Sobredosis de potasio

DanielAlvesJULIÁN CARPINTERO | “Tengo un sueño. Que un día todo valle será alzado y toda colina y montaña será bajada, los lugares escarpados se harán llanos y los tortuosos se enderezarán y la Gloria del Señor se mostrará y toda la carne juntamente la verá”. Cuando desde todos los rincones del planeta aún aplaudían el vibrante espectáculo que los dos colosos mundiales habían ofrecido en la ida de las semifinales de Copa del Rey que el Bernabéu había tenido el lujo de acoger, el siempre perspicaz Daniel Alves cambió sus estrafalarios pantalones de lunares y gafas ‘hipsters’ por una metafórica toga más propia de un predicador para, con resignación, espetar que el racismo en los campos de España era una guerra perdida.

Y es que, de acuerdo, la sala de prensa del Camp Nou tiene bastante menos carga simbólica que el Monumento de Washington dedicado a Lincoln, pero sólo el espacio físico-temporal y la ausencia de un bigote de lo más sesentero le separaban en aquel momento del malogrado Martin Luther King. Los ideales se mantenían intactos, pues las convicciones del líder de los derechos civiles y las del bravo lateral brasileño eran igual de férreas. Él sólo quiere ser feliz jugando al fútbol. Con sus carreras, sus regates, sus bailes. No le importa que le piten, por una oreja le entra y por la otra le sale. Pero lo que el inconformista carrilero no está dispuesto a tolerar es que el irreverente populacho que acude a los campos le obsequie con un coro de gruñidos simiescos cada vez que toca el balón o cae —fortuitamente— al césped.

Sin embargo, el ‘2’ del Barcelona puede darse con un canto en los dientes en base a que únicamente sea la hinchada rival quien la tome con el color de su piel cuando intenta alcanzar la línea de fondo. Hasta hace no mucho los seguidores más radicales del Zenit tenían vetada la llegada de jugadores negros que ‘ensuciaran’ la impoluta casaca blanca del club de San Petersburgo, mientras que a Kameni un sector de la grada del extinto Montjüic le hizo saber, altavoz en mano, que era basura.

No obstante, quizá el episodio más flagrante y que más entristecería al idealista Alves sería el que aconteció en la últimamente extra sensibilizada, racialmente hablando, Inglaterra. El 15 de agosto de 1987, en el también derruido campo de Highbury, Arsenal y Liverpool alzaban el telón de una Liga inglesa que todavía no se paraba a pensar en lo glamuroso que sería llamarse Premier League.

Aquel día, Alan Smith debutaba con los ‘gunners’ mientras que Peter Beardsley lo hacía del lado ‘red’ junto a un extremo que Kenny Dalglish había fichado desde el Watford tras volver loca a la Argentina de Maradona el día de la mano de D10S. El chico, de 24 años, se llamaba John Barnes, había nacido en Jamaica y, consecuentemente, tenía la tez oscura, algo que a los ‘supporters’ más puristas del Liverpool les disgustó tan profundamente que, desde el Fondo del Reloj del santuario del norte de Londres, comenzaron a arrojar una lluvia de plátanos durante el calentamiento al desconcertado atacante. Tras este inicio, cuando menos, complicado, Barnes permaneció una década en Anfield y aún hoy es considerado uno de los mejores futbolistas que han honrado a la institución de la margen izquierda del Mersey.

Sí. Dani Alves tiene un sueño. ¿Qué importan el dinero o los títulos? Él, como Martin Luther King, sabe que “todos los hombres han sido creados iguales y no aspiro a otra cosa que mis hijos puedan vivir en un país donde no sean juzgados por el color de su piel sino por su reputación”. Sólo queda esperar que las vidas de estos dos defensores del abolicionismo no terminen de la misma, y trágica, manera y su ensoñación cristalice en un fútbol sin plátanos ni Djangos.

Artículo escrito para Revista Minuto 116 el 12 de abril de 2013.

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