Alaba

alabaSERGIO MENÉNDEZ | A buen seguro que quien no conozca a David Alaba reaccionaría con sorpresa tras mostrarle una foto suya y revelarle que se trata de un ciudadano con pasaporte de Austria. Ante cualquier petición de describir físicamente a un austriaco al uso, a la mayoría nos vendría a la cabeza la imagen del típico centroeuropeo fuerte, alto, rubio, tez pálida, facciones marcadas y trajecito de tirantes tirolés. Y aunque es improbable que pensaran en un muchacho de piel negra, pelo y rizado y cara de niño cuyo primer apellido, Olatukunbo, recuerda más al sonido de un tambor africano que al de cualquier orquesta sinfónica, lo cierto es que Alaba es más de Viena que la Filarmónica, el vals, Strauss o el Palacio de Schönbrunn.

La historia de Alaba es la de un futbolista extraordinario. No tanto por su imagen, sino porque estamos ante un jugador dotado con unas condiciones especiales. A saber: precisión y seguridad en el pase, visión de juego, desborde, técnica depurada, anticipación, velocidad y un fortísimo golpeo de balón. Cualidades que permiten alinearle como lateral izquierdo o mediocentro de garantías y le convierten en la batuta de una selección que aspira a convertirse en la gran revelación de la próxima Eurocopa. No en vano, era el ojito derecho de Guardiola en el Bayern de Múnich. Dicen, de hecho, que el actual técnico del Manchester City sigue tratando de convencerle para sumarse a su nuevo proyecto lejos de la capital bávara, a la que llegó en 2008 a petición de Louis van Gaal procedente del Austria de Viena después de dar la espalda en un par de ocasiones a un club que en su día le despertaba una gran animadversión por la altivez y condescendencia con que se presentaban a jugar los torneos internacionales de canteranos. “Les odiaba porque llegaban con el chandal y los autobuses más bonitos, como si te estuvieran haciendo un favor al dejarte jugar contra ellos”, comentaba antes de unirse a la disciplina de un equipo que hoy define como “una gran familia”.

En lo que a sus raíces se refiere, Alaba es el fruto de una familia de profunda y larga tradición religiosa encabezada por Gina, una enfermera filipina que durante su juventud ganó un concurso de belleza y ahora se dedica a la canción; y George, un DJ y productor musical nigeriano que alcanzó gran popularidad en Austria a lo largo de los años 90. Pese a ello, en ningún momento se planteó ir con la selección de Filipinas y tampoco quiso esperar a una posible llamada de las ‘Súper Águilas‘. La ligazón y su sentiminto de pertenencia a Viena, la ciudad que le vio nacer, le llevaron a asumir la responsabilidad de representar a Austria, combinado que tiene por delante el desafío de mantener su condición de invicto en la fase de clasificación. Fase que, por cierto, completaron con un balance de 22 goles a favor y sólo cinco en contra. De los resultados que cosechen ante Hungría, Portugal e Islandia a lo largo de las próximas dos semanas dependerá que superen la ronda previa, con lo que ya habrían mejorado el papel de 2008 en la que constituía su primera participación del país en una Eurocopa. Para cumplir con esta misión, Marcel Koller ha orquestado en torno a David Alaba una sinfonía de talento con Martin Harnik —Sttugart—, Marko Arnautović —Stoke, Marc Janko —Basilea o Christian Fuchs Leicester— como secundarios de lujo que llega a Francia muy entonada.

09/06/2016

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