y es que hace tiempo que Neuer se ha encumbrado como el guardameta más influyente del balompié mundial. Es complicado determinar si el guardián de la Mannschaft es el mejor del mundo, pues sobre él planean las figuras de Courtois, De Gea o el sempiterno Buffon, pero lo que es innegable es que la evolución de su juego le ha convertido en el más capacitado para custodiar los arcos de los renovados Bayern y Alemania. Salvo algún error de bulto que comete —o que, para ser precisos, solía cometer— cada cierto tiempo, el sobrio Neuer se ha hecho un hueco en la élite gracias a su regularidad, sus reflejos y un físico privilegiado que le hace muy difícil de batir en las jugadas aéreas, cualidades a las que ha sumado el valor añadido de haberse destapado como un peón del tablero más que capacitado con el balón en los pies. Un portero con alma de líbero, aquella figura tan prototípica del fútbol teutón que inmortalizó a Beckenbauer y que desapareció a consecuencia del encorsetamiento de los sistemas tácticos a partir de los años 80, que al mismo tiempo es capaz de cortar los balones a la espalda de sus defensas para evitar el uno contra uno como de darle una salida limpia a su equipo combinando con laterales y mediocentros. A día de hoy ya hay pocas dudas: Neuer es un verso suelto, no sólo en lo que al planeta fútbol se refiere, sino también en la propia personalidad e idiosincrasia del gigante bávaro.

Hasta que con Heynckes en el banquillo el Bayern levantó la Champions League de 2013 en Wembley —la quinta de su historia— sólo dos porteros podían narrar la misma hazaña que el chico de Gelsenkirchen que creció con la cara tiznada del hollín del Schalke. El primero de ellos fue el carismático Sepp Maier, un ogro sin el que no se entendería la edad dorada del Bayern a mediados de los 70, cuando los de Udo Lattek se proclamaron campeones de Europa tres años consecutivos. Siendo el último hombre del equipo, el socarrón Maier ordenaba, gritaba e intimidaba a la camada de los Breitner, Hoeneß o Gerd Müller, un cerrojo de unos reflejos brutales que representaba el arquetipo de meta europeo, tan alejado de la escuela sudamericana que salía del área y anhelaba el balón. Cuenta la leyenda que nunca esbozó una sonrisa, menos aún cuando el osado Panenka le engañó a ojos de todo el continente con aquel penalti suicida una noche en Belgrado.

El segundo en discordia fue un pitbull que se pasó el final de los 90 y el principio de los 2000 ladrándole a la cara al Real Madrid. Oliver Kahn, cuyos inicios en el Bayern no fueron fáciles tras llegar desde el Karlsruher, es un mito viviente en el Allianz al que la Mannschaft también le llegó rondando la treintena. Sin embargo, su capacidad de liderazgo fue el gran activo de un club que tuvo que aprender a vivir sin Matthaüs y en el que Effenberg iba y venía en función de sus peleas con éste o aquél. Ágil, imponente y tremendamente ganador, Ottmar Hitzfeld encontró en él la boya a la que agarrarse cuando Mendieta y Cúper a punto estuvieron de tocar el cielo de San Siro. Pero para desgracia del murciélago ‘ché’ su robusta figura emergió en una tanda de penaltis que fue una moneda al aire en la que, como siempre, ganaron los alemanes.

Pese a todo, Neuer no es así. Aunque iba camino de perpetuar esa estirpe de ásperos porteros con los que se ha identificado el Bayern, la influencia de Guardiola —el particular Johann Fust de este Gutenberg del siglo XXI— y el acoplamiento de Löw a las ideas de Pep han hecho de Neuer un futbolista total y respetado al que muchas voces sitúan en la lucha por el Balón de Oro, una utopía que no se torna en realidad desde los tiempos de Lev Yashin. Sea como fuere, el cambio, una vez más, ha tenido lugar en Alemania: lo que Gutenberg hizo con las manos, Neuer lo está haciendo, paradójicamente, con los pies.

Artículo escrito para Estadio Leiva el 02 de enero de 2015.

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