Cruyff, la felicidad y la victoria

CruyffFIRMA DE ALBERT MORÉN | Johan Cruyff fue el que ganó. Aunque su carrera como futbolista quedara románticamente ligada a la derrota de la Naranja Mecánica en la final del Mundial de 1974, ni la de aquella generación holandesa ni la de Cruyff en particular, es una historia de reconocimiento sin premio. En el plano colectivo es el paso del amateurismo a un fútbol que de la mano de sus principales equipos se convertiría en referencia de Europa, y en cuanto a lo individual, la eclosión de un futbolista de leyenda que como tal fue designado hasta en tres ocasiones como el mejor del planeta. Nadie lo había logrado antes. El triunfo, en Johan Cruyff, es indisociable de lo que fue su figura como jugador y como técnico. O mejor dicho, de lo que pudo ser.

Cómo si no, de no ser por aquellas tres Copas de Europa que hizo ganar al Ajax, a ese liderazgo triunfante, podría haber sido el entrenador sobre el césped sin que nadie le discutiera el status. Cómo podría, en el 74, haber bajado a su propio campo, recoger de los pies de un compañero el balón e indicar al resto dónde debían situarse sobre el terreno de juego antes de empezar una de las carreras más célebres de la historia. Cómo, sin aquel bagaje, podría haber vuelto a hacerlo en Barcelona, una tierra que todavía no era suya, y que lo terminó siendo cuando a ella también le enseñó a ganar. Primero como entrenador sobre el campo, con un título de Liga que al club catalán se le resistía desde hacía más de una década, o un 0-5 en el estadio del máximo rival que trascendía sus connotaciones puramente deportivas. Y después como jugador desde el banquillo, cuando en 1988, de nuevo cabizbaja, la institución tanto demandaba un golpe de efecto y recordó aquel vendaval de modernidad y victoria, aquella ilusión consumada.

La misma ilusión a la que la Directiva de la época se encomendó para sobrevivir a sus momentos más bajos, con un Real Madrid tiránico y un vestuario culé en pie de guerra contra su presidente. Una situación desesperada, un momento difícil de los que atenazan las piernas y hacen temblar las manos a la hora de tomar decisiones. El escenario del que cualquier hombre sensato huiría pero que a Cruyff le pareció perfecto. En 1988, cuando tras haber conducido desde el banquillo al Ajax a su victoria en la Recopa de Europa abandonó el conjunto holandés enfrentado con su presidente, en Holanda alguien tuvo la idea de crear un nuevo club y entregárselo, de construirlo a su imagen y semejanza con el técnico holandés tomando todas las decisiones deportivas, lo que había reclamado en el Ajax y no se le había consentido. Sorprendentemente, a Johan la idea le pareció menos loca de lo que cabría esperar, seguramente consciente de que para poder construir el fútbol que tenía en la cabeza necesitaba llevar las riendas de todo. Por eso, pese a su delicadísima situación, la del Barça era una plaza tan apetecible para él.

Convertido en polvorín, nadie en el club quería mancharse las manos tomando decisiones, y como él las quería tomar todas —las necesitaba tomar todas— se le entregaron las llaves. Con ellas abrió todas las puertas. Por supuesto la de la primera plantilla, donde se llevó a cabo una limpia que dio paso a un equipo casi completamente nuevo, pero también la del fútbol base o la de los contratos de los jugadores. La historia de Cruyff como entrenador del Barça es una historia de convencimiento y seducción. El holandés tenía una idea, pero sólo él creía en ella. En una época y en un país en el que sus postulados sonaban a locura imposible, su nombre y su leyenda fueron sus primeros avales a la hora de transmitirlos a una plantilla a la que todo aquello le sonaba a chino. La fe ciega en su ideario, la autoridad que le daba su trayectoria como jugador en activo y una determinación incorruptible para encaminarse hacia un destino que él sabía que era el correcto, terminaron por convencer de la cordura que encerraba cada una de sus locuras a una plantilla de entregados incrédulos.

CopadeEuropa

Las ideas que propugnaba Cruyff, descubrieron, no sólo se podían llevar a la práctica sino que, además, haciéndolo empezaron a dar los primeros frutos. Dos títulos en los complicados primeros años renovaron el crédito, la Liga del tercero lo enmarcó y la Copa de Europa del cuarto lo clavó para siempre en la pared. El primer entorchado europeo de la historia del club, un trauma instalado en el corazón del Barça superado gracias a una idea de juego que además, por primera vez, llenaría el museo con cuatro Ligas consecutivas, uniría para siempre en Can Barça la fórmula de Cruyff con el éxito. Un club que desde hacía demasiado había ganado menos de lo que le correspondería, se cobraba su deuda histórica con una determinada forma de jugar. Aquella que inicialmente sólo vivía en los ojos de Cruyff y que desde la victoria el club hizo suya. Con Johan el Barça asoció una determinada forma de jugar con la victoria. Otros lo habían intentado, pero nadie había ganado como Cruyff.

Como si de una revelación se tratara, el Barça asumió su fórmula del éxito, el secreto para vencer, una asunción que, en consecuencia, tuvo implicaciones más allá del ‘aquí’ y el ‘ahora’ de aquel maravilloso equipo que fue el ‘Dream Team’. Importado desde Holanda, por ejemplo, Cruyff trajo consigo un modelo para las categorías inferiores basado en la formación de acuerdo al estilo de juego que el club haría suyo para siempre. Si había encontrado su forma de ganar, si tenía el secreto del cómo y además era un cómo singular y distinto a lo que sucedía en otros sitios, necesitaría alimentarlo desde dentro formando a los jóvenes talentos para ese modelo y no otro, garantizando así la supervivencia, renovación y vigencia del camino que, a fuerza de comprobarlo, había aprendido que llevaba al triunfo.

El Barça fue muy feliz con Cruyff. Seguramente, hasta entonces, más que nunca en su historia, y por eso, con él, aprendió a cómo serlo. Ganar tanto y despertando tanta admiración se grabó a fuego en una institución que históricamente había vencido menos de lo que creía merecer. En buena parte, seguro, porque nunca como desde entonces había tenido tan claro cómo hacerlo. El Barça, desde Cruyff, sabe a dónde acudir. No necesita perder tiempo en buscar su camino. Probablemente sólo haya un mejor legado que haber hecho tan feliz a la gente: haberles enseñado la forma de serlo.

10/04/2016

Albert Morén es periodista autor del blog En un momento dado.

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