Malos tiempos para la lírica

casemiroSERGIO MENÉNDEZ | Malos tiempos para la lírica en el Real Madrid. El club atraviesa en estos momentos una etapa que Bertolt Brecht, poeta y dramaturgo alemán que vivió a lo largo de los dos primeros tercios del siglo XX, ilustraba en la que seguramente sea su composición más famosa, recogida en la obra “Historias del calendario” (1939), mediante un árbol deforme, una gigantesca red de pescador y una campesina cuarentona con la espalda encorvada. Ese paraje idílico donde convivían las muchachas de pechos cálidos, las barcas verdes, las velas alegres del Sund y gente feliz, de voz agradable y rostro hermoso, es cosa del pasado para los aficionados merengues, que a día de hoy viven a la sombra de Barcelona y Atlético de Madrid, sus dos eternos rivales, a diez y un puntos de distancia en Liga, respectivamente, sumidos en una crisis de juego que nadie sabe con exactitud cuándo se inició.

Es en ese tipo de contextos donde “el horror por los discursos de brocha gorda” toman irremediablemente el protagonismo en perjuicio del “entusiasmo por los manzanos en flor”, según el propio Brecht, figuras como la de Casemiro, el más prosaico y expeditivo de la nómina de jugadores a las órdenes de Zinedine Zidane, se ven empujadas a asumir las riendas de sus equipos. Y más ahora, que toca ir al Camp Nou, el café de artistas en que se practica el fútbol más excelso y conmovedor del momento.

Pese a que el juego de toque nunca ha dejado de constituir la piedra angular de su fútbol, lo cierto es que Luis Enrique ha logrado imprimir a su esquema una dosis de verticalidad que ha convertido a sus hombres en máquinas de hacer goles… si es que en alguna ocasión no lo fueron. Si en algo se ha notado la mano del técnico asturiano, teniendo en cuenta que se encuentra al frente de una plantilla que en los primeros compases de la temporada anterior, cuando su popularidad entre los pesos pesados del vestuario —Messi y Neymar, principalmente— no atravesaba sus cotas más altas, demostró que sabía gestionarse por sí sola a la perfección, es a la hora de reducir los tiempos de posesión y acortar la duración de los ataques. En mejorar, de alguna manera, la capacidad de sus futbolistas para enfocar la portería, lo que obliga a un Real Madrid que, si bien se ha mostrado más o menos fiable en los partidos de casa —a excepción de los choques contra Granada (1-0), Málaga (0-0), Barcelona (0-4) y Atlético de Madrid (0-1), siempre ha ganado por dos o más goles de diferencia—, siembra muchas dudas como visitante, a adoptar una solución a la altura de las circunstancias si no quiere salir de la jurisdicción azulgrana con los pies por delante. Solidez, contención, dureza y marcaje estrecho. Oficio frente a talento. Pierna dura y cara de perro. Casemiro frente a todos.

Igual que no hay héroe sin villano, no habría Sergio Ramos sin Casemiro. Y es que la hazaña que el central protagonizó a finales de mayo de 2014 en Lisboa no habría sido posible si varias semanas atrás el bueno de Carlos Henrique, nombre de pila de este centrocampista de facciones suaves, semblante risueño, mirada inocente y carrilleras que cualquier abuela habría soñado con pellizcar a su nieto, no hubiera saltado al campo durante la vuelta de los cuartos de final en Dortmund. Gracias, por un lado, a la intervención de los postes, la falta de precisión de Robert Lewandowski y compañía y la presencia de Iker Casillas; y, por otro, al extraordinario despliegue físico que el joven brasileño llevó a cabo en la medular del césped, a buen seguro que la Décima no estaría hoy en las vitrinas de Padre Damián. En origen cedido por el São Paulo en el mercado invernal de la temporada anterior, Carlo Ancelotti solicitó al club efectuar la opción de compra que existía sobre Casemiro a su llegada al Real Madrid. Relegado hasta ese momento a la reserva o la eterna suplencia —titularidad en Copa del Rey, en el mejor de los casos— el italiano decidió darle entrada por Ángel Di María a un cuarto de hora del final, con 2-0 en el marcador, a sólo un gol de ir a la prórroga, cuando más arreciaba la tormenta ‘borusser’, con la intención de achicar el balón en el centro del campo, parcela de terreno donde se estaba ganando la partida y estaban haciendo aguas por todas partes. Una misión que cumplió con honores, ya fuera secando por completo a Großkreutz, Reus, Jojić o Mkhitayran, despejando, cortando, robando y dando salida al cuero o removiendo la tierra para desatascar una eliminatoria que tuvo en vilo a todos los aficionados merengues. Irónicamente, tuvo que ser en medio de ese enjambre de jugadores de amarillo y negro donde Casemiro se transformó en ‘bulldozer’ y asestó las mordeduras más fuertes. Resolutivo y sin miramientos. Entusiasmados con su labor, muchos de esos aficionados guardarán junto a Sergio Ramos, figura indiscutible de las semifinales contra el Bayern de Múnich y de la final ante Simeone y sus muchachos, un espacio en su recuerdo de esa Champions para Casemiro.

casemiro_2Ahora, de vuelta en Madrid después de cuajar una excelente campaña en Oporto en calidad de cedido, las necesidad de apuntalar el centro del campo obliga, en este caso a Zidane, a tirar de Casemiro para enfrentarse a un Barcelona en estado de gracia. Oportunidad que, por cierto, le fue privada en la primera mitad del campeonato, cuando parecía haberse asentado como titular y era el turno de recibirles en el Santiago Bernabéu, momento en que Rafa Benítez eligió, de golpe y porrazo, no se sabe si obedeciendo órdenes que le llegaron ‘de arriba’ o por verdaderas razones técnicas, sentarle y no volver prácticamente a utilizarle. A este excepcional estado de forma de sus jugadores, se suma la motivación de jugar rodeados de su público, las ganas de volver a humillar al rival, la posibilidad de dejar la Liga sentenciada y, por si no fuera suficiente, una ocasión inmejorable de brindar un homenaje póstumo a la altura de la leyenda que fue Johan Cruyff. En lo que a Casemiro se refiere, de su capacidad para ejercer como la censura que se interponga en la formación de rimas por parte del Barcelona y mantener a raya las paredes, sombreros, taconazos y otras metáforas absurdas depende que la crónica de tan épico acontecimiento como es un Clásico se escriba en prosa. De ser así, no supondría —a priori— ningún golpe de efecto de cara a la resolución del campeonato, pero sí un golpe bajo en las expectativas que la afición culé se ha creado en torno a la cita.

02/04/2016

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