Hector

hector-alemaniaSERGIO DE LA CRUZ | Once metros definen los sueños de millones y millones de niños a lo largo de todo el mundo. Son los que separan el punto de penalti de una línea que, en caso de que el balón la traspase, otorga al lanzador la gloria infinita. Bien lo sabe Jonas Hector, un tipo normal que a lo largo de su vida se ha permitido un único capricho: tener fe en sí mismo. Una inversión que le ha dado réditos a los 26 años. Nunca es tarde si la dicha es buena.

Hace tan solo cinco años el joven Jonas habría desechado en el acto la idea de convertirse en el salvador de Alemania en una Eurocopa. Él, más cercano de la vecina Francia en su Saarbrücken natal que de la capitalina Berlín, era feliz en su Auersmacher de la quinta división alemana. Juguetón como siempre, el esférico le colocó ante la tesitura de lanzar el penalti que podía dar el pase a semifinales ante el diablo personificado de los alemanes en el deporte rey: Italia. Tras él, una tanda espantosa, de tragicomedia. Müller, Özil y Schweinsteiger fallaron ante la presión, pero Hector disparó con la seguridad del que confía en sus posibilidades. No descarten que esa misma confianza fuera la que ralentizara la caída de Buffon y abriera las puertas del cielo a un futbolista del que muchos no tenían apenas conocimiento. Algunos incluso dudaban de si el binomio ‘Jonas Hector’ era un nombre compuesto.

En el torneo de las excentricidades, por una vez se impuso la normalidad, aunque en este caso elevada a la enésima potencia. A pesar de que su propia carrera trata de compensar con una progresión inaudita —debutó en la Mannschaft con 10 partidos de Bundesliga en la mochila y ya es el que más minutos acumula en el último año y medio apoderándose del lateral izquierdo—, bajo la apariencia de actor de telefilme vespertino se esconde un futbolista sin redes sociales, sin algarabías ni aires de grandeza. Estudia Empresariales cuando el deporte le deja y no se aleja de sus amigos de Auersmacher, que le apoyan domingo sí, domingo no cuando el Colonia al que capitanea juega de local.

Con un recién adquirido halo de superhéroe y presencia de persona a la que encontrarse en la cola de la panadería, su organismo estuvo a punto de jugarle una mala pasada por algo tan corriente como un catarro. Tres días antes del penalti que ya ha cambiado su vida para siempre, no pudo ni entrenar por culpa de una infección en las vías respiratorias, pero llegó a tiempo para lanzar la pena máxima “con el corazón en la mano”. Presto para certificar la victoria de un tipo normal. La siguiente parada es la anfitriona Francia.

07/07/2016

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