Misión cumplida

JuanMerinoJULIÁN CARPINTERO | Fue a principios del mes de enero cuando en las altas esferas del Benito Villamarín se tomó la —siempre dolorosa— decisión de destituir a Pepe Mel. Así las cosas, el hombre que había devuelto al Betis a la Liga BBVA justo después de coger el equipo un año atrás salía de Heliópolis toda vez que los verdiblancos sumaban ocho jornadas consecutivas sin conocer la victoria (las seis últimas sin marcar un solo tanto) y con la sombra de un nuevo descenso sobrevolando el barrio de Triana. Cinco meses después, el Betis afronta la última fecha de la competición con el papel de juez de la misma, pues recibe a un Getafe que depende de sí mismo para continuar en Primera, después de haber certificado su permanencia con varias semanas de margen. Y el mérito no es de otro que de un Juan Merino que con su pragmatismo y su predisposición ha hecho de su capa un sayo para brindar el (pen)último servicio al club de su corazón.

La derrota por 1-0 que el Betis sufrió el 9 de enero en el Coliseum, curiosamente frente al Getafe, fue la gota que colmó el vaso en Heliópolis. El equipo parecía no ser capaz de reaccionar ante una racha negativa que se extendía desde hacía dos meses y la situación tenía visos de tornarse irreversible si no se tomaban medidas a tiempo. Y éstas llegaron, aunque fueron dolorosas. La cabeza de un Mel que incluso había sido silbado en el Villamarín rodó por el despacho de Ángel Haro al tiempo que Juan Merino era nombrado, por segunda vez en apenas un año, técnico de forma interina a la espera de encontrar un sustituto para el histórico goleador bético. Porque a finales de 2014, con el Betis en Segunda, el que fuera zaguero verdiblanco en los años 90 asumió la dirección de la plantilla cuando la Directiva puso fin a la etapa de Julio Velázquez. Los resultados hablaron por sí solos: cuatro victorias en cuatro partidos hasta que Mel cogió el timón del equipo y lo subió a la Liga BBVA. De este modo, como si nada hubiera cambiado, el hasta entonces técnico del filial se remangó la camisa y se puso a trabajar para sacar adelante a un equipo que había encallado en el ecuador de la competición.

No obstante, la tarea no iba a ser fácil. En ese instante, el Betis no sólo era el peor equipo como local de toda la Primera división, sino también el menos goleador. Sin una idea clara de juego, los verdiblancos hacían aguas por todas partes y su único plan era fiarlo todo a la inspiración que en las áreas tuvieran sus dos mejores jugadores: Rubén Castro y Adán. La defensa concedía demasiadas facilidades a los rivales, los centrocampistas no eran capaces de coordinarse en las ayudas ni de conectar con un Rubén que esta temporada no ha contado con la ayuda de su inseparable Jorge Molina y la presión por los malos resultados cortaba las alas a los jugadores más imaginativos, a los que la pierna se les encogía en los momentos decisivos. Los veteranos parecían demasiados viejos y los jóvenes demasiado inexpertos. Y, para colmo de males, los fichajes estivales habían resultado un fiasco, pues tanto van der Vaart como van Wolfswinkel o Digard —por no mencionar a Leandro Damião, incorporado en invierno— habían aportado lo que se esperaba de ellos. Por tanto, Merino heredó una casa en ruinas que hubo de reformar lo más rápido que pudo para evitar que se viniera abajo. Con Adán y Rubén como alfa y omega de su abecedario, el gaditano ideó una defensa de cuatro con Montoya —cedido por el Inter—, Bruno y el argentino Pezzella (sin el lesionado Westermann) como pareja de centrales y Vargas alternando con Molinero; un doble pivote tan limitado como rocoso con el fortísimo N’Diaye y Petros; y una línea de tres en la que aparecían Joaquín, Ceballos y un Musonda que impactó muchísimo en sus primeros encuentros, además de la inestimable aportación del cordobés Cejudo. Y, aunque no ganaría hasta el cuarto partido, las sensaciones sí cambiaron y resultados como el empate ante el Real Madrid reforzaron la moral de una plantilla que, siendo consciente de sus limitaciones, únicamente necesitaba minimizar sus debilidades y potenciar sus fortalezas. Es decir, Merino le dio a su plantilla lo que más falta le hacía: identidad.

Betis

Sin embargo, algo está cambiando en el Betis. El nuevo Director Deportivo bético Miguel Torrecilla, que tan buen trabajo ha hecho en el Celta en los últimos años, se ha movido rápido a la hora de encontrar un entrenador adecuado a lo que quiere para su proyecto en el Villamarín y el miércoles oficializó la contratación del uruguayo Gustavo Poyet para las próximas dos campañas. Un técnico ambicioso, que dice ser admirador de las enseñanzas de entrenadores tan diferentes como Víctor Fernández, Ruud Gullit o Gianluca Vialli, y que en su presentación dejó claro que su objetivo es situar al Betis entre los diez mejores equipos de España. Pero una incógnita, al fin y al cabo, a pesar del currículum con el que llega desde Inglaterra —llegó a clasificar al Sunderland para la final de la FA Cup— por ser ésta su primera experiencia en la Liga. Sea como fuere, mientras el antiguo ídolo del Zaragoza prepara su desembarco en Heliópolis, será Merino quien se siente el domingo en el banquillo del Villamarín para poner el broche a un año inolvidable en el que la única espina que se le puede haber quedado clavada es su derrota ante el Sevilla. Aún no sabe si volverá a entrenar al filial o si aceptará el cargo que le ha ofrecido Torrecilla para estudiar los métodos de trabajo de los grandes equipos de Europa. Pero lo que sí que es seguro es que si el Betis le vuelve a necesitar Merino se remangará la camisa como tantas veces ha hecho.

13/05/2016

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