Bajar al barro

IscoJULIÁN CARPINTERO | “Lesión en el músculo piramidal derecho”. El parte médico que los servicios sanitarios del Real Madrid emitieron a poco menos de una semana de que blancos y blaugranas disputaran el primer Clásico de la temporada contenían esas seis palabras que a buen seguro provocaron un escalofrío que serpenteó por la espalda de un Florentino que sólo supo reaccionar recolocándose las gafas. La supuesta inquietud que reinaba en la planta noble de Concha Espina por no poder contar con Bale, el héroe de la última final de Copa contrastaba con la calma de un Ancelotti que ha hecho de la desdramatización su seña de identidad. Era simple: si no podía usar su metralleta tendría que echar mano del florete, menos contundente pero más versátil y efectivo en la lucha cuerpo a cuerpo, que al fin y al cabo era lo que iba a decidir la batalla. Y, como ya hiciera meses atrás, volvió a pensar en Isco, ese refinado esgrimista que ha comprendido que para encontrar diamantes hay que cavar en el barro.

Pocos futbolistas pueden presumir de haberse metido en el bolsillo al exigente público del Bernabéu con tanta rapidez y pasión como él. Antes de su presentación con el ’23’ a la espalda, Isco ya era un ídolo en Chamartín. Su fútbol de calle, su mirada viva y su sonrisa pícara cada vez que recibía el balón pronto enamoraron a una grada aburrida del funcionalismo de Khedira y que no terminaba de entender los arrebatos de melancolía de Özil. Consciente del reto, enseguida respondió a las expectativas y en su debut de blanco en partido oficial hizo el gol de la victoria ante el Betis en la primera jornada de Liga. Sin embargo, el fichaje de Bale y la salida de Özil en los últimos días de agosto alteraron los planes de Carletto, que con la competición ya empezada tuvo que reordenar todas sus ideas. En el primer tercio de la temporada, con Alonso arrastrando una lesión en el pubis, Isco ejerció como el ángulo más adelantado del trivote que formaba junto a Illarramendi y Khedira —cuya rotura de ligamentos en la rodilla acabaría por asentar a Modrić—. Espléndido a la hora de dar el último pase y certero en la definición, la inclusión de Bale junto a Cristiano Ronaldo y Benzema propiciaba que el equipo se partiera cuando no tenía el balón, una sensación que se acentuó con las derrotas ante Atlético (0-1) y Barcelona (2-1). Para aspirar a todo, el Real Madrid necesitaba mejorar su balance defensivo, tener la posibilidad de generar situaciones de ventaja para recuperar la posesión y la dosis de sacrificio necesario para morder cuando el rival pisara su campo. En aquel momento, Ancelotti entendió que Isco no podía darle lo que las circunstancias le reclamaban y no sólo perdió la titularidad, sino que sus minutos se fueron reduciendo para disgusto de un Bernabéu que despertaba del aletargamiento cada vez que saltaba al césped.

Para sorpresa de propios y extraños, el malagueño se había convertido en un jugador de rotación debido, en gran parte, al extraordinario momento de Di María, al que el técnico italiano convenció para abandonar la banda y reinventarse en ese poliedro medular que tantos réditos terminó por darle. Con el argentino reubicado —e indultado tras su feo gesto el día que fue sustituido ante el Celta— llegaron los mejores momentos del Real Madrid en el transcurso de la temporada, especialmente en las semifinales de Copa ante el Atlético, de modo que Ancelotti hizo bueno el proverbio italiano que espeta que squadra che vince non si muove y no varió su esquema. Fuera de las convocatorias de Del Bosque, Isco no tenía más remedio que conformarse con lucirse en los tramos finales de los partidos, en los que volvía a dejar patente su facilidad para desequilibrar y jugar entre líneas con el fin de desarmar al rival. Entonces, una inoportuna gastroenteritis dejaría fuera de combate al argentino en la ida de los cuartos de final de la Champions ante el Borussia Dortmund en el Bernabéu, un choque en el que Isco fue titular y anotó un tanto en aquel 3-0 con el que el Real Madrid creía haberse sacudido los fantasmas del año anterior. Nada más lejos de la realidad, ese 2 de abril Cristiano Ronaldo empezó a sentir molestias en el tendón rotuliano de su rodilla, una dolencia que le haría perderse la vuelta en el Signal Iduna Park y la final de Copa del Rey ante el Barça dos semanas después.

