Quaresma

quaresma_portugal_2SERGIO MENÉNDEZ | Suya fue la responsabilidad de sellar la clasificación de Portugal para las semifinales de esta Eurocopa. Consciente del riesgo que entrañaba la posibilidad de que un error por parte de los lanzadores de los cuatro penaltis anteriores, unida a la probabilidad de que los futbolistas polacos ejecutaran los suyos con un acierto total, le arrebatara a Cristiano Ronaldo el derecho a tirar una quinta y teóricamente decisiva pena máxima que nunca está garantizada, Fernando Santos optó por ir a lo seguro y dejar que su estrella fuera el primero en lanzar y encarrilar la tanda. No fuera a ser que ocurriera como en la semifinal contra España de 2012, donde se reservó para el final pero los errores de Moutinho y Bruno Alves echaron a Portugal antes de que le llegara el turno.

A diferencia de lo sucedido en el encuentro frente a Austria de la fase de grupos, Cristiano anotó su disparo desde los once metros. Y como él hicieron, por este orden, Lewandowski, Renato Sanches, Milik, Moutinho, Glik y Nani. Hasta que le tocó a Błaszczykowski, cuyo lanzamiento fue interceptado por la manopla izquierda de Rui Patrício. La presión se instaló desde ese preciso instante sobre los hombros de Ricardo Quaresma, que se dirigió al punto fatídico con andares parsimoniosos y gesto inalterable. Porque si estás de vuelta de todo, como es su caso, se tiene que notar en tu actitud. El lisboeta agarró entonces el balón, lo posó en la cal, tomó carrerilla y disparó tras una breve ‘paradinha’, casi inapreciable. Y gol.

Quaresma lo había conseguido de nuevo. Ya había salvado a Portugal en el encuentro de octavos de final ante Croacia con un cabezazo a tres minutos del final de la prórroga que sentenciaba el choque más aburrido de lo que llevamos de torneo. Y, por segunda vez en menos de una semana, volvía a aparecer para anotar el gol que devolvía a su país a la antesala de una final europea. Y casi que mejor para Fabiański. Porque quien sabe de lo que habría sido capaz este zíngaro de 32 años con pinta de presidiario si al portero polaco se le llega a ocurrir detener el balón y dar al traste con su última oportunidad de levantar un gran título.

Poco o nada queda de aquel jovencito de pelo engominado y piernas desbocadas que llegó al Barcelona en 2003 procedente del Sporting de Portugal, su club de la infancia. A diferencia de Ronaldo, amigo y antiguo compañero de vestuario en Lisboa, el bueno de Quaresma nunca ha gozado de una carrera futbolística demasiado plácida. Mientras el actual buque insignia del Real Madrid no tardaría en echar raíces en Manchester y convertirse en una estrella, Quaresma volvió a su país de origen para fichar por el Porto y emprender desde allí una travesía por diferentes países y equipos en los que las luces y las sombras se alternaban sin distinción. A saber: Inter, Chelsea, Beşiktaş y Al-Ahli.

Sendero tortuoso, por tanto, el de un Ricardo Quaresma que a lo largo de ese tiempo fue endureciendo su imagen. Donde un día reinaron las rabonas y los bicicletas ahora solamente hay tatuajes, perforaciones, cortes de pelo de cantante de ‘reggaeton’ y una certeza que viene persiguiendo a Portugal en sus últimas participaciones en torneos internacionales: ahora o nunca.

02/07/2016

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