El regateador de tentaciones

SERGIO DE LA CRUZ | Las tentaciones aparecen por doquier a lo largo de nuestra existencia. Surgen por sorpresa, en cualquier contexto y en los envoltorios más diversos: desde un vaso de sidra hasta en forma de Eva Green. Son, en todo caso, obstáculos imposibles de esquivar, porque el placer radica en encontrarse con ellos. No hay nada más hedonista que dejarse caer en su aroma a perdición. Fuera de esto queda un grupo de privilegiados que son capaces de decir que no, de llevarle la contraria al instinto. Mikel Oiarzabal va camino de ser uno de estos sujetos dignos de estudio.

Con más pinta de haber salido de Hogwarts que de Zubieta, este eibarrés que apenas ha entrado en la mayoría de edad (21 de abril de 1997) ha puesto patas arriba la realidad de una Real Sociedad empeñada en estar alicaída desde su flirteo con la Champions en 2013. En una cantera que no termina de tener el papel que debería merecer, Oiarzabal ha despuntado para dar motivos de esperanza en Anoeta. El sol puede empezar a salir en San Sebastián, concretamente desde el barrio de Amara.

Tras la fachada de futbolista capaz de brillar junto a Agirretxe o Jonathas se esconde un chico con la adolescencia todavía muy cercana. Pero en el caso del ’28’ hay algo más. Todo lo que le rodea está impregnado de una prudencia que nada tiene que ver con sus cabalgadas, con esa zancada de número 47 de pie. No correr antes de andar es un mandamiento en la familia Oiarzabal. El entorno que vio crecer en las categorías inferiores del Eibar a un proyecto de crack fue clave para ayudarle a regatear la primera gran tentación que se le cruzó por delante: los cantos de sirena del Athletic. Sus padres frenaron cualquier escapada, pues querían que el chaval siguiera en su pueblo. El salto, cuando todos creyeron estar preparados, fue al otro grande de Euskadi. 

La Real Sociedad le acogió sin dudarlo… pero para devolverle cedido al Eibar al poco tiempo. La jugada le salió redonda a los Oiarzabal, que mantuvieron al hijo al cobijo de su barrio, de su pueblo. Las mejores condiciones para pulir un diamante que rápidamente cogió forma y que a los 17 años hizo su aparición en el Sanse, donde no tardó en hacerse notar. Un niño con un desparpajo, con tal capacidad de ser determinante, tenía el techo demasiado bajo en la Segunda B. Tanto que, antes de vaciar su habitación en el María Cristina, David Moyes le llamó a hacer la pretemporada con el primer equipo. Con el escocés solo tuvo tiempo de debutar en Primera y jugar cinco minutos —contra el Levante—, pero con la llegada de Eusebio se abrió un mundo nuevo ante sus ojos. Con la desvergüenza propia de la juventud, no se escondió, sino todo lo contrario: lo zarandeó hasta manejarlo a su antojo. Pisó el Camp Nou, tuvo tiempo para ayudar en el filial y regresó a las convocatorias en 2016. Febrero fue el mes del encumbramiento definitivo, del punto de no retorno.

En su segundo partido como titular debutaba como goleador ante el Espanyol en Cornellà. El fin de semana siguiente rompía la banca con un doblete al Granada. El proyecto era, más que nunca, una realidad. Y nuestro fútbol, tan falto de perspectiva como de memoria, ya le erigió como el heredero de Griezmann. La Real reaccionaba con una renovación exprés. El fenómeno Oiarzabal cogía altura. Paradójicamente, en el momento en que más invulnerable se sentía, llegó el peor defensor. No da patadas ni muerde los tobillos, pero aleja de la realidad y saca del partido más que un central con los codos bien abiertos: el éxito. La tentación de caer en las mieles de los propios logros se convirtió en la zaga más poderosa, pero parece que el joven Oiarzabal ha salido airoso, con maneras de ‘freestyle’.

Más que los goles, el reconocimiento y las titularides, el mayor hito de Oiarzabal es que nada ha cambiado fuera del césped. Sigue con sus estudios de Empresariales, acude a la facultad como un chaval de su edad y continúa sin representante. Los pies se mantienen bien pegados al suelo y la pelota en su dominio. El siguiente zaguero es aún más temible. La sombra de Griezmann, siempre presente en un club que le añora desde el primer minuto en que pisó el Calderón. Si también consigue regatear a esta carga en la mochila, la de no empeñarse en ser otro, labrarse su propio yo, se habrá ganado el derecho a pertenecer a esa clase única, la que mira a las tentaciones por encima del hombro.

11/03/2016

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