¡Abajo periscopio!

Captura de pantalla 2016-04-15 a las 12.54.37SERGIO MENÉNDEZ | Comentaba Luis Suárez al término de la final de la pasada edición del Mundial de Clubes que el próximo reto de la plantilla era no tener un bajón. Lo hacía justo después de anotarle dos goles a River Plate y culminar un 3-0 que designaba oficialmente al Barcelona como mejor equipo sobre la faz de la Tierra. La guinda perfecta a una temporada que sólo el Athletic de Bilbao logró deslucir mínimamente al arrebatarles a mediados de agosto la Supercopa de España, evitando así que repitieran la hazaña de la temporada 2008/09 y frustrando el codiciado ‘Sextete’. Lo hacía, por tanto, en un momento de total euforia. En lugar, sin embargo, de henchirse de gloria y dejarse llevar por el frenesí de la victoria desmarcándose con alguna frase grandilocuente o comparándose con los Lakers de los 80, el uruguayo, incisivo e impetuoso como ningún otro futbolista dentro de esa plantilla, optó por morderse la lengua, mantener la cabeza fría y lanzar un mensaje de serenidad, a buen seguro consciente de las pájaras que en el pasado experimentaron otros equipos en un contexto similar.

Le ocurrió, sin ir más lejos, al Real Madrid, sólo un año antes de las declaraciones de Suárez, después de que los blancos se alzaran en Marruecos con su primer Mundial. Título que se sumaba a la Copa del Rey y la Décima, conquistadas en abril y mayo de ese mismo año en lo que suponía un broche de oro a la temporada y, al mismo tiempo, el punto de partida del extravío que sufrió el equipo a su vuelta de Marruecos. Fue entonces, cuando los hombres de Carlo Ancelotti marchaban al frente de la Liga, con la clasificación para octavos de final de Champions League y Copa en el bolsillo, cuando el equipo pasaba por su mejor dinámica de juego desde que el técnico italiano se hizo con las riendas del mismo, a falta de que Thierry Henry confirmara a Cristiano Ronaldo como nuevo flamante ganador del Balón de Oro, cuando se les debió estropear la brújula, pues jugadores y entrenador comenzaron a sumirse poco a poco en una mar de dudas que acabaría por hacerles naufragar en todas las competiciones.

Debió de ser, por tanto, el temor a que semejante borrachera de títulos derivara en una resaca de dimensiones colosales lo que llevaron al delantero culé a deslizar esa pildorita de cautela y realizar un llamamiento al barcelonismo a mantener la sobriedad de cara al resto de la temporada. A diferencia de sus eternos rivales, que quedarían apeados de la Copa del Rey a manos del Atlético de Madrid cuando apenas había transcurrido un mes desde el encuentro frente a San Lorenzo de Almagro, Luis Enrique ha sabido mantener a sus jugadores completamente enchufados hasta el tramo final de la campaña. No hacía ni dos semanas iban líderes destacados de la clasificación, a nueve y diez puntos de ventaja sobre el segundo y el tercero. A la espera de recibir a Simeone y sus muchachos en cuartos de final de la Champions League y con el billete a la final de Copa sellado desde febrero, se disponían a sentenciar la Liga ante un Real Madrid que viajaba a terreno enemigo en horas bajas.

Y quiso el azar que fuera Gerard Piqué, el futbolista que seguramente más se ha dejado llevar por la euforia del buen momento del equipo y del formidable estado de forma individual que viene atravesando a lo largo de la temporada, el que abrió el marcador. Para regocijo de la afición blaugrana y colmo merengue, iba a ser el ‘3’ del Barça, central de día y ‘showman’ y agitador de masa social 2.0 de noche, principal introductor y embajador de Periscope en nuestro país y ‘enfant terrible’ del panorama futbolístico nacional, el encargado de dar la puntilla al campeonato y, de paso, descabellar a los blancos. Nada más lejos de la realidad, sin embargo, pues su tanto dio lugar, no sólo a la réplica del adversario, sino también al revés en el marcador, la consiguiente derrota y, según parece, un bache en la plácida temporada del equipo que ha ido ganando en profundidad a raíz, por un lado, de su posterior caída ante la Real Sociedad, lo que ha permitido a sus dos inmediatos perseguidores en la clasificación recortarles seis puntos a falta de otras tantas jornadas; y, por otro, de su reciente eliminación de la máxima competición continental frente al Atlético de Madrid. En lo que se refiere tanto a la remontada de Zidane y los suyos como la interrupción en su camino hacia Milán, el defensa ha ejercido, en cierto modo, de cómplice en tanto en cuanto no alcanzó a despejar el centro que Benzema mandó a la red para igualar el Clásico y falló en la marca que supuso el gol de Fernando Torres en el partido de ida de cuartos de final y en el que Griezmann anotó el miércoles en el Vicente Calderón.

“¿Habrá Periscope si ganáis?”, le preguntó Susana Guasch en la previa del 2-1, justo después de la derrota ante el Real Madrid, a lo que el central contestó que no, que en breve anunciaría otras novedades que estaba preparando —¿se refería al dardo en clave cinematográfica que lanzó en Twitter a propósito de la derrota merengue en Wolfsburgo, que a su vez daría pie a su enésimo cruce de declaraciones con Álvaro Arbeloa?— pero que se acabó el ‘streaming’ por el momento. Lo hacía mientras forzaba una sonrisa y se frotaba la nuca, como un chiquillo al que le acaban de sacar los colores. Sin un capitán y pareja de central como Carles Puyol a su lado, quizá la única figura con la autoridad suficiente para haberle llamado al orden, decirle que más concentración y menos filmarse haciendo gracias y despejarle de un tortazo las ínfulas de ‘influencer’, lo cierto es que Gerard Piqué parece estar acusando los efectos de tantas distracciones. Casualidad o no, el temido bajón le llega a ambos, Barcelona y jugador, en el peor momento de la temporada: recién eliminados de Europa, con la Liga virtualmente ganada pero todavía en juego, a pocas semanas de medirse a un Sevilla en plena forma en otra final de Copa y con toda una afición rival deseando ajustar cuentas y ver a su equipo celebrar un título al grito de: “¡Gracias, Gerard Piqué, contigo empezó todo!”.

15/04/2016

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