Sector 310

SimeoneSERGIO DE LA CRUZ | Horas antes de la final de la Champions dos autobuses de seguidores de Real Madrid y Atlético coincidían en una estación de servicio cerca del paso fronterizo de La Junquera. Los autocares, dispuestos uno frente a otro, albergaban a hinchas que se miraban a través del cristal. Con desconfianza, con el ceño fruncido. Una metáfora perfecta de lo que representaba el encuentro en San Siro: un choque entre dos equipos que no querían verse ni en pintura. No por la rivalidad ancestral, o al menos no sólo por eso, sino porque el perdedor saldría especialmente malherido, víctima de un veneno ajeno al del marcador porque no existe dolor comparable al que te inflige aquel que te conoce más que a nadie en el mundo.

Milán recibió a los protagonistas con un tiempo propio de Madrid en julio, cerveza caliente y agua con gas. Les despidió con una noche propia de Madrid en julio, hastío de cerveza caliente y agua con gas, y gloria, mucha gloria. La del Real Madrid ganando la undécima Champions y forjando una leyenda en una competición que mancha sábanas en las camas de medio planeta. La del Atlético, tatuándose en la piel la belleza de la derrota, máxime cuando ésta llega sólo después de dar hasta el último aliento. Que te ganen, que nunca pierdas.

La bienvenida de San Siro fue otra, más impactante e imperial. La subida por cualquiera de sus torres es un camino que aleja al espectador de la realidad y le eleva a los altares del fútbol. En su butaca, el espectador se siente testigo de algo inolvidable. Nada importa, salvo el rectángulo de juego. El verde conquista, invade todos los sentidos. Desde su grada se aprecia como en poquísimos lugares la grandeza de un deporte que tiene mucho de vida, quizá demasiado. El Real Madrid tuvo la suerte de saborear de nuevo las a menudo huidizas mieles del éxito. El Atlético sí pudo, al menos, concederse un capricho nada desdeñable: ser capaz de mirarse al espejo sin reproches. Ninguno de los dos reparó en el adiós al estadio, seguramente porque está demasiado grabado en sus almas como para desprenderse de él.

El fútbol tiene mucho de vida, quizá demasiado. Así lo entendió la chica de Estados Unidos que cruzó medio mundo para ver a su Real Madrid y se dejó las cuerdas vocales con el gol de Sergio Ramos. Así lo entendió el hincha del Atlético que se desplomó cuando Griezmann falló el penalti. Así lo entendió el seguidor blanco que viajó más de 42 horas con un autocar repleto de rivales y que sólo lo confesó con el Vicente Calderón de telón de fondo. Así lo entendió el chaval al que la derrota de su Atlético le hizo llorar por primera vez con el fútbol en sus 27 años de vida. Así lo entendió la persona, desconocida hasta entonces, que se preocupó en consolarle con un abrazo mucho más útil de lo que él mismo se pensaría que sería.

Horas después de la final de la Champions, dos autobuses de seguidores de Real Madrid y Atlético coincidían en una estación de servicio cerca de Marsella. Llegaron los blancos más tarde, cantando orgullosos por la rúbrica de otro triunfo en la competición sagrada. Un día más en la oficina de los sueños. Se fueron antes los colchoneros, con los ojos rojos de sueño y lágrimas, sin bajar la mirada. Otra cicatriz, otro resbalón. Pero también la apertura de una nueva oportunidad. Porque el fútbol tiene mucho de vida, quizá demasiado.

31/05/2016

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s