Keylor

keylor_navas_1SERGIO MENÉNDEZ | Dijo un día Sergio Ramos que el Real Madrid es el equipo de Dios. Y del mundo. Lo hizo como respuesta a unas declaraciones de Simeone en las que el técnico rojiblanco proclamaba al Atlético de Madrid como “el equipo del pueblo” y comparaba a sus muchachos con el Nápoles de Maradona. Puyitas al margen, si realmente Dios va vestido de blanco porque es merengue, no cabe ninguna duda de que Keylor Navas es la oveja más fiel a su Altísimo seguidor que hay en el rebaño de Zinedine Zidane.

Navas constituye, en esencia, la encarnación del llamado ‘milagro español’. Una inspiración para todas aquellas personas que todavía albergan dudas de la posibilidad de prosperar cuando se viene de una familia y un país humildes. Él lo consiguió, curiosamente, a partir de una fórmula repetida hasta la saciedad por el ‘Cholo’: creer y trabajar. En el caso de Keylor, resulta del todo imposible descifrar qué proporción ha destinado de cada ingrediente a su receta del éxito. Porque a su inamovible fe en Dios se suma una escrupulosa e incansable disciplina de entrenamientos que en su día le permitieron dar el salto desde su Costa Rica natal y aterrizar en Europa, pasar del Albacete al Levante, y obrar entonces la maravilla de fichar por el Real Madrid y alcanzar su particular tierra prometida.

Debió de quedarle algún pecado por redimir al bueno de Keylor antes de estampar su firma en el contrato. Y es que, toda vez en la capital de España, se vio obligado a pasar una temporada de penitencia en el banquillo a la que siguió el desafío de hacer olvidar a Iker Casillas, alias ‘El Santo’; un meta que por el miedo a que el cielo se desplomara sobre su cabeza había decidido refugiarse bajo el travesaño hasta el Apocalipsis; antaño un ídolo que perdió la fe en sí mismo y terminó, como San Sebastián, asaeteado por sus propios feligreses. Seguridad por alto, agilidad, rapidez y valentía a la hora de achicar espacios, reflejos inverosímiles y un uniforme de color sotana se convirtieron en las armas del nuevo huésped de la portería de Padre Damián para fidelizar a la parroquia blanca. Algo incomparable, en cambio, a cumplir el sueño de incorporar a su palmarés una Champions League con el Real Madrid. Ni la mismísima Santa Teresa en pleno éxtasis habría vivido semejantes cotas de gloria divina.

Pueden estar tranquilos, por tanto, los madridistas. Si bien la retaguardia no está siendo precisamente su punto fuerte esta temporada, el equipo cuenta sobre la línea de gol con un cancerbero con alma de predicador que sólo aspira a convertirse en el muro de las lamentaciones de la afición colchonera. Pobre de ellos si, como reza el batiburrillo de eslóganes y frases motivacionales en que se ha perdido de un tiempo a esta parte el Atlético de Madrid, la clave de la victoria en Milán depende de no dejar de creer. En este sentido, tienen la guerra totalmente perdida. Sencillamente, porque Keylor Navas siempre ha creído más fuerte que nadie. Y porque de él tiene que ser el reino de los cielos. Amén.

24/05/2016

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