Wilmots

marc_wilmotsSERGIO MENÉNDEZ | ‘El jabalí guerrero’. Así dio en llamar la afición del Schalke 04 a Marc Wilmots durante las seis temporadas que el belga se pasó como futbolista en Gelsenkirchen. Un apodo que se forjó a la luz de su gesto habitual, serio y duro, su mirada, fría y altiva, y su fuerte personalidad. Así fue, al menos, en lo concerniente a ‘guerrero’. Lo de ‘jabalí’ se debía, más bien, a lo estrictamente futbolístico.

Wilmots, efectivamente, pasa por ser uno de los mejores futbolistas que su país ha dado a lo largo de la historia. Un título que el actual seleccionador de Bélgica no se ganó, precisamente, a fuerza de técnica, elegancia, calidad y sofisticación. De ser así, probablemente, sus propios hinchas no le habrían identificado como un ‘cerdo salvaje’, por mucho cariño y confianza que se tuvieran las dos partes. En este sentido, la fauna ofrece un sinfín de alternativas más gratas que el jabalí. Ahí están, por ejemplo, los corceles indomables, prueba de que el carácter no está reñido con la plasticidad. La cuestión es que Wilmots, por así decirlo, nunca fue un virtuoso del balón. Siempre se le dio mejor atacarlo, patearlo o interceptarlo que dominarlo.

Si bien tampoco se le podría calificar de ‘tuercebotas’, nunca se caracterizó por su delicadeza hacia el esférico, lo cual no le evitó ser convocado para jugar cuatro Mundiales (1990, 1994, 1998 y 2002), disputar la Eurocopa que su país organizó junto a los Países Bajos en 2000 o anotar la pena máxima que otorgó al Schalke 04 la UEFA de la temporada 1996/97. Su llegada al club alemán se produjo tras su paso por el Mechelen, con el que conquistó una Supercopa de Europa en 1988 y se proclamó campeón de liga en 1989; y Standard de Lieja, con el que levantó una Copa de Bélgica en 1993. Fue, sin embargó, en el club minero donde transcurrieron los mejores años de Wilmots como jugador, en los que llegó a convertirse en un ídolo de la hinchada. Allí se bregó a lo largo de cuatro temporadas en las que también se adjudicó una DFB Pokal en 2002, tras las cuales se marchó durante un año al Girondins de Burdeos para reemprender luego el camino de vuelta a Gelsenkirchen, en donde permanecería hasta su retirada en 2003, tras una temporada algo frustrante en la que el propio Wilmots pasó de capitán a entrenador del equipo de la noche a la mañana, en lo que constituyó una solución de urgencia a la destitución de Frank Neubarth a falta de ocho partidos para la conclusión de la Bundesliga.

Wilmots forjó su carrera a base de voluntad, tesón, esfuerzo y trabajo duro. Su caso es el de un muchacho sin grandes atributos al que para sobresalir no le quedó más remedio que explotar su oficio y aguerrida forma de ser y desarrollar un fútbol resolutivo, donde la efectividad primaba frente a la estética, que le permitiera erigirse en el jefe de centro del campo y un fijo en las alineaciones de los diferentes equipos en los que jugó. He ahí la metodología que condujo al humilde hijo de un granjero a la élite del deporte. Esa historia de superación personal, de hecho, le sirvió en su día para inspirar a los miles de electores que le confiaron su voto cuando optó por colgar las botas y meterse a político. Incluso fue elegido senador de su país como representante del Movimiento Reformador, una formación resultante de la fusión de diferentes partidos de corte liberal pertenecientes a las zonas francófonas de Bélgica.

Un par de años duró en total la carrera política de Wilmots, que en 2005 protagonizó su vuelta a los terrenos de juego como entrenador —ahora sí— de pleno derecho. Una transición escaño-banquillo que en primera instancia le hizo recalar en 2004 en el Sint-Truden, el club flamenco en el que se formó como jugador, que le despidió a los ocho meses. Esta efímera y decepcionante incursión en la zona técnica le obligó a tomar distancia con el mundo del fútbol, al que retornaría en 2009 como asistente de la entonces pareja de seleccionadores belgas, Dick Advocaat y Georges Leekens. Las salidas del primero en 2010 y del segundo en 2012 precipitaron su nombramiento como preparador de los ‘Los Diablos Rojos’, a los que lograría clasificar para Brasil 2014 después de 12 años sin pisar un Mundial, cita en la que completaron un papel más que digno tras alcanzar los cuartos de final y ser eliminados a manos de Messi y compañía.

Desde ese día han pasado ya otros dos años que han permitido a Wilmots configurar un bloque repleto de juventud, talento y experiencia en las mejores ligas con los Courtois, Witsel, Hazard, Lukaku, o De Bryune como cabezas de cartel; y Vertonghen, NainggolanCarrasco, Alderweireld o Denayer de secundarios de lujo que aterrizó en la presente edición de la Eurocopa como segunda en el ranking FIFA por detrás de Argentina y, consecuentemente, una de las grandes favoritas al título. Ya clasificados para octavos de final, tienen por delante la oportunidad de demostrar al continente que la derrota en su estreno frente a Italia fue un espejismo y, definitivamente, se encuentran en condiciones de dar ese golpe sobre la mesa del que tantísimo de viene hablando los últimos años. Parece, además, que la suerte les sonríe, pues han ido a caer en el lado teóricamente fácil del cuadro. Gales, Croacia o Portugal son, en principio, los únicos combinados que se antojan un impedimento real a la hora de que Bélgica se plante el próximo 10 de julio en la final de París y Marc Wilmots reproduzca la hazaña que protagonizó en el Schalke 04. Hazaña que se traduciría en una doble satisfacción: la de convertirse en un héroe que en esta ocasión adquiriría escala nacional y la de alcanzar esa meta que tantas personas han perseguido sin éxito a lo largo de la historia de ejercer de profeta en tierra propia.

24/06/2016

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