Bravo

claudio-bravoMARIO BECEDAS | Al trote cochinero y por fascículos la siempre fascinante Directiva del Barça nos ha dejado su penúltima obra de arte: la marcha de Claudio Bravo. Los cabezazos al micrófono de Robert Fernández o el tufo silencioso que emanaba de Arístides Mallol en fechas de tanto movimiento no presagiaban nada bueno. Guardiola quería al Amador Rivas de la Liga para su hagiográfico Manchester City y lo ha conseguido. ¿De quién es la culpa?

Que los próceres blaugranas hayan salido en tromba a justificar el fichaje de Cillessen —un buen muchacho holandés que se ha despedido del Ajax con cuatro goles debajo del sobaco y al que van Gaal quitó para una tanda de penaltis— como una inversión de futuro y como una forma de sacar rendimiento económico ante el posible ocaso de un Bravo que cuenta con 33 años —resulta que ahora eso es una barbaridad para un portero— tiene un aire satírico que nos congratula con el tradicional folclore que rodea a la Liga española y que tanto nos gusta.

La realidad es que este gracioso disparo en el pie ha desembocado en la venta del jugador por 18+2 millones cuando su cláusula era del doble. Un pequeño detalle que sirve de aperitivo para otro mucho mejor, que es el hecho de permitir a un rival directo —y tan directo, después del sorteo de Champions— llevarse a un jugador que ha sido pilar incuestionable de los últimos éxitos del club.

Se puede refutar ahora que Bravo quería firmar un último contrato orgiástico antes de retirarse o que no quería tener que estar pugnando con ter Stegen por la titularidad: es comprensible que le duela haber disputado sólo dos partidos de Champions en uno de los ciclos más victoriosos de los culés. Sin embargo, nadie en este lujoso City le puede asegurar una titularidad exclusiva en todas las competiciones, una carta que el Barça tenía que haber sabido jugar.

Más allá de la edad o del ‘negoci’, Bravo se ha convertido en estas dos últimas temporadas, y por derecho propio, en uno de los jugadores más carismáticos para la afición. Se ha encontrado un portero solvente en Can Barça —el anterior a Valdés fue Zubizarreta, con eso queda todo dicho— y no se ha querido estirar el milagro y convertirlo en institución. Cualquiera en la piel de Bartomeu le hubiera llevado al chileno una carretilla de billetes durante un entrenamiento y le hubiera prometido —aunque fuera mentira— que hablaría con Luis Enrique para que le metiera en la Champions.

Irreparable el daño, deja el Barça alguien que, aunque ya demostró fiabilidad y conocimiento de la no siempre fácil liga patria en la Real Sociedad, tuvo que empezar de cero en el Barça. Alguien que en sus primeros minutos de blaugrana tuvo una cantada tremenda contra el Napoli en pretemporada que le hizo jurarse a sí mismo que no volvería a recibir un gol desde más de 20 metros y lo consiguió durante casi una campaña entera: sólo falló aquella rara noche en el Pizjuán. Alguien que ha conseguido estar más de 700 minutos seguidos sin que le claven un gol y ostentar el récord de 21 partidos imbatido. Y, en definitiva, alguien con un porcentaje de efectividad digno de Capello: dos ligas jugadas, dos ligas en la vitrina.

Por todo ello, y sin desmerecer al siempre peculiar ter Stegen, se le puede reprochar al chileno no haber seguido apostando por lo ‘malo’ conocido, pero al final hay que agradecerle los servicios prestados. Bravo, Claudio.

26/08/2016

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