La boîte del arquero

SalvadorDalíSERGIO MENÉNDEZ | Hordas de turistas con la nariz y los hombros de color gazpacho; el vuelo errático de una polilla bajo la lámpara; bloques de apartamentos salpicados de toallas secándose al calor del mediodía; el picor de ojos por la combinación de cloro y salitre; señoras bregando por hacerse un hueco frente a los puestos de bisutería mientras sus maridos comentan la jugada desde la distancia que ofrece el paseo marítimo, no vaya a ser que el olor a incienso del gerente melenudo se le pegue a las costuras y solape las rociadas de Varon Dandy. Los besos de un amor de verano.

Al igual que sucede con el mercado de fichajes, muchas cosas tocan al fin cuando el calendario pasa la última página del mes de agosto y septiembre irrumpe de nuevo en nuestras vidas. Hacha en ristre, como si de una versión abstracta del personaje interpretado por Jack Nicholson en “El resplandor” se tratara, va convirtiendo en astillas la puerta que nos separa del síndrome posvacacional y asoma por la rendija su gesto de perturbado, pregonando la desapacible irrupción al grito de ‘¡Aquí está Johnny!’, dispuesto a guillotinar los recuerdos de un solsticio que con el cambio de temporada se nos queda siempre pesquero. Ni la apertura del curso balompédico segrega las endorfinas suficientes a quienes la hebilla viene dejando desde hace tiempo una huella tan profunda que no han podido siquiera desplazarse un triste fin de semana a la socorrida villa familiar. En el caso de Madrid, colchoneros o no, los eternos sufridores volverán a pasear melancólicos camino de sus trabajos, ya sin el triste consuelo de una jornada intensiva, las facilidades a la hora de aparcar por el centro o el refugio contra los refritos televisivos que propios y extraños han hallado entre las paredes del Reina Sofía gracias a la retrospectiva sobre la obra del mayor surrealista jamás conocido en la comunidad pictórica. Enigma personificado, sus bigotes son los únicos con el largo suficiente para calibrar el genio de un individuo singular, pintor de barretina y mirada centelleante, talento descomunal. Salvador Dalí abandona el vértice contemporáneo del llamado Triángulo del Arte a principios de septiembre, dejando tras de sí a visitantes, comisariado y negocios de la zona con una sensación general de éxito, pero también cierto regusto a hierba y cal.

Quizá las ganas por la vuelta de la competición hayan tenido que ver con la calificación de determinados comportamientos a lo largo de la muestra desde un lenguaje típicamente deportivo. El hecho es que los mismos redactores de cultura, quién sabe si con envidia sana o de la común, han tildado las hileras de gente formadas por las taquillas del museo más propias de Concha Espina que de Santa Isabel. Imposible que una cola semejante no abra un poco el apetito. Es entonces cuando los míticos bocadillos de calamares de El Brillante han resplandecido con luz y rebozado propios en lo que constituye la recreación de toda una liturgia durante los descansos futboleros.

Dalí

En lo puramente referido al genio de Figueras, cuenta Petón en los pasajes de “El fútbol tiene música” a instancias de Pepín Bello, el centenario intelectual y tendedor de puentes entre Dalí y otros compañeros de la Residencia de Estudiantes como Federico García Lorca o Luis Buñuel, que Salvador acostumbraba de joven a pasar buena parte de su tiempo libre atajando balones. Solían acompañarlo en las pachangas Josep Samitier, Emilio Sagi-Barba y Vincenç Piera, tres amigos que al cabo de unos años terminarían formando parte del primer equipo del Fútbol Club Barcelona. Los paisajes de Cadaqués seguían siendo por entonces la inspiración principal de su obra y la hermana del virtuoso no se había visto desplazada todavía en el puesto de musa por la omnipresente Gala. Pero, igual que le ocurrió a Eduardo Chillida con la escultura, la extravagancia le condujo por derroteros que obligaron a colgar los guantes y reservar las manos para la fundición de relojes. Seguiría defendiendo marcos, pero la vocación de meta corrió la misma suerte que las moscas de su afrodisíaca chaqueta, ahogadas en vasos de Pippermint.

Aunque la leyenda de Salvador Dalí se cimentó finalmente sobre las patas de un caballete, existen motivos que invitan a imaginárselo como un portero colosal. De hecho, ninguna de las manifestaciones artísticas que conocemos le hubiera supuesto dificultad. Tampoco el fútbol, por mucho necio que cuestione su valor estético. No obstante, la capacidad creativa del pintor hubiera obligado a adelantar su demarcación primigenia un par de líneas y situarlo en la medular del campo, la porción de césped que hoy sirve de lienzo a Xavi, por establecer una comparación con algún paisano e ilustre pelotero. La virtud a la hora de encontrar la inspiración allí donde el resto de los mortales no pasa de la nariz y adivinar figuras entre los brochazos sugiere un tirador de pases inverosímiles. Sirva de ejemplo lo sucedido con ‘El Ángelus’ de Jean-François Millet, cuadro varias veces reinterpretado por Dalí fruto de la fascinación. La evidencia mostraba tan solo un matrimonio parando a rezar en mitad de la cosecha hasta que Salvador advirtió la presencia de un tercer elemento bajo los campos de patata. El escáner le dio la razón tras revelar la silueta de un féretro que debía contener el cuerpo sin vida de un hijo. Semejante amplitud de miras pone de manifiesto la talla de un mediocentro que se perdió jugando a las témperas. Ni Banega, el ‘Gran Masturbador’ de potrero y picadito, le hubiera llegado al betún.

Artículo escrito para Revista Minuto 116 el 20 de agosto de 2013.

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