El plan

AtléticoFIRMA DE IMANOL ECHEGARAY | Todo se torcía. Eso parecía indicar la expulsión de Fernando Torres con una hora por delante en el Camp Nou. Y eso que el Atlético, por entonces, estaba siendo mejor equipo que el Barcelona. Pero es muy complicado, para la afición rojiblanca, olvidar las noches de Ferrandos, Bianchis o Aguirres de turno. Aún, de vez en cuando, pesan demasiado. Incluso para los que disfrutan de Diego Pablo Simeone y ya lo hicieron en su momento de Luis Aragonés. La memoria es selectiva y traicionera. Puñetera, hablando en plata. Pero este Atleti no es el de diez años atrás. Quizá si el de hace 40.

Y digo esto porque, tras una segunda parte de acoso y derribo de los azulgrana, los del Cholo salieron vivos de la eliminatoria y de la Ciudad Condal. 2-1 y todo por decidir en el Manzanares, al calor de la hinchada más pasional de España. Pese a eso, la sensación fue de ‘¿qué hubiera pasado si…?’. A la rigurosa expulsión de Fernando —que terminó llorando en el vestuario y pidiendo perdón a sus compañeros—, se le unió una exquisita y extraña manera de señalar faltas y de mostrar tarjetas amarillas. Eso, y las dos acciones por las que pudo ser expulsado un Luis Suárez que, después, sería el hombre que vacunaría doblemente al Atlético. La sensación de unos, el sentirse engañados; la sensación de otros, balones fuera y a mirar al fútbol. Demasiado claras las posturas de todos cuando aún quedaba la vuelta.

Porque, sí, ocho días después, algo maravilloso sucedió en el Vicente Calderón. Y no hablo de un resultado, un pase a semifinales o un fútbol exquisito u ordenado. No. Ni siquiera hablo del fútbol propiamente dicho. Hablo del aroma, del entorno, de la pasión que genera. Lo que se vivió en el Paseo Virgen del Puerto será recordado por y para siempre. Y será motivo de anécdota e historia en el futuro venidero de los nuevos hinchas colchoneros. Esos locos bajitos. Pudimos ver la unión total de 55.000 almas y once guerreros sobre el césped. La sensación global, según saltaron ambos equipos al terreno de juego, es que allí sólo podía existir la victoria del Atlético. No se concebía un rondo del Barça, cuatro filigranas de Neymar u otros dos goles de Suárez. Pero sí se adivinaban carreras asfixiantes, presión con corazón y once tipos que jugaran más de 90 minutos con el escudo cogido con su puño. Por ellos, por sus aficionados y por Fernando Torres.

Barcelona

Lo que se vio, futbolísticamente hablando, fue un Barça desdibujado e irreconocible. Pero sería caer en el error si habláramos de que todo lo que pudo ser y no fue resultaba ser demérito de los de Luis Enrique. Sería mentir y engañar a conciencia. Simeone tenía un plan y lo trazó a las mil maravillas. Todos y cada uno de sus jugadores supieron pincelar ese plan maestro con fútbol y testiculina. A dosis gigantes. Oblak no tuvo que intervenir, pero se mostró serio cuando el Barça se lanzó a la desesperada. La línea de cuatro defensas estuvo inconmensurable: Juanfran y Filipe, dos puñales que nunca perdieron de vista su espalda; Godín y Lucas, padre e hijo, dos futbolistas que pareció que llevaban jugando juntos cien partidos. Un centro del campo inexpugnable, con Augusto en modo escoba —quién le iba a decir en agosto de 2015 que iba a jugar  semifinales de Champions—; un Gabi con quince años menos, pulmón, desatascador y completando la función de mejor capitán de la historia del club —esto se podrá discutir, pero no cambiaré de opinión—; Koke siendo Koke, que por fin ha vuelto; y Saúl opositando a jugador sin techo. Y, arriba, el descaro de Carrasco y la puntualidad de Griezmann. El francés puede perder el tren, pero siempre llega a su cita con el gol. Los que salieron desde el banquillo, los que se quedaron sin jugar y los que no entraron en la convocatoria, todos sumaron. Porque individualmente este ‘Atleti’ no sería nada. Como grupo, como coro, lo es todo. Sin siglas, pero todos a una.

Al otro lado, en Barcelona, quedó la excusa del claro penalti de Gabi en el minuto 91. Pero pronto se aparecieron en sus retinas lo que sucedió en la ida, lo que se vio en la vuelta y lo poco que merecieron, a fin de cuentas, pasar la eliminatoria. “Simeone nunca ha ganado a Luis Enrique”, decían. “El Barça marcará, al menos, un gol en el Calderón”, pronosticaban. Así, desde hace cuatro años. Aventurando y jugando a la futurología con Simeone en el banquillo. Siempre caen. Porque Diego Pablo tenía un plan trazado. Y si nadie, irregularmente, se lo quitaba, iban a poder descubrirlo. Disfruten del mejor entrenador —junto a Don Luis— de la centenaria historia del Atlético y dejen los ‘no-juega-a-ná’ para las pachangas con los amigos. Disfruten también de un Barça irrepetible, que en este deporte, sí, a veces también se pierde. No es tan raro como parece.

17/04/2016

Imanol Echegaray es periodista colaborador de Perarnau Magazine y estoesatleti.es

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