Bale, por fin

GarethBaleJULIÁN CARPINTERO | It’s yours, le susurraba a Lucas Vázquez un Bale con la mirada iluminada después de que el tumulto de jugadores azules regresara a su campo tras celebrar el gol del galés en Anoeta. Tres palabras que sirven para explicar el actual contexto de un futbolista que en las últimas semanas ha tenido que echarse a hombros al equipo más escrutado del planeta refrendando, de una vez por todas, su status de estrella. Y es que la tercera temporada de Bale en Concha Espina ha dibujado unos dientes de sierra muy marcados, con picos espectaculares en septiembre y enero y acusados valles durante el otoño y el final del invierno. Pese a todo, el tramo final de la temporada está coincidiendo con otro repunte condicionado por su buen tono físico y su fortaleza mental para afrontar partidos de la máxima exigencia. En este sentido, si sus sóleos consiguen no desgarrarse, está destinado a ser el líder blanco en el sprint final del año a la espera de la recuperación de Cristiano Ronaldo.

“El debate sobre Bale gira a menudo sobre si lo que hace es fútbol”, escribía Manuel Jabois en El País el día después de que el Real Madrid ganara en Vallecas con dos goles del ’11’. Porque, sí, es evidente que Bale tiene unas condiciones sobrenaturales para el fútbol: es explosivo, supura velocidad, posee una fuerza descomunal y una pierna izquierda que se disfraza de mortero cuando rompe desde la derecha para buscar la diagonal. Sin embargo, el gran ‘debe’ que ha tenido en su balance después de tres años es su dificultad para interpretar el juego en función de las circunstancias. Es decir, en un sinfín de jugadas puntuales Bale no ha sido capaz de elegir la mejor opción para el equipo, especialmente cuando éste necesitaba coger aire y no partirse aún más, un contexto que se acababa traduciendo en una cabalgada estéril por la banda, un autopase que terminaba saliendo por la línea de fondo o un centro con su pierna derecha que no encontraba sino los guantes del portero rival. Acciones, por lo general, tremendamente explosivas que llevaban al extremo los músculos de sus piernas y que solían acabar en su enésima lesión.

En este curso se ha podido ver a Bale por todas y cada una de las zonas del ataque del Real Madrid. Su condición de referente hizo que Benítez le situara en la mediapunta, con James tirado a la derecha, Cristiano a la izquierda y Benzema como ‘9’ de referencia. Desde esta posición firmó un encuentro formidable ante el Betis en la segunda jornada, cuando hizo dos tantos —el segundo de ellos un latigazo desde 30 metros que lamió el poste antes de tocar las redes— y dio una asistencia, aunque enseguida empezaron a verse esas carencias para fabricar fútbol desde una zona más cerebral que física. Así, su lesión en el parón de selecciones le dejó KO durante tres semanas y regresó para enfrentarse al Atlético en el Calderón, donde su actuación fue poco menos que gris. Para entonces, Bale se había perdido los choques ante Granada, Athletic y Málaga, y también estaría ausente contra Celta y Las Palmas. Su vuelta coincidió con la derrota en el Sánchez Pizjuán y el escandaloso 0-4 del Barça en el Bernabéu, el punto de no retorno que dio en la destitución de Benítez. En ese momento del curso, el técnico madrileño había devuelto a Bale a su posición natural, la banda derecha, el lugar desde el que sus números volvían a difuminar las sensaciones que transmitía su juego: cuatro goles y cinco asistencias. Lo que sí resultaba innegable entonces era su personalidad para asumir galones en momentos críticos como la derrota en El Madrigal, un encuentro en el que fue el único de un apático Real Madrid, ni siquiera CR7, al que la pelota no le quemaba —circunstancia que se repetiría en la noche negra de Wolfsburgo—; o su versatilidad a la hora de moverse por cualquier zona del ataque.

GarethBale

No en vano, poco después llegarían sus mejores momentos del año en las victorias contra Rayo (cuatro goles y una asistencia), Real Sociedad (un pase de gol), Valencia (un gol), Deportivo (hat-trick) y Sporting (de nuevo un tanto). Sea como fuere, una nueva recaída muscular impidió que Zidane pudiera contar con él en una fase de la temporada en la que la Liga parecía ser una utopía —pinchazos en el Villamarín y La Rosaleda y derrota ante el Atlético en el Bernabéu— como tampoco en la eliminatoria de octavos frente a la Roma. Una vez más, Bale volvería dos meses después en la goleada 7-1 al Celta para dar lo mejor de sí mismo en el tramo decisivo del año, especialmente en el Camp Nou, el punto de inflexión blanco, cuya presencia hizo que el Barça retrocediera 10 metros y se consumara una remontada que tendría que haber llegado con su gol de cabeza, mal anulado por una falta inexistente. Las exhibiciones contra Rayo y Real Sociedad no han hecho sino constatar su nuevo rol.

Hablar de Gareth Bale es hacerlo, a día de hoy, del mejor cabeceador de Europa. De los 18 goles que ha conseguido, nueve han sido con la testa, muy lejos de los seis que llevan Sandro Wagner y Aytaç Sulu, del Darmstadt alemán. Sin embargo, y aunque éste ya sea su mejor registro goleador desde que llegó al Santiago Bernabéu, su gran asignatura pendiente sigue siendo la Champions League, una competición en la que aún no se ha estrenado y en la que, vestido de blanco, no se le recuerda una gran noche más allá del 2-1 que consiguió en Lisboa, cómo no, de cabeza. Sin Cristiano Ronaldo y Benzema al 100 por cien, las opciones ofensivas de los de Zidane para estar en Milán pasan, como ya ocurriera en la ida, por el amplio repertorio de Bale para percutir a los Otamendi, Kompany y Clichy, ya sea a base de potencia, de explosividad, de asociaciones o de poderío aéreo. De conseguirlo, el debate del que hablaba Jabois desaparecerá y Gareth volverá a ser Gulliver aplastando a los liliputienses. Pero con coleta.

02/05/2016

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