Oblak

OblakFIRMA DE JUANMA TRUEBA | Tal vez les extrañe, pero puestos a señalar al hombre clave de la final yo elijo a Oblak. Paso a explicarlo. Cada futbolista tiene un par con la misión de anular a su contrario. A excepción de los porteros. Desde esa perspectiva, el guardameta disfruta de una independencia envidiable y de un protagonismo indiscutible. En todos los escenarios posibles —fuego aislado, lluvia de morteros o penaltis—, el portero es una pieza esencial.

Una vez ubicado bajo los palos, sólo me quedaba escoger un nombre. Keylor no hubiera sido mala opción: con una actuación estelar se cerraría gloriosamente el círculo de despropósitos que comenzó el pasado verano y que se volverá a abrir en el verano que asoma. Como todo el mundo sabe, el fútbol goza con estas perversiones.

Sin embargo, apuesto por Oblak. Quizá porque le falta relato. Tal vez porque, a diferencia de Keylor, tiene pendiente un calvario. O probablemente porque merece que le miren más. Me cuesta nombrar a un futbolista del Atlético más relevante que él durante esta temporada.

No sé si lo habrán notado, pero cuando hacemos recuento de sus méritos le contamos la mitad de las grandes paradas que hace porque la otra mitad, también magníficas, ni siquiera lo parecen. Oblak detiene balones propulsados hacia la escuadra sin necesidad de saltar. Le basta con estirar los brazos, como si bajara un bote de una alacena. Sobra decir que esa capacidad para conjurar el peligro es muy saludable para el ánimo del equipo, que tiende a imaginar que el asedio no lo es tanto, que les han llegado tres veces cuando en realidad fueron seis.

Oblak colecciona prodigios sin despeinarse y, en este caso, la metáfora se ajusta milimétricamente a la realidad. Llegó como un tímido muchacho con calvicie incipiente y se ha transformado en un cancerbero colosal con pelazo de Cerezo. Entrenar importa, pero el cajón de las seguridades está muchas veces en el espejo.

Fijada la mirada, fijada la melena y reconocido el inmenso talento de Oblak, sólo nos queda comprobar si es cierto el dicho: nada hay que tanto amenace ruina como la felicidad.

28/05/2016

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