Pato

alexandre_pato_1SERGIO MENÉNDEZ | Alexandre Rodrigues da Silva, alias ‘Pato’, no es un futbolista cualquiera. Su carrera constituye un extraordinario ejemplo de precocidad. Lo es, no sólo en cuanto a talento, sino también a experiencias de vida, con todo lo que implica tratándose de un deportista de élite, profesión que de por sí suele exponer a sus protagonistas desde muy jóvenes a situaciones para las que no siempre están preparados. Las férreas disciplinas de entrenamiento, el sinfín de lujos que su nómina y posición social les ponen a su alcance, agendas repletas de viajes y compromisos contractuales y, en definitiva, la obligación de asumir a temprana edad las rutinas propias de un adulto disparan las revoluciones de su existencia y les conduce a vivir muchísimo más deprisa de lo normal.

A todo lo anterior hay que sumarle, en el caso del nuevo jugador del Villarreal, el hecho de que cuando ni siquiera tenía once años le fue detectado un tumor en su brazo izquierdo que a punto estuvo de privarle de su sueño de convertirse en futbolista. Fue antes de abandonar Pato Branco, su localidad natal y fuente etimológica de su apodo, y mudarse a Porto Alegre. Ya iban dos veces que el brazo se le fracturaba por el mismo sitio, de modo que su familia, ante la posibilidad de que el pequeño sufriera una lesión crónica, optó por llevarle a la consulta de Paulo Roberto Mussi, el traumatólogo que se percató de la formación de un quiste que había debilitado la cara externa de los huesos del brazo hasta conferirles la consistencia de una cáscara de huevo. “No era incurable ni corría el riesgo de morir, pero no habría podido jugar al fútbol si no me hubieran operado”, narraba el futbolista. Y es que incluso se barajó la posibilidad de amputar si no le intervenían de inmediato.

El drama infantil de Pato, en cambio, no acaba ahí. La operación resultaba inevitable, sí, pero su familia no disponía del dinero suficiente para pagarla, de modo que Mussi accedió a realizarla gratuitamente, extirpando el tumor y rellenando el hueco con un injerto óseo procedente de la cadera del muchacho y un banco de huesos. A las complejidades que entrañaba la recuperación de una cirugía de este tipo, para la que se requería que el nuevo tejido se integrara correctamente y no existiera rechazo por parte del organismo, hubo que añadirle, por tanto, las limitaciones en cuanto a movilidad que le ocasionaron las extracciones de la cadera. Pato, que según su biografía ya caminaba y le daba patadas al balón con ocho meses de vida, tendría incluso que esperar un tiempo para volver a andar con normalidad.

Superado ese trance, el muchacho no tardaría en reencontrarse con el fútbol y explotar como un delantero de excelentes cualidades. En noviembre de 2006, después de finalizar como máximo goleador el Brasileirão sub-20, el Internacional de Porto Alegre le asignó una ficha en el primer equipo. En la escuadra ‘vermelha’ conseguiría, entre otras cosas, marcar en el primer minuto y dar un par de asistencias en su debut o imponerse al Barcelona de los Deco, Ronaldinho, Eto’o y compañía en la final del Mundial de Clubes que se celebró en Japón en diciembre de ese mismo año. Fue, precisamente, en ese torneo, cuando Pato desbancaría a Pelé como el jugador más joven de la historia en anotar en una competición organizada por la FIFA, récord que acabaría por catapultarle a la fama y desencadenar su fichaje por un Milan que en agosto de 2007 todavía no había dejado de ser uno de los mejores equipos del mundo.

A su llegada a Italia tuvo que esperar varios meses para cumplir la mayoría de edad, condición para que la UEFA autorizara su traspaso, por el que el Milan pagó un total de 24 millones de euros. La inversión, sin embargo, quedaría prácticamente amortizada desde el momento en que el futbolista se puso los tacos en enero de 2008. Pato, de hecho, lograría acabar la temporada como titular y nueve goles en 20 encuentros. Cifras y actuaciones que no dejaron de mejorar en sus sucesivas campañas como ‘rossonero’. Especialmente recordado es su tanto en el choque de Champions League del 13 de septiembre de 2011 frente al Barcelona, en el que 23 segundos después del pitido inicial se hizo con el balón en el centro del campo, se coló como una exhalación entre Keita, Busquets y Mascherano, se plantó ante Víctor Valdés y empujó el esférico por debajo de sus piernas. Quizá el ejemplo de verticalidad, potencia, velocidad y definición que mejor le define y una de tantas razones por las que Real Madrid, Chelsea, PSG o el propio Barça llamaran a la puerta del Milan para hacerse con los servicios del brasileño. Circula el rumor, de hecho, de que Barbara Berlusconi, la hija del máximo mandatario del club, por la que Pato puso fin a su matrimonio con Stephany Brito —actriz brasileña con la que se casó en 2009— montó en cólera el día en que se enteró que su padre se estaba planteando atender la petición de Carlo Ancelotti y facturar a su novio a París a cambio de 50 millones de euros.

Pero justamente cuando se encontraba en la cima de su carrera, la desgracia se cernió nuevamente sobre Pato. Esta vez no fue un tumor, sino una serie de lesiones musculares que el jugador enlazó a partir de 2010 por culpa de las cuales no ha conseguido levantar cabeza. Massimiliano Allegri, paciente y comprensivo con su estrella como ningún otro entrenador, llegó a confesar que ni él ni los médicos del club le hallaban un explicación lógica a que un jugador tan joven se rompiera con tantísima frecuencia. Y es que la estadística resultaba demoledora: a lo largo de sus dos últimas campañas en la capital lombarda, el delantero visitaba la enfermería una vez cada dos meses y medio, lo que suponía más de seis lesiones por temporada. Un coste difícil de asumir a largo plazo para un jugador de su ficha. Así las cosas, el Milan acabaría vendiéndoselo al Corinthians en el mercado invernal de 2013 por una cantidad casi diez millones por debajo de lo que les costó en su día.

Comienza entonces una un etapa marcada por constantes amagos de reaparición que le han conducido con mucha pena y ninguna gloria por São Paulo, Chelsea y Villarreal, la localidad a orillas del Mediterráneo en la que recala todavía joven – este próximo septiembre cumplirá 27 años – y con la intención de resucitar como futbolista, volver al escaparate internacional y seguir coleccionando las camisetas con las que suele recompensar a Mussi cada vez que vuelve a Pato Branco, en agradecimiento por permitirle cumplir su sueño de convertirse en futbolista, que tan rápido se hizo realidad, tan breve se le pasó y tanta amargura le ha generado en los compases más recientes de su fulgurante carrera.

29/07/2016

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