Sampaoli

sampaoliMARIO BECEDAS | Obsesión. Esa es la palabra que corona el redondo universo de Jorge Sampaoli. El hijo rebelde del policía local de Casilda sabía que detrás de todo estaba el balón. Desde que su padre le convirtió en fanático de River Plate hace casi 50 años la dirección fue sólo una. Llegó a hacerse viajes de 400 kilómetros a un promedio de 12 horas para ver a los millonarios. El argentino quería sentir de cerca. Estudiar la constelación en la que un día brillaría. Se estaba gestando un gran técnico que encontró con el tiempo la excusa perfecta: una terrible fractura de tibia y peroné a los 17 que no le permitió dar el gran salto una vez estuvo en las inferiores de Newell’s.

Esa rotura abrió un hueco en la corteza humana de Sampaoli, que se volcó en la táctica. Como una esponja, quiso absorber todo y de todo halló un aprendizaje. Su celo no encontró techo en el visionado masivo de partidos. Un cuarto de siglo ha que salía a hacer ‘footing’ con las conferencias del ‘Loco’ Marcelo Bielsa en su ‘walkman’. Tanto le cautivaron sus andanzas que años después se comió los kilómetros a cientos para ver con los prismáticos los entrenamientos de la Selección argentina que llegó a comandar el rosarino, tal y como dibuja Fernández Moores. Cuando por fin tocó banquillo, Sampaoli se bifurcó hasta compartir mando en dos planteles, dejando uno para la tarde y otro para la noche: ni recogía las vueltas del peaje cuando iba de un entreno a otro. No contento con ello también viajó y viajó fuera del país sin descanso. Las crónicas de La Nación le llegaron a retratar durmiendo en un cuartel de bomberos en Perú o husmeando Europa sin un peso: cualquier rincón podía esconder un sistema de juego.

Pero la luz la encontró Sampaoli en Chile. Primero alzando al cielo la ‘U’ del Universidad de Chile, equipo con el que confeccionó magia llevándole a ganar tres ligas seguidas y unas semifinales de Libertadores en 2012 que supieron a todo. Después con la selección del país, heredada prácticamente de Bielsa, quién si no, con la que destripó a la campeona España en el Mundial de 2014 y a su Argentina, la de Messi, en la final de la Copa América de 2015. A bordo de ‘La Roja’ fue donde el técnico tejió su leyenda hermética: montó en cólera cuando un dron sobrevoló sus sesiones, prohibió hasta la gaseosa en las concentraciones e ideó un sistema por el que sus jugadores se enfrentaban a datos reales a los mandos de una Play Satation 4, sistema que admiró al propio Guardiola. Tal es su rabia, su pragmatismo, su adaptabilidad y la ambición de sus equipos que su dinámica ganadora hizo que Chile descerrajara este verano su segundo tiro en la sien de Messi, que regresa blanco de pelo y dispuesto a dejar la Albiceleste.

Le quedaba a Sampaoli la intentona de abordar Europa y acrecentar aquí el mito de Bielsa. Previo pique de ficha del siempre en levitación Monchi, compañero suyo de rapada alopecia, será el Sevilla el que pruebe la furia constructiva del siempre tatuado, forzudo y enfadado técnico, prolongación física de un Paco Jémez de La Pampa. Al menos si la AFA del fallecido en cuerpo pero no en legado Grondona no vuelve a meter las zarpas —ya tienen a Bauza— tentando al preparador para cumplir uno de sus sueños: dirigir a la Albiceleste. Aunque su representante dijo que le gustaría compatibilizar ambos banquillos, Sampaoli no tardó en colorear de “irresponsable” semejante retorno a casa: esta vez las vueltas de los peajes se quedarán en su bolsillo.

03/08/2016

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