Hijo del 68

DelBosqueSERGIO MENÉNDEZ | De una u otra forma, 1968 supuso la oportunidad para miles de jóvenes de alzar la voz y desafiar las estructuras políticas, sociales y económicas que entonces gobernaban Europa. Congelado por una Guerra Fría que lo mantenía dividido en dos polos opuestos, los primeros signos de cambio llegaron al viejo continente procedentes del lado soviético, concretamente a cargo de un Alexander Dubček que el 5 de enero pasaba a ocupar la Secretaría del Partido Comunista de Checoslovaquia y se erigía en el principal impulsor de un proceso que buscaba llevar a cabo una progresiva modernización a través de medidas liberalizadoras que dio en llamarse ‘Primavera de Praga’. Sin embargo, los intentos por parte de Dubček de promover las reformas desde el respeto a las máximas del socialismo se concibieron en Moscú como una amenaza a la autoridad de la URSS y un guiño al ideario burgués y la voluntad del pueblo checo, que salió a las calles del país para manifestarse y organizar una tímida resistencia frente a una previsible intervención militar, fue finalmente acallada por las tropas del Pacto de Varsovia el 20 de agosto en un verdadero baño de sangre.

A ese germen o primera piedra que fue la ‘Primavera de Praga’ hay que sumar, naturalmente, el que a la postre se convirtió en el principal exponente del movimiento contestatario de ese año e inspirador de todas las réplicas que tuvieron lugar en el resto del mundo y, sobre todo, la órbita capitalista de Occidente. Y es que las protestas estudiantiles protagonizadas en mayo del 68 en La Sorbona con motivo de la invasión estadounidense de Vietnam situaron a París como núcleo de un movimiento contracultural de izquierdas que a través de las famosas consignas Bajo los adoquines, la playa o “Prohibido prohibir” pretendía combatir cualquier forma de imperialismo y sociedad de consumo y se extendió desde Francia a países de su entorno como la República Federal Alemana, Italia y Reino Unido o al otro lado del charco en México y Estados Unidos. No sólo supo derribar fronteras geográficas, sino también políticas en la medida que incluso España, sumida en pleno Desarrollismo franquista, vivió en el seno de su comunidad universitaria diferentes movilizaciones donde Raimon, Paco Ibáñez y demás representantes de la canción protesta se convirtieron en altavoces de una melodía que el Régimen trato de aplacar a base de porras y ‘La, la, las’.

En ese contexto se produce la irrupción de un joven que, a su manera, decidió dar un golpe sobre la mesa y emprender una revolución de carácter personal que le llevaría a cumplir su sueño futbolístico. Porque fue precisamente en 1968 cuando Vicente del Bosque, después de toda una infancia y adolescencia pateando balones en su ciudad natal, decidió hacer las maletas y poner tierra de por medio con dirección a Madrid. Como si de una personificación de la célebre rana que se oculta en la nebulosa de detalles que decoran la fachada de la Universidad de Salamanca, destilería de juventud y atmósfera estudiantil por antonomasia dentro del territorio nacional, optó por salir del anonimato, hacerse visible a ojos del público y dar el salto desde la vera del Tormes al mar de asfalto capitalino. Allí se presentó sin haber cumplido todavía los 18 años pero firme sobre las ancas y la convicción de hacer del medio campo del Plus Ultra su nueva casa. Dos campañas en el filial merengue y tres más a caballo entre Córdoba y Castellón tuvieron que pasar hasta que a Vicente le llegara la oportunidad de demostrar su valía en las filas del primer equipo del Real Madrid, club en el que permaneció durante once temporadas consecutivas aportando visión de juego, dotes organizativas y salida de balón a la conquista de cinco títulos de Liga y cuatro Copas del Rey, la mitad de ellas todavía propiedad del Generalísimo, y en las que coincidió con leyendas del banquillo merengue de la talla de Miguel Muñoz, Miljan Miljanić, Vujadin Boškov y, en especial, Luis Molowny. Dentro del campo, aparte de servir de relevo generacional a Manuel Velázquez y de compartir vestuario con los Miguel Ángel, Camacho, Benito y Santillana, el charro formó con Pirri una medular para el recuerdo a la que eventualmente se unieron esa versión en clave futbolística de El Fary que es Günter Netzer y Paul Breitner, de quien dicen guardaba ciertas similitudes con Vicente Del Bosque que traspasaban el vello facial.

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Porque al igual que el jugador alemán, que durante su etapa en el Real Madrid consiguió llamar la atención de la prensa por abrazar las enseñanzas de Mao Tse-Tung y el llamado “Libro Rojo” antes que por la supuesta brillantez de su fútbol, Vicente Del Bosque, hijo de un empleado de la industria ferroviaria que permaneció tres años confinado en una prisión de Álava por republicano, forma parte de ese grupo de deportistas que, pese a servir a los intereses de una institución que en la actualidad sigue identificándose con el franquismo de forma equivocada, quiso significarse en la medida que le fue posible a favor de la lucha obrera, ya fuera reconociendo su proximidad al ideario del PSOE o donando balones y camisetas que luego se rifaban en huelgas de trabajo. No obstante, y a pesar de que el propio paso del tiempo, una carrera jalonada de éxitos al frente de la parcela técnica del Real Madrid y la Selección española o el marquesado hayan podido suavizar una postura de la que únicamente queda su bigote de corte estalinista, Vicente del Bosque podría considerarse a efectos políticos un hijo de ese espíritu de 1968 que contribuyó a su humilde manera al sueño de Alexander Dubček y la ‘Primavera de Praga’ de conferir al socialismo un rostro humano.

Artículo escrito para Revista Minuto 116 el 04 de junio de 2014.

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