Un cuento alemán

LuisAragonésJULIÁN CARPINTERO | Los brazos extendidos, los puños cerrados, el pantalón de su perenne chándal dando cobijo al ombligo y un grito sordo con el que sus gafas se agarraban a la punta de la nariz a fin de no perder la batalla con la gravedad. Esa es la imagen que toda una generación de jóvenes guardará siempre de Luis Aragonés, que recorría, como si de Pizarro entrando en Perú se tratara, la banda del Estadio Tivoli de Innsbruck ante la incrédula mirada de Lars Lagerback, su colega sueco. De aquella forma tan mundana se liberaba ‘El Sabio’ de la tensión de un partido que ‘La Roja’ de los pianistas que había diseñado ganaba en el último suspiro, un acto que le humanizaba a los ojos de una España que todavía no terminaba de fiarse de la idea que llevaba años cociéndose en su cabeza. Era el 14 de junio de 2008, pero él ya sabía que el cuento iba a acabar bien.

Fue la de Luis una vida dedicada al fútbol, el cual le reportó, más allá de Eurocopas, Ligas o Intercontinentales, el mayor título intangible que existe en el mundo del deporte: el cariño y el respeto de aficionados, compañeros y rivales. Sin embargo, ‘Zapatones’ siempre fue un ganador y, de haber leído estas líneas, a buen seguro que habría gruñido como sólo él sabía que sí, que eso de que te aplaudan está muy bien —y tal—, pero que a él le faltó ganar una Copa de Europa que llegó a palpar con la yema de los dedos. En este sentido, sería un detalle casi grosero volver a recordarle que como Gárate estaba en el suelo no pudo salir a tapar un derechazo que Schwarzenbeck no sería capaz de repetir en tres vidas; que el agotamiento, más mental que físico, apenas si les dejó dar tres pases seguidos en el desempate; y que don Vicente Calderón, frustrado, acabaría acuñando una expresión que el terco y metódico Simeone parece decidido a borrar del diccionario atlético.

No era Luis de ponerse en el centro de la foto cuando ganaba ni de escurrir el bulto cuando dejaba de hacerlo, pero en su mochila se lleva el honor de haber participado en la eliminatoria más épica y emocionante que jamás jugó el Atlético de Madrid en su centenaria historia. El verdor del Metropolitano antes de la umbría de Heysel. El prólogo que acabó siendo más bello que el epílogo. Los caprichos de Goya previos a los fusilamientos de la Moncloa. O, lo que es lo mismo, las semifinales de la Copa de Europa que los del ‘Toto’ Lorenzo le ganaron al Celtic de Glasgow en aquella mágica primavera de 1974.

LuisAragonés

Sólo el Celtic separaba al Atlético de su primera final de Copa de Europa, después de haber eliminado, sucesivamente, a Galatasaray, Dinamo de Bucarest y Estrella Roja. Por aquel entonces, la escuadra católica que entrenaba Jock Stein era uno de los equipos más temidos del continente, pues en 1967 se había convertido en el primer equipo británico en hacerse con la preciada ‘Orejona’ tras ganar en la final al Inter de Helenio Herrera. Sin embargo, los Lisbon Lions —como se les bautizó— fueron incapaces de hacerse con la Copa Intercontinental que les enfrentó a Racing de Avellaneda en una doble final en la que los escoceses se quejaron amargamente del juego duro de los argentinos. Cabe resaltar que fue esa una época en la que al otro lado del Atlántico imperaba un fútbol agresivo impuesto por el Estudiantes de La Plata de Zubeldía con Bilardo a la cabeza. De este modo, y con el recuerdo de aquella derrota aún reciente, la prensa de Escocia se dedicó a calentar el partido poniendo sus escrutadoras miradas en Heredia, Ayala, Ovejero, ‘Panadero’ Díaz y hasta en el propio Juan Carlos Lorenzo, todos ellos con pasaporte argentino.

La ida se jugó en el imponente Celtic Park un Miércoles Santo, un choque en el que un Luis ya veterano tuvo que esperar su oportunidad en el banquillo para dejar paso a Adelardo, Gárate e Irureta. El caso es que las diabluras del habilidoso Jimmy Johnstone acabaron por desquiciar a la zaga atlética, que arañó un empate a cero con ocho jugadores tras las expulsiones de ‘Panadero’ Díaz, Quique y el ‘Ratón’ Ayala, que no podrían jugar la vuelta, al igual que Melo, Ovejero y Alberto, a los que les tocaba cumplir ciclo de tarjetas. 14 días después de haber tenido que salir del feudo del Celtic entre empujones y puñetazos y protegidos por la policía, la afición colchonera, como siempre ha hecho semana tras semana, llevaba a los suyos en volandas a un 2-0 histórico en el que ‘Zapatones’ jugó 87 minutos y al que contribuyó asistiendo magistralmente a Gárate y a Adelardo. Aquello era acariciar el cielo.

A Sepp Maier, el gran portero del Bayern de Múnich y de la RFA durante la década de los 70, sólo Panenka y Luis consiguieron hacerle segregar unos niveles de bilis superiores a lo que solía acostumbrar. La virtud del checoslovaco fue engañarle; el mérito de Luis, que su falta combada acabara en el fondo de las redes a pesar de que Maier sabía que su escuadra derecha peligraba. Eran unos años en los que el fútbol era un deporte en el que jugaban 11 contra 11 y siempre ganaban los alemanes. No en vano, el 30 de junio de 2008 Luis reescribió el final del cuento, de su cuento, y los alemanes dejaron de ganar para que él pudiera ser inmortal.

Artículo escrito para Inter Sport Magazine el 05 de febrero de 2014.

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