Payet

DimitriPayetSHARK GUTIÉRREZ | Alguien, en una isla perdida en medio de ninguna parte, se pensó si el fútbol era lo suficientemente importante como para dejar esa pequeña porción de tierra bañada por todo un océano. En un departamento de la pequeña —pero muy poblada— isla de Reunión, Dimitri Payet estuvo dos años pensándose muy seriamente si el fútbol era lo suyo. No se supo muy bien si era por esa ‘saudade’ brasileña —y gallega— que acompaña a toda persona que deja su tierra para buscar algo mejor o si la verdadera razón era que quería dedicarse al cultivo de la caña de azúcar, tan característico en el recóndito y más alejado lugar perteneciente a la Unión Europea.

Poco se imaginaba Dimitri —curioso nombre para ser francés— lo que estaba por llegar cuando los ojeadores del Le Havre, una de las mejores canteras de Francia, se lo llevaron al noroeste galo. Allí, cerca del mar, los técnicos del equipo francés pensaron que sería un buen entorno para el crecimiento del futbolista, pues al fin y al cabo era una puerta oceánica para alguien que iba a ser tan profundo en su juego como Payet. Su crecimiento en el país de la libertad, la igualdad y la fraternidad fue como el florecer de un jardín avisando de la primavera: paulatino, fresco y renovador para una Ligue 1 que comenzaba a ser maniatada por el equipo de la capital. Después de ese ‘impasse’ de dudas, idas y venidas a Reunión, Dimitri hizo carrera en la Ligue 1. Nantes, Saint-Étienne, Lille y OM antes de cambiar el confort costero por la gris y cosmopolita Londres a cambio de 15 millones de euros.

En el último año de Upton Park las pompas de jabón explotaban a cada cambio de ritmo, cada zarpazo en forma de falta, de chuts de media distancia, de gestionar la jugada, de asociarse con sus compañeros provocando que éstos también le busquen a él. Ejecutando balón parado, partiendo desde la banda izquierda para pegarle con la derecha, arrancando desde la derecha para pegarle con la zurda —como hizo el viernes— y no perder un ápice de talento ni decaer en su rendimiento o finura.

Ante Rumanía, Payet fue el superhéroe de una Francia multicultural en lo futbolístico, pero dividida en lo social. Sin Benzema, Gameiro o Valbuena, pero con Coman, Martial y Pogba, Dimitri legitimó la mediocridad de la dirección de campo de Deschamps, que ha realizado una gestión salomónica en su elección final pero no ha dado con la tecla identificativa de una nación partida a la mitad: dañada, dolida y con heridas por sanar. Payet fue el elemento de consenso entre el centro del campo y la delantera, el nexo unánime que Francia necesita para cacarear como nadie en el zoo europeo, en su propio corral y ante millones de personas que creen en ellos. Demasiado importante para que el jugador no llorara al final del partido; demasiado poco de Francia para la cantidad de nombres y motivos de peso que tiene para ilusionarse. El viernes, ante Rumanía, Payet se sintió como en la Saint-Denis de Reunión, como si la pelota fuera la caña de azúcar y su pueblo necesitara de ella para subsistir, tal y como hacen los superhéroes cuando son conscientes de que una nación debe ser salvada de la mediocridad y oscuridad del resultado merecido ante una débil pero voluntariosa Rumanía. Porque es entonces cuando, los que están destinados a arriesgarse para salvar al prójimo de las llamas no se esconden y llaman a la puerta para golpear con la pierna teóricamente mala. Un golazo que recordará para siempre.

12/06/2016

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