De fantasía a piñata

GetafeSERGIO DE LA CRUZ | Ilusionarse conlleva de forma inevitable una futura decepción. Se trata de un proceso natural y muy democrático, ya que no discrimina a nadie: incluso los más incrédulos se han dejado atrapar alguna vez bajo las sábanas de los cantos de sirena. Es por eso que, cuando estalla la burbuja, el sentimiento de rechazo surge feroz, como si hubiera estado esperando la oportunidad de salir durante siglos. Traicionados, nos levantamos con tanto odio como complicidad hubo en su momento hacia lo que nos hizo vibrar. “Le he amado demasiado para no odiarle”, escribió Jean Racine —que también experimentó lo mismo con su coetáneo Molière— en una de sus tragedias, y eso mismo ha pasado con el Getafe.

Entre la decepción por el descenso del Rayo Vallecano y la alegría por la permanencia de un heroico Sporting, la caída de los ‘azulones’ a la división de plata ha pasado casi de puntillas, como algo en lo que no hemos querido fijarnos demasiado. El Benito Villamarín despidió a los de Esnáider con gritos y chanzas en su día más amargo en 12 años, certificando lo que era un secreto a voces: en algún momento indeterminado, el ‘Geta’ dejó de ser tan resultón. Nadie se dio cuenta de cómo ocurrió, pero el hechizo desapareció sin poder hacer nada para evitarlo.

Los vaivenes y el desgaste de la presidencia de un cada vez menos carismático Ángel Torres, la frialdad de un Coliseum que enseña demasiadas butacas, los rumores de venta, roces con el Ayuntamiento de la localidad… Todo forma un conglomerado de razones para pensar en el final del encantamiento. El Getafe dejó de ser diferente, se dejó ir. No pudo alargar la épica. El tiempo y los problemas rompieron un hechizo que fue perfecto mientras duró.

Todos nos enamoramos del ‘Geta’, todos quisimos ser Sergio Pachón en Tenerife, todos empujamos para que la última aventura de Craioveanu terminara con éxito en una especie de justicia divina. Todos subimos a Primera. Era 2004, Grecia iba a ganar una Eurocopa y con otro batacazo de España pensamos que la alegría nos la podían dar Vivar Dorado, Belenguer, Mario Cotelo y compañía. Llevábamos razón, y todos nos hicimos un poco ‘azulones’, especialmente en la capital.

El equipo respondió ofreciendo machadas espectaculares: la victoria al Real Madrid en su primer año en la Liga —con un gol de Raúl Albiol, en activo tras un gravísimo accidente de tráfico—, dos finales consecutivas de Copa, una remontada histórica al Barcelona… Y el día más cruel, un 10 de abril de 2008 que a todos nos hizo sentir agraviados por el fútbol. El azar emparejó al Getafe con el Bayern de Múnich en cuartos de final de la Copa de la UEFA y, tras un meritorio 1-1 en el Allianz Arena, los de Laudrup barrieron del campo a los alemanes, aunque fallaron incontables ocasiones. Contra abrió la lata, pero en el 89 Ribéry mandaba la eliminatoria a la prórroga. En tres minutos, el ‘Geta’ se puso 3-1, mas no fue suficiente: en los últimos cinco Luca Toni metió dos goles para eliminar a los ‘azulones’. Y todos nos sentimos atropellados por la mayor injusticia futbolística en muchos años. Todos quisimos dar un abrazo a Abbondanzieri. Todos alzamos el puño al cielo y clamamos venganza. Ésta nunca llegó. Poco a poco, se nos olvidó que el Getafe nos hizo volar. El equipo se fue quedando tan lejos de lo que llegó a ser que la comparación le tumbaba. Muchos hicieron sangre de la situación. Otros se contagiaron más tarde y fueron interiorizando el discurso que habla ahora de una escuadra a caricaturizar.

La vida es imperfección y el Getafe se ha inmolado a modo de recordatorio. Donde ahora hay chistes y miradas de superioridad y desprecio, antes hubo promesas de amor eterno. Ni un descenso ha podido ablandar la piel a un aficionado medio que reniega de un pasado que fue mejor, como casi todos los pasados. Como el 15-M, el ‘Geta’ llenó las plazas, pero no pudo mantener la intensidad porque era imposible. Prometió demasiado y, tras volver a la realidad, se encontró con un rechazo injusto, puesto que su único delito fue ilusionar a propios y extraños con la idea de que el pobre le puede pintar la cara al rico de lunes a domingo. El fin de la llama fue el principio de un proceso imparable que termina con un equipo dejando la Primera por la puerta de atrás. El reto para Ángel Torres, Toni Muñoz y el futuro entrenador es mayúsculo porque trasciende lo deportivo: recuperar —al menos parcialmente— el cariño del mundo del fútbol es casi tan importante como volver a la máxima categoría.

18/05/2016

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