El cometa Arshavin

arshavinMARIO BECEDAS | Acostumbrados a erguir el cuello y mirar al cielo en nostalgia de sus gestas espaciales, los rusos deberían recordar la venida de aquel cometa que escapó de la eterna noche sideral y apareció en la Tierra durante contados días de 2008. Se llamaba Andréi Serguéievich Arshavin y había nacido 27 años antes en Leningrado, antigua Unión Soviética. Su brillo, aunque luego se esperó muchas veces, no volvió a ser el mismo.

Sólo los más avezados en fútbol internacional habían oído hablar de Arshavin. Sólo ellos sabían que ya llevaba años descollando en su juego, que era la clase del Zenit, que en 2006 había sido futbolista del año en su país. Los mortales le empezamos a ver en la Copa de la UEFA de la temporada 2007/08. El Zenit se hizo con el torneo aplastando a Bayer LeverkusenBayernRangers, a quien hiciera falta. El niño malvado estaba de dulce.

Niño porque, para los no experimentados en la materia, Arshavin llegó a la Eurocopa teniendo 19 años y no casi 30. Su cara de infante ruso y rubicundo, de mirada achinada y prominente pómulo redondeado, retrotraía a simpatías que se consumaban en su juego travieso y veloz. Efectivo y trepidante. Bello y alocado. Europa quería ver su anarquía sobre el campo, pero tendría que esperar: había dos partidos de sanción.

Encastillada Rusia en una compleja frase de grupos con España, Suecia y Grecia, la expedición de Hiddink —ese Willy Fog del fútbol— imploraba en sus creencias ortodoxas esperando a aguantar vivos hasta la vuelta de Arshavin. La lluvia primera fue la tromba de agua de España. Los de Luis Aragonés arrasaron a un frente ruso que aguantó lo justo para una pírrica victoria 0-1 ante Grecia que les dejaba con vida.

El providencial gol de Zyrianov fue la tabla de salvación para un equipo que contra Suecia se tuvo que agarrar al telescopio. El cometa Arshavin apareció y deslumbró a los presentes: revoloteando en la mediapunta, solidificando cada balón que recibía, esculpiendo cada regate, burlando a propios y extraños. Sus ojos tras ese flequillo de Capitán Spock lo veían todo. Pintó el partido tan rojo como su camiseta y como sus mofletes: la defensa sueca era un reguero de sangre.

Con Rusia con el agua al cuello, el gol de Arshavin ratificaba el pase a la segunda fase. Esperaba la aplastante Holanda de van Basten. Los tulipanes traían en el zurrón sendas palizas a Italia (3-0) y a Francia (4-1). Todo el mundo les veía como favoritos y en España dábamos gracias al cielo: les habíamos evitado en el cruce. Sin embargo, el miedo no era un obstáculo para Arshavin, que ese día puso en blanco el cielo de Basilea.

Si contra Suecia había sido el hombre del partido, ahora sería Dios. Abrió la lata Pavlyuchenko e igualó al filo del pitido final van Nistelrooy, quién si no. En la prórroga el césped se abrió al paso de Arshavin. Cogió el campo con las manos y lo estiró. Ante sus galopes los holandeses llegaban dos segundos tarde. En aquel monumento al fútbol, el ruso fue cometa y cohete, Sputnik y Laika, sovietismo y ‘glásnot’, zar y comisario.

El festival encontró su consunción en la prórroga. Escondido bajo el ‘10’ de su camiseta dribló de un cinturazo al zaguero naranja y centró desde un costado del área para que Torbinsky únicamente tuviera que entrar con la puntera a matar. A la montaña de compañeros tras el gol le sucedería su última obra pictórica. Carrera entre piernas y definición certera dentro del área. España debía temblar ante la luz del cometa.

No obstante, efímero en su apogeo, la tristeza del cometa es que es en su máximo resplandor cuando empieza a caer. Y eso es lo que le ocurrió a Arshavin. ‘La Roja’ de Luis hizo el mejor partido de su historia —no igualado aún— y el cuerpo de luz y sus compañeros se fueron por donde habían venido. Rusia había tardado en volver a llegar tan lejos y Arshavin ya era trazo de talonario para recalar en el Arsenal.

Después vendría su sobrepeso, sus lesiones, sus diatribas prohibiendo conducir y fumar a las mujeres, sus historias de Premier, su triste Eurocopa de 2012 o su pequeño regreso al Zenit. Siguió dejando destellos, nunca renunció a su clase, pero el cometa nunca volvió a brillar igual. Los últimos ilusos dejaron de esperarle. Por algo los cometas pasan cada tantos años.

07/03/2016

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