Pellè

GrazianoPellèMARIO BECEDAS | La cosa empezaba encendiendo el aparato de radio y viajando a la Italia de posguerra para oír las combinaciones entre Florenzi, De Rossi y Parolo: todo un trío de amigos de película de Vittorio De Sica. Daban ganas de comprarse una Vespa, pero en la retransmisión sólo se escuchaba cómo todo pasaba por Pellè con la ayuda de Éder. España podía estar siendo asaeteada por un Brasil entre el medio siglo y los 80, pero lo estaba siendo por un Stallone meridional nacido en Lecce, de barba recortada, tupé engomado de Rock Hudson y moreno tez de aceite de oliva que nos hace pensar en un Güiza pasado por los potingues de ‘giorgio’ y por la Galería Víctor Manuel II.

Pellè probó el baile de niño haciendo pareja con su hermana y teniendo que usar unas alzas para contentar a su madre. Llegaron a ganar un concurso nacional, como recuerda Jaime Rodríguez, pero, para alegría de su padre —juguete roto del fútbol italiano de fondos—, el vástago Graziano le dio a la pelota. Pronto pujó en las inferiores de la ‘Nazionale’ y van Gaal —¿podría ser otro?— se lo llevó para su renacer personal en el AZ Alkmaar. Muy bien no le fue a Pellè, que no se adaptó a los Países Bajos —quizá era muy alto— y recaló de saldo en el Parma. En el verano de 2012 se fue a Ibiza de vacaciones para ver cómo el club le largaba por teléfono, pero allí coincidió con el hijo de Koeman. Un buen contacto te puede dejar fichado por el Feyenoord cuando tu padre ya te veía de carpintero o ayudándole con la furgoneta a promocionar café, torrefacta historia filtrada por Eleonora Giovio, quien ya ha encontrado a su Paolo Rossi. Bañando a los rivales en la bañera de De Kuip, Pellè creció y se hizo ídolo cortando al periodista que hiciera falta: todos eran del Ajax. También ayudó la modelo húngara con la que entabló relaciones y la cual hincha e ‘instagramea’ a un muñeco hinchable a modo de novio mientras el de verdad  está jugando.

Suficiente para un Conte que se cansó de todo y empezó a confiar en él para la punta de la Selección. Cuando los 31 le pillaban en Southampton siguiendo a su querido Koeman, Pellè sabía que era esta Eurocopa o nunca. En unas semanas ha demostrado ser el faro de Italia, la taquilla por la que pasa cada ataque de su equipo. La boya de balonmano que glosan los dos cronistas antes citados. Ante Bélgica se dio la pechada de 11’5 kilómetros y metió una volea de aquellas de España ’82. Fútbol de antes para un ahora que pasó por hacer lo que quiso contra Suecia y para volverlo a hacer ayer contra la doliente España de Del Bosque. Pisó, controló, esperó, galopó, trenzó, abrió, diversificó y la aguantó. El campo fue su espalda y el metrónomo estuvo arriba mientras todos tuvimos los ojos en azul. Cuando el partido moría, en un rechace fatal para De Gea, Pellè la empaló para romper la red. Estaba solo, parecía fácil, pero había que fijarse en la forma de poner el cuerpo al disparar. Con ver la secuencia dos veces, ni haría falta leer este artículo. El sábado, contra Alemania, el viaje será a 1970.

28/06/2016

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