El convidado de piedra

LetoniaJULIÁN CARPINTERO | Érase una vez un país de apenas dos millones de habitantes que fue capaz de clasificarse para una Eurocopa. Érase una vez un delantero tan pequeño como peleón que consiguió encontrar un hueco entre los cuerpos de gigantes para escribir su nombre en la eternidad. Érase una vez una selección que en su corta historia tocó el cielo en el verano de 2004 para nunca más volver a sentir el tacto de la gloria. Érase una vez un cuento báltico que, aunque fue igual de breve que una gota de agua en el desierto, el simple hecho de recordarlo hace que una sonrisa se dibuje en unos labios cuarteados por el frío. Porque las primeras veces siempre son especiales, en el fútbol y en la vida.

Resulta difícil remontarse a un año que, en lo que al fútbol se refiere, deparara más sorpresas que 2004. No sólo por el triunfo del Porto de Mourinho en la Champions League ante el sorprendente Monaco o por la inesperada victoria del Once Caldas colombiano en la Copa Libertadores frente al tirano Boca Juniors. Únicamente Brasil, que alzó en Perú su séptima Copa América, mantuvo el statu quo de un balompié de selecciones que se vio alterado por el terremoto que Grecia provocó en el viejo continente al proclamarse campeona de la Eurocopa de Portugal. Un torneo inolvidable que, además de acoger el único gol de plata del que se tiene constancia, el posible ‘biscotto’ entre Suecia y Dinamarca y el descalabro de la España de Iñaki Sáez, dejó para los restos la primera, y hasta ahora única, participación de Letonia en el torneo continental. Una Cenicienta en un mundo de ogros.

Y es que Letonia encaró la fase de clasificación sin más pretensión que la de seguir creciendo. Encuadrada en el Grupo 4 junto a Suecia, San Marino, Polonia y Hungría, los hombres de Aleksandrs Starkovs —un mito del Daugava de Riga en su época como jugador— arrancaron su camino a Portugal arañando un punto (0-0) en el pequeño Skonto Stadions contra la Suecia de Larsson e Ibrahimović, toda una inyección de moral que no hizo sino aumentar con las victorias a domicilio ante Polonia y San Marino. No obstante, tras golear a los sanmarinenses en Riga sería Hungría quien batiera por vez primera al meta letón Koļinko poniendo fin a una racha de casi 400 minutos en los que había dejado su puerta a cero. Y aunque Polonia mancilló el fortín de Riga con un incontestable 0-2, el cuadro báltico se repuso con sendas victorias en las dos jornadas postreras, la última de ellas en Suecia, para acabar segunda de grupo y afrontar la reválida de una repesca que ya era todo un éxito para el fútbol báltico. El balance era para estar orgullosos: diez goles a favor y sólo seis en contra distribuidos en cinco victorias, un empate y dos derrotas.

El azar quiso que la repesca emparejara a Letonia con una Turquía que llegaba con la vitola de haber conquistado el tercer puesto en el Mundial de Corea y Japón dos años antes. Otra vez el papel de víctimas. Y otra vez la figura de Verpakovskis, el escurridizo delantero de Starkovs, un lobo con piel de cordero que ya había sido clave en la fase de clasificación con cuatro tantos —incluido el del triunfo en el Råsunda en la fecha decisiva—. Un gol suyo en un abarrotado Skonto Stadions permitió que los bálticos viajaran a Estambul con una renta suficiente como para poder consumar la sorpresa. Sin embargo, a falta de 25 minutos para el final Turquía vencía 2-0 gracias a los tantos de İlhan Mansız y Hakan Şükür. El fin del sueño parecía próximo, pero Laizāns, primero, y, cómo no, Verpakovkis, más tarde, remaron río arriba para dejar el resultado final en un empate que metía a los letones en el bombo de la Eurocopa que se celebraría el siguiente mes de junio. La larva del Báltico ya era una mariposa con derecho a volar.

Letonia

Así fue cómo Letonia se plantó en Portugal para dar vida al papel de Cenicienta del ‘grupo de la muerte’, el D, en el que tuvieron que convivir con Holanda, Alemania y la República Checa. Con un grupo de futbolistas sin la más mínima experiencia en torneos como éste, Starkovs echó mano de su guardia pretoriana para intentar dejar lo más alto posible el pabellón de Letonia. De hecho, la mayor parte de los convocados jugaban en la liga local: tan solo Štolcers y Pahars conocían el glamour de la Premier al tiempo que otros como Stepanovs, Laizāns o el mismo Verpakovskis se fogueaban en campeonatos menores como el belga, el ruso o el ucraniano. Sea como fuere, estar allí ya era todo un éxito.

El 15 de junio de 2004 es la fecha que los letones recordarán toda su vida, cuando los muchachos de Starkovs saltaron al césped del Estádio Municipal de Aveiro para medirse a la República Checa. En este contexto, cuando el francés Gilles Vessière estaba a punto de decretar el final de la primera mitad, el menudo Verpakovskis aprovechó una cabalgada de Rubins por la banda izquierda para empujar el balón al fondo de las redes y hacer el primer tanto de Letonia en una Eurocopa, un instante de felicidad que no se volvería a repetir y que, a pesar de todo, es eterno. Los checos le darían la vuelta al marcador en la segunda parte (2-1) certificando una derrota que se repetiría en la última jornada, cuando Holanda pasó por encima de los bálticos gracias a un inapelable 3-0. Pero, entre medias, aquel reducto de valientes fue capaz de aguantar las embestidas de la Alemania más mediocre que se recuerda, frustrada por no poder doblegarles en una calurosa tarde de Oporto, quizá el momento cumbre en la historia del fútbol letón: la fotografía de David resistiendo ante un Goliat en cuyo escudo figuraban tres Mundiales y otras tantas Eurocopas.

Es, probablemente, al término de ese partido donde acaba la historia del balompié en Letonia. Starkovs fue contratado por el Spartak de Moscú, el capitán Astafjevs firmó por el Rubin Kazan y Verpakovskis inició la cuesta abajo de una carrera cuyo cénit duró un par de semanas. Dejaría el Dinamo de Kiev e iniciaría un peregrinaje que comenzó en Getafe y Vigo y terminó en Azerbaiján y Creta hasta que su nombre quedó como un recuerdo fugaz. Aun así, cuando los años hayan deteriorado su cara de niño y su figura ya no sea tan esbelta como entonces, susurrará en el oído de alguna mujer que él fue el primero. Como Neil Armstrong, pero en letón.

14/03/2016

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