Padres

vilfortMARIO BECEDAS | El sábado, que se celebraba el Día del Padre, complejo siempre cuando él ya no está, pensé en que los futbolistas también lo son a veces. Y no sólo para enseñar a los cachorros en Instagram. Buceando en la historia relativamente reciente del fútbol y, en especial, de las Eurocopas, que es lo que hoy toca, se pueden encontrar dos ejemplos de la dureza de ostentar ese maravilloso papel sobre la faz de la tierra sólo superado en grandeza por otro: el de ser hijo.

El primero ocurrió en 1992. Kim Vilfort —ora centrocampista, ora mediapunta— pertenecía a esa generación de locos daneses que tuvo que sacarse la arena de las chanclas y volar a una Eurocopa a la que no estaban invitados y que acabarían ganando. La guerra dejó fuera a Yugoslavia y sólo diez días antes de la cita llegó el telegrama a los de Richard Møller Nielsen. Vilfort dejaba en cama a una hija de siete años con leucemia a la que pidió que le esperara.

Tras un flojo comienzo de torneo con resultado gafas ante Inglaterra y derrota frente a la eterna rival y anfitriona Suecia en el habitualmente prolijo derbi nórdico, los daneses se jugaban el pase contra Francia. Pero antes de que se pudiera disputar el partido una terrible llamada conmocionó a la concentración juta. La hija de Vilfort empeoraba por momentos y éste decidía regresar a casa. El mejor homenaje de sus compañeros fue ganar 2-1 a los mismísimos pupilos de Platini.

En ese mimo momento comenzaba el ‘tour de force’ de Vilfort como padre. Su selección podría aspirar a algo grande en un cruce contra la casi legendaria Holanda de van Basten. Por eso pidió a su hija una prórroga para poder ganar la Eurocopa y ésta se la concedió. Pese a lo duro del momento, el centrocampista regresaba a la concentración dispuesto a todo: había hecho una promesa, quizá la última. Contra los tulipanes demostraría el tesón de un padre desesperado.

En un colosal empate 2-2 que acabó en la fatídica tanda de penaltis, Vilfort firmó uno de los cinco aciertos de Dinamarca que dejaron en tragedia el fallo de van Basten ante un gigante Schmeichel.  Ya sólo quedaba un paso para volver con su pequeña: la final ante Alemania. Tras el gol inicial de Jensen, y como narra a la perfección Guille Ortiz, frente al acoso teutón sólo Vilfort, que en los últimos compases del partido metió el gol de la rabia, metió su vida en la portería.

El jugador danés había logrado la proeza y había cumplido su promesa. Su hija también. Lo había aguantado todo para esperar a su padre y poder celebrar el triunfo. Pero la vida nunca lo pone fácil y la prórroga expiró pronto. A los diez días del triunfo de su padre la hija fallecía. Vilfort, tras haber llorado sin final en el centro del campo, descubría en sus carnes el horror. El partido más difícil de su existencia era aquel en el que en la flor de la vida se veía enterrando su pequeña.

abrazo-boula

Justo 16 años después el defensa holandés Khalid Boulahrouz viviría algo parecido. Tras una temporada en el Sevilla cedido por el Chelsea, llegaba como zaguero titular de los ‘oranje’ a la Eurocopa de 2008. Con van Basten como seleccionador y tras una espectacular primera fase en la que arrolló a grandes como Francia o Italia, una noticia devastadora hundía a la concentración. El parto prematuro de su entonces esposa Sabia devenía en la muerte de la recién nacida.

Un devastado Boulahrouz no llegaba a conocer a su pequeña Anissa. La tragedia había cogido a Sabia acompañando a la selección de su marido en la primera fase del torneo disputado en Austria y Suiza y unas complicaciones en el embarazo la llevaron al hospital de Lausana, donde no pudieron hacer nada. El jugador abandonó momentáneamente la concentración con el absoluto respaldo de los suyos para estar con su esposa. No dejaba cerrada la puerta a regresar.

Y así lo hizo. Cargado de determinación y siguiendo el ejemplo de Vilfort, Boulahrouz se abrió el corazón y se enfundó de nuevo la elástica naranja. Holanda se las veía con la Rusia de su siempre sin par y viajero compatriota Guus Hiddink en los cuartos de final. Pero el zaguero no pudo dedicar el triunfo a su pequeña. Un descomunal Arshavin y una Holanda fuera de su sitio decantaron el partido del lado ruso. La epopeya de Vilfort no había podido ser aquí.

Tanto Vilfort como Boulahrouz, aparte de seres excepcionales, como son los futbolistas, también eran otros seres más excepcionales aún: padres. El desgarro de enterrar a un hijo les sorprendió en el verano de sus vidas, aquel con el que soñaron desde pequeños. Por eso hay que entender su entereza para regresar al equipo y jugar. El futbolista se retira, pero de la paternidad no se va nunca. Si poseen el privilegio de tenerle cerca, no dejen de quererle. No se pueden imaginar lo que puede llegar a sufrir un padre.

21/03/2016

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