Encaje de bolillos

LuisSuárezJULIÁN CARPINTERO | Adaptarse. El Diccionario de la RAE define este verbo como hacer que un objeto o mecanismo desempeñe funciones distintas de aquellas para las que fue construido”. No es ese el caso de Luis Suárez, a quien el Barça fichó con el cometido principal de hacer tantos y al que, sin embargo, parece habérsele atragantado el arte del gol. No obstante, los inicios raramente suelen ser fáciles para nadie, más si cabe cuando además tienes que compartir coto de caza con un depredador de la talla de Messi, cuyo apetito años atrás extinguió a los Eto’o, Bojan, Ibrahimović, Villa o Alexis. Sin embargo, si en la faz de la Tierra existe un futbolista capaz de soportar el peso del dorsal número ‘9’ blaugrana ese es un ‘Luisito’ que justamente hoy sopla 28 velas.

El pasado miércoles, durante el partido de ida de los cuartos de final de la Copa del Rey que Barça y Atlético de Madrid disputaron en el Camp Nou, Luis Suárez hizo, por primera vez desde que llegó a España, de Luis Suárez. Y no fue precisamente por una genialidad a las que acostumbró a la entregada grada de Anfield. En la segunda mitad, con el choque aún en tablas, el charrúa recibió un balón al hueco y en plena pugna con su compañero de selección y rival boxístico Diego Godín —¿se puede afirmar ya que lleva meses siendo el mejor central del planeta?— simuló una aparatosa caída cuando un par de metros le separaban ya del ‘2’ de los de Simeone. Sus airadas protestas hacia González González, con las que el uruguayo a punto estuvo de convulsionar, contrastaron con el habitual ‘modus operandi’ de los Xavi, Busquets o Piqué a la hora de presionar a los colegiados cuando los partidos se encallan, un método más sutil que implantó Guardiola desde su llegada al banquillo culé y que aboga por la presión grupal y el insistente diálogo. Pero este intrascendente detalle no es sino la punta del iceberg en el que Suárez se mantiene a flote mientras encuentra su sitio en la dinámica de un Barça que, tras un agitado inicio de 2015, parece haber enderezado su rumbo.

Nadie podrá negar que, con un tercio de la temporada vencido, cinco dianas son un bagaje muy pobre para el actual Bota de Oro del continente. Cuando el Barça apostó por Luis Suárez y le convirtió en el fichaje más caro de su historia buscaba, además de goles, el carácter competitivo e indómito que siempre ha caracterizado al ex de Nacional, Groningen, Ajax y Liverpool, un hambre de triunfos que quizá ha sido lo que ha precipitado el derrumbamiento de las almenas que con tanto mimo comenzó a construir Pep en 2008. Pero es que los goles son lo único que le están faltando a Suárez, que después de padecer en silencio la (excesiva) sanción de la FIFA por su célebre mordisco a Chiellini ha sido capaz de recuperar el tono físico y aceptar su papel de escudero de Messi y, en menor medida, de Neymar. El que fuera el solista principal en la ciudad del Mersey e icono de la considerada mejor competición del mundo se ha visto obligado a ordenar sus esquemas conceptuales: antes, de forma instintiva, armaba la pierna para perforar las redes rivales; ahora, levanta la cabeza y busca la mejor opción para el equipo, que puede ser un disparo o una asistencia.

LuisSuárez II

Gran parte de la responsabilidad de las dificultades a la hora de encajar a Suárez en el 4-3-3 del Barça es, como no podía ser de otra manera, de un Luis Enrique que en su vorágine de ideas y esquemas ha variado la posición del uruguayo en numerosas ocasiones. Debutó en el Bernabéu en la banda derecha —desde allí sirvió un gran balón para el tanto de Neymar—, pero también le ha situado en la izquierda a pierna cambiada —su golazo ante el APOEL en Champions llegó desde ese flanco— e incluso en el centro del ataque, con Messi arrancando desde la derecha, para aprovechar su olfato, su movilidad y su inusitada facilidad para la asociación. Pese a todo, estas continuas idas y venidas del técnico asturiano han acabado por ralentizar la comprensión del rol que éste quiere para Suárez, a quien ni Pedro ni Munir ni Sandro representan amenaza alguna en lo que a su titularidad se refiere. En este contexto, no parece que ‘Luisito’ vaya a experimentar la misma suerte que Alexis, el Sísifo de Tocopilla, que, cansado de empujar una piedra que caía continuamente, tuvo que hacer las maletas después de que la grada no terminara de entender todo lo que era capaz de aportar.

Su clamoroso fallo ante Oblak tras un brillante pase de Rakitić en el mencionado partido de Copa provocó su desesperación y la incredulidad de un Camp Nou que reaccionó arropando a un futbolista destinado a marcar una época vestido de azulgrana. Así y todo, es muy probable que sus cifras de cara al gol terminen siendo una mera anécdota a final de temporada, pues todo un estudioso en la materia como Ruud van Nistelrooy ya apuntó su teoría del bote de ketchup, que a veces no sale por mucho que lo intentes y otras llega todo de golpe. Ahora mismo, Suárez en el Barça es como Schwarzenegger en una película de Woody Allen: chirría. Por sus gestos, su estilo y su forma de ser, tan diferente a lo que se habían acostumbrado en Barcelona en los últimos años. Pero por muy diferente que pueda ser de Iniesta y compañía, a buen seguro que en más de una ocasión al bueno de Woody le habría encantado tener a su lado a un Schwarzenegger que le ayudara cuando le rompían las gafas en un callejón de Nueva York.

Artículo escrito para Estadio Leiva el 24 de enero de 2015.

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