Isco

Justo después de conseguir una agónica clasificación para las semifinales de la Champions en el mismo escenario en el que Lewandowski había descuartizado las redes de Diego López, Ancelotti comenzó a diseñar un nuevo plan en el que Isco se reivindicaría como un futbolista indispensable en los partidos importantes. Sin Ronaldo, ‘Carletto’ incluyó al ’23’ en el once titular que saltó a Mestalla para enfrentarse al Barça, aunque no en la demarcación que la lógica invitaba a pensar. El centro del campo compuesto por Alonso-Modrić-Di María continuó inalterable; mientras que Bale pasó a la banda izquierda, su posición natural a partir de la cual retrataría a Bartra; e Isco ocupó la derecha con Benzema en punta. Lo que Ancelotti consiguió fue, precisamente, ahogar a Busquets, Xavi e Iniesta con la presión de un Di María que, además, les obligaba a replegarse cuando no tenían el balón —con el consiguiente desgaste físico— y propiciar robos que siempre iban a parar a las botas de Isco para que decidiera si lanzar las contras o contemporizar el juego para darle pausa gracias a ese potente tren inferior que tan difícil hace derribarle. Tanto se aplicó aquella tarde que de una recuperación suya nacería el 1-0 de Di María. Pese a todo, Isco no sólo hizo de metrónomo, sino que aquella final fue el primer partido en el que entendió la necesidad de ayudar en defensa, en este caso concreto a Carvajal, una pareja que aprobó con nota el examen de frenar las subidas de Jordi Alba y Neymar. Esa magnífica final le abrió un hueco como titular en las semis de Champions ante el Bayern una semana más tarde, cuando Ancelotti se decantó por incluirle en el once en lugar del tocado Bale, al que usaría como revulsivo remplazando a un Cristiano aún renqueante. Isco replicó a la perfección el rol que llevó a cabo en Mestalla y Ancelotti acabó de dar con la clave de aquel caleidoscópico 4-3-3, que con esta pieza se convertía en un 4-4-2 cuando perdía la posesión. Aunque el Bayern dominó la mayor parte del choque nunca dio la sensación de peligro que se le presuponía a un equipo con atacantes de la talla de Robben, Ribéry, Müller o Mandžukić, y sólo Götze inquietó la meta de Casillas en los últimos minutos. Para la vuelta en el Allianz, Ancelotti sabía que necesitaría correr si pretendía sentenciar, tarea para la que juntó de nuevo a la BBC, que a base de cabalgadas y asociaciones verticales prendieron fuego a los árboles de Múnich.

Así y todo, su gran día llegaría el 24 de mayo en Lisboa, en el mejor escenario posible. Con Alonso sancionado, ‘Carletto’ quiso blindar a su equipo del poderoso juego aéreo de los de Simeone dando entrada a Khedira, que se había pasado lesionado toda la campaña. En este contexto, el Atlético apostó por intensificar la presión sobre Modrić y ahondó en las carencias del alemán para distribuir el balón, consiguiendo que el partido se espesara y el Real Madrid se viera condenado a la falta de profundidad e improvisación. Hasta que Ancelotti se sacó a su particular conejo de la chistera, un Isco que en los minutos finales, cuando más quemaba el balón, optó por acunarlo, templando los nervios, ofreciéndose siempre y erigiéndose en el director de orquesta de la remontada. El subconsciente del aficionado recuerda del cabezazo de Ramos, el slalom de Di María o el torso de Cristiano Ronaldo tras batir a Courtois, pero pocas cosas hay más ciertas que afirmar que los 75 minutos de Isco sobre el verde de Da Luz sirvieron para cambiar una historia que parecía condenada por el gol de Godín.

A día de hoy es imposible imaginar una alineación del campeón de Europa sin su presencia junto a Kroos y James, un trío al que debería unirse Modrić cuando se recupere de su lesión muscular. El chico de Arroyo de la Miel que aterrizó en la capital con la vitola de fantasista, con ese trote tan característico, ha sumado a su repertorio la convicción de ir al suelo, meter la pierna y esprintar los metros que hagan falta para robar un balón sin que ese esfuerzo implique partir la varita mágica que esconde entre sus botas. Ya sea de enganche, de organizador o tirado a una banda, las estadísticas y las sensaciones indican que, en buena medida, el futuro del Real Madrid sonará a la melodía que él quiera silbar.

Artículo escrito para Estadio Leiva el 15 de enero de 2015.

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