Marcelo

JULIÁN CARPINTERO | No es un mediapunta, pero inventa como si lo fuera. Tampoco un extremo, pero no hace otra cosa que desbordar y llegar a la línea de fondo. Ni mucho menos un delantero, pero sabe de sobra lo que es marcar goles decisivos. Como se puede comprobar, resulta difícil definir a Marcelo, puesto que no es nada y lo es todo en un equipo que le necesita como el comer a la hora de atacar y que contiene la respiración para que no le cojan la espalda en una de sus interminables aventuras por la banda. Cosas de genios.

En los partidos del Real Madrid hay una constante que suele repetirse de forma invariable del mismo modo que la primavera sucede al invierno. Cuando Kroos y Modrić no adivinan una carretera para filtrar un pase interior, miran a su izquierda. Cuando Ramos no tiene claro cómo darle salida al ataque blanco, mira a su izquierda. Cuando Cristiano se encuentra atrapado por un dos contra junto a la línea de cal, mira a su izquierda. Porque todos ellos saben que allí van a encontrar la figura de esa melena ‘afro’, un comodín capaz de inventarse un quiebro, una pared o un disparo que dé solución a los sudokus que en cada partido les plantea la defensa rival, más aún cuando se trata de Simeone y su ejército pretoriano. En este sentido, Marcelo es el artificiero con el que Zidane cuenta para sortear unas minas que tienen por nombre Juanfran, Augusto o Giménez. Como ya hiciera en Lisboa para cambiar el rumbo de la final con una receta que no incluía más que verticalidad y chispa.

Porque si algo es Marcelo es imaginación. Una mecha que, una vez encendida, serpentea por aquí y por allá como un petardo: no sabes por dónde te puede explotar. Una década después de su aterrizaje en Chamartín, el brasileño ha incluido en su ADN despreocupado el carácter ganador tan idiosincrásico del Real Madrid y porta con orgullo el brazalete de capitán cuando Sergio Ramos no está o anda despistado. Eso sí, el carioca de la eterna sonrisa deberá andarse con mucho cuidado para no perder la concentración, porque Torres y Griezmann son dos forajidos que, con metros por delante, pueden convertir la cantina blanca en una película de John Ford. Y a Marcelo no le van las del oeste, es más de comedias.

25/05/2016

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